Opinión

Editorial

Con la patria

04|04|21 08:46 hs.

Una de las virtudes de la política argentina, de algunos de sus dirigentes, para ser más precisos y justos, es la de conservar la lucidez en momentos turbulentos. Y de esos momentos, el país posee una lista interminable. 

Por ser poseedor de algo de ella, y sin obviar la polémica que rodea su figura, pero haciéndola a un lado, al menos en este espacio, es digno de incluir a Bernandino Rivadavia (1780-1845) dentro de esa nómina no extraordinariamente extensa. Inteligente, hábil, práctico, unitario, enemigo de San Martín y admirador de Europa, en especial de Inglaterra, ocupo cargos relevantes en la función pública, entre ellos, el de Presidente. 

Pero antes de ejercer la Primera Magistratura, fue el ministro estrella de la gobernación de Martín Rodríguez, quien estuvo al frente de la Provincia de Buenos Aires, entre los años 1820 y 1824. Época signada por las guerras civiles entre el unitarismo y el federalismo, con su cuota de violencia, desorden, caos e imposibilidad de forjar acuerdos sostenibles en el tiempo. En esos momentos, Buenos Aires, aventajada a raíz de poseer recursos económicos holgados provenientes de su puerto y Aduana, sumados a la posibilidad de articular un poder más o menos homogéneo, en manos del unitarismo, pudo establecer un tiempo de relativa paz, dentro de los límites de su área de influencia. 

Al amparo de esa calma, Rodríguez dejo la administración de la política provincial en manos de Rivadavia. Sus iniciativas fueron muchas, motivadas por su laicismo y liberalismo: voto universal, ley para la elección de la Sala de Representantes y gobernador, reducción de los privilegios del clero, Ley de Enfiteusis, Empréstito con la Baring Brothers, renovación cultural y edilicia de la ciudad, fundación de lo que hoy conocemos como Banco Provincia, entre otras acciones que no dejaron área sin influenciar y sin polémicas. 

Pero este agosto, se cumplen 200 años de una de sus principales decisiones: la fundación de la Universidad de Buenos Aires. La situada en la capital de la República, es la primera creada en la etapa independiente, dado que la anterior, la Universidad situada en Córdoba, fue establecida por los jesuitas en el año 1613. Luego seguirán las creaciones de la del Litoral (1889) y La Plata (1905). Hoy, el país cuenta con 55 universidades nacionales, distribuidas a lo largo y a lo ancho de la geografía nacional. 

Como la provincia que le da su nombre, la Universidad de Buenos Aires es la más numerosa en estudiantes; de la que han egresado o ejercido la profesión científica o docente los cinco premios nobeles que dío la nación (Saavedra Lamas, Leloir, Milstein, Houssay y Pérez Esquivel) y la que figura más alto en los rankings internacionales que miden calidad educativa. 

Pero especialmente, la que lidera, por su peso específico y su tradición, en este sentido, los baluartes que le han dado a las universidades argentinas su particular fisonomía. Ellos son: el trípode en el que basa su estructura organizativa: docencia, investigación y extensión; la autonomía y la autarquía de la que hace gala para el manejo de sus tareas específicas y la tradición de educación democrática, visible en su gobierno tripartito, en el ingreso libre e irrestricto y en la gratuidad de la enseñanza. Hoy todo el sistema público de Educación Superior se estructura de ese modo, mezclando tradiciones comunes y singularidades regionales. 

Nació con la patria, le decía a un periodista Alberto Barbieri, su actual rector. Y es cierto. Una patria que demanda lucidez a la hora de enfrentar los problemas del presente, al momento de reconocer las virtudes de aquellos y aquellas que tienen puntos de vista opuestos a los nuestros y para conservar aquellas instituciones que dieron antes y contribuyen hoy, para hacer mejor nuestra sociedad. Como la Universidad de Buenos Aires y la estela grata, democrática y rica de sucesoras que dejó.