“Cuando te gusta lo que haces no te pesa”, expresa María Elena Laurie (Marianela Hut)

La Ciudad

María Elena Laurie, pasión por su profesión

Una inyección de humor

04|07|21 09:13 hs.

Por Valentina Pereyra


Es una mañana “bien junio”, como dicen los chicos, el termómetro no supera los seis grados y la cola que se formó alrededor del Polideportivo tiene más de dos cuadras. La noticia de que los mayores de 55 años se podían vacunar sin turno corrió como reguero de pólvora. 

La conversación circula entre el distanciamiento, los barbijos y la helada, en algunos casos, por casi dos horas y más. Muchos hipotetizan sobre los tiempos de vacunación, los efectos colaterales, los turnos y el tema más recurrente: la posibilidad de que se terminen las dosis. 

Los rayos de sol aparecen más tímidos que intensos, cubren la Plaza de la Memoria y se mueven hacia la calle La Rioja mientras las personas ingresan por tandas y salen con el cartoncito de colores bien conocido, el que certifica que recibieron alguna de las vacunas contra el Covid.

El movimiento se demuestra andando, así es que en el Polideportivo el día amaneció mucho más temprano. En un sector, los que esperan para cumplimentar las cuestiones administrativas, en otro, la sala pre-vacunación y finalmente, los que ocupan la silla al lado del puesto custodiado por dos enfermeras o enfermeros.



-¿Vos tenés cara de asustado, tenés miedo? Porque a mí son los pacientes que más me gustan, los que sufren, dice María Elena Laurie, una enfermera profesional de 38 años que está a cargo de uno de esos sectores. Su interlocutor sonríe y se relaja. 

María Elena recibe a los pacientes al compás de una música que tararea, dice ocurrentes chistes y los alienta a recibir la dosis de la vacuna por la que tanto esperan.

-¡Hola Verónica! Acá estoy con tu marido que me pidió que te mande un audio. Ya se vacunó y se portó de maravillas. Me pidió gotitas, pero no tengo así que la próxima las pedimos para tu esposo, ya le dije qué tiene tomar y le advertí: ¡Nada de alcohol!

El mensaje de audio que recibió la esposa de uno de los recién vacunados trajo alivio a la familia, esa voz que Verónica no había escuchado nunca, ahora le ofrecía amistosamente las recomendaciones necesarias para perforar la incertidumbre. 

Durante el proceso de vacunación, ese acto público tan íntimo, se conjugan muchas emociones, esas que hacen que María Elena reafirme la elección de la carrera de Enfermería que cursó desde el 2014 en CRESTA. 

-¿Puedo tomar vino? 

-¿Trajiste?

-¡No! 

-¡Entonces si no tenés para convidar, no podés tomar!

Tras el desconcierto de las primeras frases, llega la risa y la distención. Mientras sucede el diálogo, María Elena prepara la aguja y el frasquito que contiene la vacuna, deja parte de su contenido en la jeringa y en menos de que cante un gallo, el paciente ya está inoculado. 

“La gente comparte sus sentimientos, ya sea en el domicilio o en el vacunatorio donde aparecen las dudas, los miedos, los cuidados que hay que tener para evitar los contagios de Covid, hay que buscarle la vuelta para que todas las conductas de nuestras vidas no se alejen tanto de la normalidad”. 

La mañana gélida de fines de junio pone en juego muchas emociones. Las caras preocupadas o nerviosas de los que se van a vacunar contrasta con el buen humor de María Elena cuando los aborda. Los casos se suceden y también las diferentes circunstancias.

-Hace mucho tiempo que me anoté y no llegaba mi turno. Mi vecino ya se vacunó y no entiendo por qué. Yo fui honrada, puse que no tenía patologías y otros se vacunan mintiendo.

-Tranquila, ya estás acá, ahora vos también tenés tu vacuna, dice María Elena.

Mientras la paciente se levanta y espera el tiempo indicado para salir, la enfermera se acomoda la cofia de Lilo y Stitch cubierta por otra, la celeste que todos conocemos y hace pasar al siguiente. 


En su lugar de trabajo. Ante la pandemia, dice que “también es necesario que la población nos dé una mano porque es un trabajo en equipo” (M. Hut)


-¡Vacunáme, no sé lo que me vas a poner, pero vacunáme! 

-¡Ah no sé, veré lo que te pongo!, bromea. 

“Le buscamos la vuelta, somos todos diferentes y eso está bueno. Hay gente que se vacuna porque lo siente como obligación, otros que comparten la alegría de poder vacunarse. Los hombres que dicen: Me mandó mi esposa y entonces les contesto: Dale, sino te vacunás la llamo que se quede acá parada al lado tuyo”. 

María Elena escucha, responde, explica, está ahí también para sacar las dudas. “Te encontrás con gente con miedo”. El buen humor es la clave, se sabe que es sanador y en este contexto es más que eso, es la posibilidad de dejar la circunspección en la vereda y cruzar la puerta de regreso a casa con una sonrisa. 

Los equipos de profesionales que se conformaron en el vacunatorio, en ambos turnos son increíbles y todos abordan a cada paciente con las certezas que a la gente le faltan. María Elena tiene un compañero con el que hacen yunta para el humor. 

-Mary, él quiere llorar, así que ¿Venís vos?

-Yo soy malísima, conmigo va a llorar más 

Las risas disimulan los dolores y en un santiamén, se llevan puesto el miedo y aplican la vacuna. 

“Aprendí muchas cosas en esta pandemia, rescato del momento el trabajo de enfermería que es muy importante, el de las compañeras que trabajan en UTI y los demás, todos excelentes. Se da el acompañamiento, trabajás con la problemática del paciente, la familia y enfermería es un lazo entre ellos y el médico, la conexión para que todo vaya mejorando”. 

No hay planificación previa, la mañana empieza con un café en la mano, el ingreso al Polideportivo, la búsqueda de la ropa que hay que lucir para la audiencia ávida de recibir la vacuna y todo fluye, “en el momento te va saliendo y vas viendo cómo manejar cada caso”. 


Un gesto de entusiasmo en el centro de vacunación, junto a un compañero de trabajo


Hace frío, menos que afuera, pero se siente. María Elena lo contrarresta con pequeños saltitos en el lugar para calentar el cuerpo, mientras desparrama chistes por doquier y los pacientes que aguardan su atención se relajan y la acompañan en su repertorio raro de canciones. 

Está en el vacunatorio cuatro días a la semana en el turno mañana desde que arrancó el operativo. 

La buena mano y la cordialidad alejan a los fantasmas porque que los hay, los hay, como el pánico a las agujas que sobrevuela cada tanto entre las redes que protegen la cancha de básquet. “Cuando quieren acordarse ya están vacunados, incluso los que confiesan tener miedo a los pinchazos y lucen tatuajes en todo el brazo. ¡Epa! Les digo, acá hay algo que no está bien. O señores altísimos o muy grandotes que manifiestan el miedo y juntando los deditos les pregunto: ¿Estás hablando en serio? Si te desmayás te quedás ahí porque no te puedo levantar”. 

María Elena afirma que el ambiente laboral se genera con la buena predisposición y también con el humor. 

-¿Me desvisto?, dice el siguiente en la lista para vacunarse. 

-¡Si! ¡Sacáte todo! , dice María Elena ante la mirada atónita del paciente que le devuelve una carcajada.

-¿Me hablas en serio? 

-¡No! Así que sacáte solo el brazo.

“Tratamos de minimizar todo lo dramático que nos rodea, en el vacunatorio vemos gente que perdió familiares, trabajamos con compañeros que perdieron seres queridos por el Covid, gente muy joven, gente muy cercana a cada uno de nosotros”. 

La otra faceta del operativo de vacunación es la que nos iguala, todos hacemos la fila, todos esperamos el turno, todos nos acompañamos, todos hablamos de los efectos secundarios. Nadie entra por la puerta de atrás, sino por la puerta que nos corresponde.

“En el vacunatorio todos somos iguales, tanto es así que por ahí nos damos cuenta después que alguien se fue que estuvimos haciéndole chistes a personas muy conocidas en la ciudad y lo comentamos con sorpresa”

-¡Viste quién era!

-¡Uy, y yo le dije que se desvistiera! 

“Hago hincapié en que cuando te gusta lo que haces no te pesa. En algún momento voy a estar en el lugar de paciente así que eso siempre lo pienso”. 

María Elena refleja pensamientos que desbordan en su rostro, es justo el momento en el que reflexiona sobre la terrible experiencia de pérdida y dolor que deja el coronavirus y todo lo que se podría revertir para que las malas acciones muten en buenas, en mayor colaboración, en empatía. “Detrás de cada persona con Covid hay familia, chicos y gente que no la está pasando bien. Más allá de que tratamos de hacer que todo sea más fácil, esperamos poder dar una mano al vecino o a quien hace mucho que no tratamos. Ante esto somos todos iguales y hay que tomar conciencia. También es necesario que la población nos dé una mano porque es un trabajo en equipo, entre todos vamos a poder”. 

-¿Te sacás una foto conmigo?, dice un recién vacunado 

-Dale, pero que salga en primer plano el pinchazo, dice su vacunadora 

Y las fotos pasan del Instagram al Facebook, a los grupos de Whatsapp y la cara de feliz cumpleaños de María Elena se replica y da fuerzas, esperanzas, genera eso que las palabras le envidian a las acciones, lo que sólo se puede explicar cuando inspirás y el aire fresco de la mañana de junio te hiela la sangre, te recuerda que estás vivo, que la lucha continúa y que hay personas como María Elena que te arrancan esas lágrimas que los poetas quisieran nombrar con mayúsculas.