El arte se asoma en cada rincón del taller de Alan, ubicado en Reina Margarita 336 (Marianela Hut)

Sociales

Alan Arias

El taller de sus sueños

16|05|21 11:42 hs.

En cada pared. En el piso. En el techo. En las ventanas. Sobre las mesas, sillas y en cada rincón posible, el arte encuentra su lugar en el galpón/taller/atelier del artista plástico y docente Alan Arias. 


Fueron cuatro años de trabajo minucioso, detallista, pensado, los que le llevó a este cascallarense armar su espacio en el fondo de la vivienda que comparte con su compañera de vida Vanesa, sus hijas Amelia y Violeta y la hija mayor de Vanesa, Candelaria. Hoy, mientras acomoda un cuadro que se corrió unos milímetros hacia un lado, mira sonriente su lugar como si mirara el horizonte y afirma, “me falta colocar los vidrios y algunos detalles. Pero sí, esto es lo que soñaba”. 


(Marianela Hut)


Originalmente, el espacioso atelier iba a ser construido en su localidad natal, en el terreno donde aún vive su madre. Pero en el camino se cruzó Vanesa. “Ella es psicóloga y estaba trabajando en el gabinete que funciona en Cascallares. Habíamos sido novios cuando teníamos 15 años y nos reencontramos porque buscaban a alguien que pueda dar un taller”, comienza el relato. 

Por aquellos días, Alan buscaba comenzar a hacerse un nombre en nuestra ciudad, por lo que había presentado el proyecto de Arbolumix (actualmente está emplazado en la Plaza de la Memoria) en el Concejo Deliberante. “Justo en esos días me confirman que lo habían aprobado, así que me fui a buscar sponsors al Parque Industrial. Al primero que fui a ver fue a Tiemersma, al que le comenté que me habían aprobado una obra para el municipio. Él me miró y me preguntó ‘¿y qué querés?’. ‘Un galpón’, le contesté. Me miró, se rió y me dijo, ‘hice una vez un galpón para una gente del Chaco que nunca lo vinieron a buscar, ¿lo querés? Llevatelo ya’”. 

Chau Cascallares 
El primer paso estaba dado. Alan contaba con la estructura para armar el esqueleto de lo que sería la concreción de su sueño, y se llevó todo a Cascallares. Allí, con la ayuda de un albañil, midieron e hicieron los pozos donde irían los pilares. “En ese ínterin, le planteé a Vane si no le parecía buena idea que hagamos el galpón acá en el fondo de la casa que ella había empezado a construir. En ese momento estaba esta casa y toda la manzana vacía. Ella aceptó, así que les dije a los obreros que había cambiado de planes y que iba a armar el galpón acá en Tres Arroyos. Unos días después, con Vane habíamos salido temprano a la mañana, y cuando volvimos al mediodía estaba armada la estructura de metal con los pilares y los perfiles”. 

El paso siguiente era cerrar ese enorme tinglado, y todo con un presupuesto acotado. Pero el sueño de Alan lo desvelaba y contaba con lo esencial, el ímpetu. “Un día vi en un campo uno de esos carteles publicitarios gigantes, al costado de la ruta, cerca de la rotonda del pescado. Localicé al dueño del campo y le consulté si me lo vendía. Me dijo que si se lo sacaba le hacía un favor. Así que me lo traje y con los ángulos de ese cartel cuadriculé todo el taller. Lo siguiente fue comprar un lote de chapas usadas que usé para cerrar, y el pilar de abajo lo hice todo yo”. 


(Marianela Hut)


Con tres paredes terminadas, por unos dos años el frente del galpón estuvo abierto por la falta de tiempo, recursos, pero sobre todo porque “le quería dar un toque artístico. Así que de a poco fui haciendo las mamparas, el portón. Todo yo solo y con lo que sé hacer, transformando la chatarra en arte. Ahora me faltan detalles, mandé a hacer los vidrios para cerrar y tengo que hacer un baño. Pero lo considero casi terminado” afirma, con esa sonrisa que contagia. 


En detalle. Cada vez que se observa una obra de Alan Arias se encuentra algo que se omitió la vez anterior. La magia de las esculturas (M. Hut)


Sus inicios 
Si bien es un artista joven, sus obras se pueden ver en distintos lugares de nuestra ciudad y la zona. Entre las que se ubican en distintos puntos de Tres Arroyos se puede enumerar al monumento al agricultor pionero, ubicado en la rotonda de Juan B. Justo y avenida Constituyentes, la recientemente inaugurada Estrella Amarilla de Libertad y Moreno, el Arbolumix, y el busto pequeño de Néstor Kirchner que está en la Plaza de la Memoria. 

El nivel de detalle de cada una de sus obras lleva a pensar que el oficio de escultor lo acompaña desde sus inicios, pero Alan cuenta que fue un proceso que tuvo que ver con vivir en Cascallares, inagotable fuente del recurso que más utiliza en sus obras: la chatarra agrícola. 

“Descubro la escultura cuando me vengo desde Tandil a Cascallares con mi título de Profesor de Artes Visuales, con orientación en Pintura. A los seis meses fallece mi padre, y me encontré con un mundo que yo sabía que existía pero que no había experimentado. Mi papá tenía su taller, y un tiempo después que falleció saqué todo lo que había y lo volví a armar, pero a mi modo. En Cascallares lo que abunda es el fierro, hay por todos lados, así que empecé a hacer esculturas. Al principio no sabía soldar, se me pegaban los electrodos, hasta que me empezó a salir”, detalla sus primeros pasos, aunque hace una pausa y retrocede varios años. “En realidad, mis primeras esculturas fueron los perritos que hacía con masa, cuando mi abuela hacía las tortas fritas”. 

Mientras pasaba el tiempo entre los talleres que daba en su pueblo y sus primeras esculturas, recibió un llamado que lo cambiaría todo. ”Un día me llama Silvina Pallioti desde Balcarce para contarme que estaba Carlos Regazzoni haciendo un auto de Fangio, y que necesitaba un ayudante que sepa soldar. Llegué, me preguntó si sabía hacerlo, me tiró una soldadora encima y ahí empecé. Estuve dos semanas con él, generamos una amistad y me enseñó parte de lo que aplico hoy”. 

Director de Cultura
Las obras fueron pasando y Alan fue puliendo su técnica. Entendió que ser escultor era lo que quería hacer con su vida, pero también supo que Cascallares no era el mejor lugar para que un artista subsista. “Mi siguiente objetivo fue llegar a Tres Arroyos. Y como ya estaba en pareja con Vane solo tuvimos que unir nuestros proyectos”. 

Cuando el galpón estaba en proceso le llegó una interesante e inesperada propuesta desde San Cayetano, distrito en el que llevaba un tiempo dando clases. El intendente Miguel Gargaglione le propuso ser el director de Cultura municipal. “Justo estaba en un momento en el que para avanzar con el galpón tenía que poner bastante plata. Entonces acepté la propuesta. En un principio la intención era avanzar con los dos proyectos a la vez, pero entre los viajes y el trabajo se me iban los días, y después los meses. Me iba de acá a las 6 de la mañana, volvía a casa a las 10 de la noche y no tenía tiempo ni energías para nada”. 


(Marianela Hut)


Si bien Alan destaca que la experiencia de un año fue positiva y se sigue mostrando agradecido con Gargaglione y los integrantes de Cultura en San Cayetano por darle la oportunidad, el trabajo de oficina lo fue apagando y sintió que “me estaba muriendo interiormente. En un año que fui director de Cultura no pude entrar a mi taller, no pinté ni un solo cuadro ni hice una escultura. Así que renuncié”. Nuevamente en nuestra ciudad, retomó la docencia y avanzó en su atelier con el norte de terminarlo y comenzar con sus talleres, ese deseo que en estos días se le escurrió de las manos. 

Por suerte, para tomar un poco más de impulso, encontró en el delegado de Copetonas, Mariano Hernández, el aliado perfecto para llevar adelante algunas de sus ideas. Convencido al igual que Alan de que el arte trasciende a las personas, Hernández aceptó su propuesta y en la edición 2019 de la Fiesta del Mate y la Torta Frita llegaron a esa localidad cinco escultores, referentes de la disciplina a nivel nacional, que dejaron en Copetonas unas valiosas obras que engalanan el ingreso a la localidad.


En su lugar. Con la paz y la luz de la mañana, y la compañía de una de sus hijas, Alan disfruta (M. Hut)


Si la pandemia lo permite y la próxima edición se desarrolla, en este caso la propuesta será la de un encuentro de pintores, siempre con el embellecimiento de la localidad como objetivo máximo. “La idea es tener a diez pintores en el medio del predio, pintando obras de un metro por un metro, que después serán repartidas en las instituciones de Copetonas”. 

Proyectos 
Ya con su taller en funcionamiento, a Alan Arias le llegó la hora de mirar para adelante. “Una obra que me entusiasma mucho es el monumento a Juan Bautista Istilart”. Se trata de una escultura de grandes dimensiones que busca emplazar en la entrada al Parque Industrial, y que ya cuenta con la aprobación del municipio. Este trabajo será encarado con piezas de descarte de industrias locales, como RetenSur y Tiemersma Estructuras Metálicas, dos de sus principales colaboradores y a quienes agradece varias veces en su relato. 

También tiene en carpeta un proyecto que presentó al dueño de una constructora, que está pronto a construir un barrio privado en la localidad de Luján. “Es una tropilla de 23 caballos. Cada uno representa a una provincia de nuestro país, con imágenes alusivas en su pecho. Está aprobado de palabra, y estimo que me llevará unos dos años”. 

Las ideas salen de su boca y se mezclan. Por momentos el entusiasmo le gana, y mientras describe una obra que se le ocurrió hace unos días termina hablando de otra que pensó hace años. 

Se sienta en su silla de trabajo y se queda en silencio un rato, con la mirada perdida y esa sonrisa que contagia. Está en su lugar, ese que tanto le costó. Es feliz.   


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Los talleres deberán esperar
El proyecto de Alan en su amplio atelier implica que el espacio sea también sede de talleres, y de hecho estuvo a solo un día de concretarlo. “Empezaba este viernes, pero bueno, la pandemia nuevamente me frenó los planes. Me complicó un montón porque tenía muchos anotados y el proyecto era empezar con las clases, por las ganas que traigo de hace rato de hacerlo pero también porque es una forma de monetizar el trabajo del artista. Es muy difícil sobrevivir para un artista en una ciudad grande, imagínate en una chica. Pero no me desespero, ya se va a dar”. 

Que la pandemia ha cambiado las costumbres y las formas de trabajar en todos los ámbitos es bien sabido. Muchas profesiones y oficios se pueden seguir desarrollando desde la virtualidad, pero para el arte plástico, y en específico para el arte con chatarra en el que se especializa el artista cascallarense, lo virtual implica un gran desafío. “Me incomoda y me hace replantearme muchas cosas. Pero no de dedicarme a otra cosa. Sino cómo me reinvento. Porque yo quiero dar mis talleres, es lo que vengo buscando. Así que acá estoy, pensando estrategias para dar a conocer mi trabajo”.


(Marianela Hut)


La vida del artista 
“Es dura la vida del artista”, reflexiona. “A veces se trata de esperar a que alguien te financie tu gran obra, pero a mí no me gusta esperar. Por eso, para vivir, le busco la vuelta por el lado de la docencia y de los talleres. La del artista es una vida que reconforta y da felicidad, pero cuando tenés hijos no es suficiente porque de alguna forma el sistema te atrapa y tenés que generar dinero”.

Es inevitable en este punto preguntarle si se arrepiente de sus elecciones, aún sabiendo que la respuesta será un no rotundo. 

“Para nada. Pero sí me hubiera gustado tener otras oportunidades. Acá a veces siento que no se valora lo que hago. Mis monumentos en la ciudad ni luces tienen. Me apena que me reconozcan más afuera que en mi ciudad. Igual entiendo que para todos los artistas es difícil que aparezca alguien que te pida un trabajo y te lo pague como corresponde”.