La familia Argentieri

Sociales

La Casa Embrujada de San Martín al 3000

La casa que me embrujó

11|04|21 10:27 hs.

Por Valentina Pereyra

A fin de año entrevisté a un grupo de alumnos. Uno de ellos, Dante Goaytifil, me contó que participó del concurso “Buenos Aires Fantástica” y eligió presentar un texto sobre una leyenda urbana. Escribió ficción basada en una historia que había escuchado de “Los Pinos”, una quinta ubicada unos metros del puente de la avenida San Martín, esa, a la que llaman “La casa embrujada”. “Fui a ver el lugar y empecé a escribir el cuento ‘La Niña de la Casa’, la historia la inventé”, me dijo Dante. 

Unos meses antes, en septiembre, escribí “Predestinados” una entrevista al matrimonio de Víctor Dannunzio y Mirta Julia Cadek. Él me cuenta que se había criado en una quinta de 20 hectáreas ubicada sobre la avenida San Marín a unos kilómetros de la Ruta 3. “Pasando el puente, frente a la casa embrujada, la Estancia San Armando”, mencionó Víctor. 

Alcoyana-alcoyana, pensé. La casa embrujada golpeaba la pantalla de mi computadora con intenciones de entrar, muy dispuesta y decidida. En el proceso de producción de una nota para el siguiente domingo empecé a concretar entrevistas, pero como el movimiento se demuestra andando, cuando la nota se cayó porque la protagonista no iba a estar en la ciudad, tenía que pensar en el plan B, que no fue el de Billy Wilson.

De pronto recibo un mensaje de mi amigo Miguel Alarcón que me invitaba a conocer “la casa embrujada”. El Pato -así su sobrenombre- me dijo: “Vamos con Martita -su esposa- mañana va a estar hermoso y vos querías conocer la casa hace rato”. Marianela Hut consiguió el permiso que nos dejó frente a una tranquera cerrada con candado que abrió el camino a lo inesperado de lo esperado. 

La fotógrafa de La Voz Del Pueblo bajó del auto, caminó hacia la arcada de madera y giró para mirarme. La sonrisa se salía de su cara. Revoleó las piernas por arriba del candado y empezó a caminar, luego ingresó el Pato, yo, y Martita se deslizó rodando hábilmente por debajo de la tranquera. 


Un arco de manera marca el inicio de un largo camino de pinos que desemboca en la casa (Marianela Hut)


Empezamos la caminata, mientras Miguel iba armando la historia del lugar, yo lo grababa. 

El rumor de la existencia de fantasmas, no solo se expandió entre las chacras vecinas, también caló entre los y las adolescentes a los que consultamos. “Fui varias veces a esa casa”, afirmó una de nuestras fuentes. “Ibamos a asustarnos cuando éramos unes teens. Lo peor era el camino de entrada, siempre lo hacíamos de noche y era un camino largo y oscuro y no veías nada hasta que te chocabas la casa”.

A pesar de la charla, nos estremecimos. La huella, los altos yuyos, los mosquitos y el sol que picaba nos depositaron en el descampado que antecede al arco -que luego supimos forma parte de una corriente arquitectónica denominada neocolonial-. “De adentro de la casa me acuerdo las pintadas y los ganchos en la pared, nunca nos quedamos mucho tiempo. Mis amigos, un poco más grandes, nos llevaban. Creo que todos sabíamos de esa casa como de conocimiento popular. Unas chicas del Colegio Nacional habían grabado un corto en esa casa”, relata la joven consultada. 

Confirmado, la leyenda urbana data de mucho tiempo atrás. 

Una profesora me acercó una anécdota que sumó información. Parece que un grupo de alumnos suyos terminaron presos luego de haber visitado la casa embrujada, tal vez por el escándalo que causaron o porque los vecinos denunciaron su presencia a la Policía. 

Dos hermanos, de 45 y 40 años, me contaron que durante su juventud visitaron varias veces la casa embrujada y que era el paseo habitual de los fines de semana.

Ya en casa, Marianela me mandó un video que circuló en 2016 en Youtube, y, un día después, María Eva Argentiere-quien vivió en la casona de “Villa Armando” desde el año 1962 hasta que se casó diez años después- me envió un audio preguntándome por la misma filmación, que por casualidad o causalidad se la había enviado a una nieta. 

Cuando le preguntamos a Mary sobre la leyenda que dio lugar a nuestra pequeña y humilde investigación no dudó, “¡Qué nos va a hacer si se nos aparece! No tuve miedo porque no se hablaba de fantasmas mientras viví ahí. No sé si será cierto, mi sobrina quería ir una noche, pero no quise saber nada”. 

Mary nombró al camino de pinos como “el callejón”, “el pinar de los Pinnel”. 

La propiedad en la que se encuentra la casa embrujada fue de Miguel Pinnel, un luxemburgués que llegó a nuestro país en 1889. 

Quise saber sobre la arquitectura del proyecto integral que constituyen la fiambrera, las dos casas, el arco de ingreso y sobre la historia de los agricultores pioneros que dieron vida a esas tierras. 

En esta búsqueda, Patricia Guillamón me brindó el contacto de Lucas Risso quien me facilitó la línea genealógica -de la que me ocuparé próximos domingos- que ubica a los Pinnel en nuestra zona a principios de 1900. 

Omar Alonso, generosamente, me aportó una nota que emitió en LU 24 con el nombre de “La Casa de los Espíritus” que aporta datos históricos necesarios para la investigación. 


Los escalones de mármol en la entrada al hogar, gastados por el paso del tiempo (Marianela Hut)


Fuimos a catastro y consultamos a dos arquitectos, Mario Izurieta e Ivonne Aizpurúa. “La prolongación de San Martín era el camino, si no llovía, para ir a nuestra casa donde nos criamos en el campo, al pasar por la entrada que recuerdo con su hermosa doble línea de árboles, mi padre decía ‘por aquí se entra a la estancia de Pinnel’, continuábamos el camino recto hasta encontrarnos con un gran monte donde el camino doblaba a la derecha, al llegar ahí mi padre otra vez hablaba y decía ‘aquí es la estancia de Bellocq, donde hay un molino de madera’, me contó Ivonne -a quien le dedicaré otro espacio importante más adelante-. 

Tuve acceso a una investigación particular sobre la propiedad del terreno de la casa Pinnel: “La tierra del establecimiento original habría sido parte de estancia ‘La Genoveva’, esa estancia que en su origen habría sido de unas 6000 hectáreas o más, perteneció a los Ortiz, familiares cercanos de quien fuera presidente. ‘La Genoveva’ tiene su rica historia y construcciones que sobrevivían hasta hace unos años. La misma se continuaba, en este caso, en dirección sudoeste, paralela a la Ruta 3. 


Mary Argentieri –en el centro- posa su mano en el cochecito donde se encuentra su hijo. A los costados, su mamá Olga Beguiristain y dos de sus hermanos


Cuando el arquitecto Mario Izurieta vio algunas fotos de Marianela se interesó. “Voy a ir a ver eso, no creí que hubiera construcciones así en el campo. Es fascinante, realmente hermoso”. Me explicó que las construcciones databan de fines de los ‘20 y principios de 1930, son parte de proyectos integrales que desarrolló en Argentina el arquitecto Martín Noel. Al igual que Ivonne, mencionó otros ejemplos en la ciudad de la corriente neocolonial, como el Club Huracán o la casa de la familia Dassis. 

La “casa secundaria”, por ejemplo, tiene un remate superior en el frente que corresponde a una búsqueda de “arquitectura nacional” que no avanzó en el tiempo. Su principal exponente fue el arquitecto Martín Noel, cuya vivienda personal pasó posteriormente a ser el hoy Museo de Arte Hispanoamericano en capital. 

Martín S. Noel (Buenos Aires, Argentina, 5 de agosto de 1888–7 de febrero de 1963) fue un destacado arquitecto, historiador del arte hispanoamericano, ensayista y político. Es considerado uno de los principales impulsores del estilo neocolonial en la Argentina y su obra arquitectónica se extiende por gran parte de Latinoamérica. 

Incursionó en el movimiento neocolonial que reinterpreta a la arquitectura colonial, siendo quizás el principal exponente de la rama conocida como “ecléctica” que en general toma la planta central de casa sudamericana y la fachada trabajada de la arquitectura incaica y calchaquí. Según la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina su obra y pensamiento marcaron la etapa inicial para una teoría de la arquitectura americanista en Argentina. 

Noel, junto con otros jóvenes arquitectos como Angel Guido y Héctor Greslebin, dieron forma al movimiento neocolonial con el objeto de plasmar una arquitectura estéticamente reconocible como argentina y americana.

Los dueños de las tierras
No confirmamos el dato de la fecha de construcción del proyecto neocolonial, eso nos frustró. Sin embargo pudimos averiguar que no hay presentación de los planos de las casonas, la fiambrera y del arco de ingreso al casco. 

La información catastral dice que el dueño de las tierras fue Miguel Pinnel (hijo) que se casó con Rosa Justine Stornini, tresarroyense quien recibió el campo -seguramente como parte de la sucesión de su marido-. La transacción se realizó el 18 de diciembre de 1944 y el funcionario actuante fue el doctor L.E. Solari que tenía su estudio en Bahía Blanca. 

Como parte de los bienes sucesorios, Armando Miguel Pinnel -tal vez por él el nombre de “Villa Armando”- adquiere el 8 de septiembre de 1964 el campo de la circunscripción VI, chacra 566. Actúo en la firma de la escritura Sergio E. Choclín. El reconocido escribano Alfredo Pérez firmó y tramitó la escritura por la que el campo pasaba por donación a manos de César Juan Erpelding, Ana María Rugh de Erperling, Efraín Matías Erperling y Nélida Susana Arrechea de Erperling, el 27 de julio de 1978. 

El mismo escribano actuó en la firma de la escritura por la compra del inmueble que hace Carlos Alberto de Benedetto en 1979 y finalmente, una nueva compra en 2011, el 30 de mayo. 

Linaje 
Miguel Pinnel vivía en la Estancia San José –Coronel Dorrego- y tenía varias propiedades en Tres Arroyos, una de ellas, “Villa Armando” o “la casa embrujada”. Podría haber vivido en el lugar algún tiempo luego de su construcción. 

Miguel Pinnel -murió a los 82 años el 29 de julio de 1936- emigró de Luxemburgo a los 34 años con su esposa María Fisch de 35 años -que murió el 5 de febrero 1928- y sus hijos, Franz de 18 años, agricultor como su padre, Mathias de 9 años, Marie de 6 años, Susanne de 5 y Michel de 3 años. Arribaron a nuestro país en el barco Strassbourg del puerto de Amberes. 

Se instalaron en la zona de Coronel Dorrego en el casco de la estancia San José. Llegaron a Argentina en 21 de febrero de 1889 y se asentaron en la colonia Iraola en Benito Juárez. En 1892 la colonia de luxemburgueses se disolvió y algunos se fueron para Entre Ríos y otros, quedaron en la región. 

Marianela me pasa las fotos, las miro, las comparto con los arquitectos, las disfruto, armo la historia que no le da sustento a la idea misteriosa sobre la casa de los Pinnel. Pero sueño con la virgen que recorre las habitaciones y se oculta en el pinar. 

Continuará.   


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