Sociales

Por Elina Amado

Muerta

11|04|21 20:41 hs.

Tarde, casi noche, y aquí estamos con mi amiga. Espléndidamente sexagenaria como yo. Queriendo descular como funciona este adminículo para tomar la temperatura corporal, por si las moscas, y por esto del coronavirus. Resulta que la última vez que quisimos corroborar una febrícula con el conocido termómetro tradicional casi me saco el brazo de su articulación escapulo humeral. La fiebre, si es que la tenía, nunca pude evaluarla. Fue imposible bajar la columna mercurial pese a sacudir mi extremidad superior con tanto frenesí que hasta el manguito rotador corrió riesgos. Ergo fue imperativo modernizarnos. Adquirir la pistola infrarroja que usan en los grandes comercios para medir a distancia nos pareció una decisión un tanto exagerada. Por el costo y por el impacto que produce verla. Puede paralizar si se la confunde con una Tazzer de las que porta la policía bien equipada. Esta pandemia y los muchos abriles transitados nos han vuelto impresionables, de modo que quedaríamos duras del impacto de verla nomás. Descartada esa opción me fui a la farmacia del mago a comprar un termómetro digital y no bien llegué a casa, lo probamos. Luego de varios intentos de lectura a las enredadas instrucciones del modo de uso, audazmente, nos largamos a los controles. No sé si por el malbec que Susana ya empezó a libar dada la hora vespertina, su lectura digital acusa 36.3. 


Ahí en la extensa explicación del procedimiento dice que va a sonar con hasta diez pitidos para anunciarnos que ya está la medición. El sonido debe ser audible para perros, o es subliminal. Nosotras no oímos nada. Se lo arranco de su axila y lo colocó en la mía, lo dejó un tiempo prudencial y entonces sí, aguzando la oreja, logró escuchar… cuando se acallan los pitidos miramos el display… 35.3 .O me falta un poco de malbec o ya estoy medio muerta. Volvemos a colocar el innovador instrumento en la otra axila de Susana y muy atentas, para no perder la seguidilla de pitidos, volvemos a detectarlos no sin cierta dificultad… es que una está al decir de Walsh “un poco vieja y hasta sorda de una oreja”. El display muestra 36.5, es evidente que el tinto entibia a mi amiga. Ante estas apreciaciones ella concluye que no es el alcohol que activa su circulación sino que mi temperatura o es la de un reptil o estoy medio muerta. 

Ante estas pocas gratas apreciaciones, opto por guardarlo en su primoroso envase hasta necesitarlo en carácter de urgente. Entonces sí, seguramente, el muy complicado se compadecerá de nuestra inexperiencia y nos dará una lectura más apropiada y certera. No obstante y temiendo precisar de esta engorrosa forma de autoevaluarnos resuelvo anotarme en el registro de vacunación. Si nos aplican las necesarias dosis, sean chinas, rusas o indias, pondríamos el freno necesario al nefasto Covid. 

No deberíamos tener que recurrir a la complejidad de tomarnos la temperatura y lo que es peor, concluir luego en durezas como “sos un reptil” o “estás medio muerta”. 

 Anotarse en la web tampoco es tarea fácil. La página requiere número de documento de identidad y el número de trámite. Y hay que encontrar ese dichoso numerito en la tarjeta plástica. Luego de encender todas las luces habidas y por haber, munida de una apreciable lupa que acerco a mis lentes, encuentro el número de trámite y lo transcribo… aleluya… 

La pantalla de la computadora exhibe un cartel donde con mucho palabrerío advierte que ese no es un número de trámite válido. Elimino una fracción de varios ceros, que pareciera ser parte pero que indudablemente no lo era pues ahora sí, aparece la opción continuar. 

 Completo algunos datos de ubicación, dirección y ¡voila! Espero por fin el ansiado “Inscripción Registrada” y entrar en turno de recibir la anhelada aplicación… El monitor me espeta un rectángulo de osado color rojo con grandes letras mayúsculas y una leyenda que desafía cualquier lógica. 

 PERSONA FALLECIDA 
 Obviamente se cancela el registro y volvemos a foja cero. 

¿Cuándo he muerto que no me enteré? y lo que es peor ¿Sigo aportando tributos a un país, gobierno y sistema para el que no existo? Afortunadamente no se han enterado en el banco donde cobro mi jubilación. 

Ciertamente mi amiga es más perspicaz de lo que se pueda aventurar y obviamente ahora sí que hay que escucharla. “Te lo dije… con tu temperatura corporal, o sos un reptil o estás muerta. Gracias a Dios, amiga, no eres un reptil”. 


Por Elina Amado




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