Sentado en la vereda, donde recibe los saludos de cientos de transeúntes que lo llaman al grito de “

Sociales

Por Valentina Pereyra

Campeón de punta a punta

21|03|21 17:49 hs.

La estampa de mediodía la dibujan los transeúntes de regreso a casa. Vuelven del trabajo, de la escuela, hacen mandados de última hora, acompañan el paisaje cotidiano del barrio en Bolívar al 700. 


El silencio lo corta un conductor de un vehículo utilitario que grita: “¡Peguiiiiii!” mientras levanta la mano y saca la cabeza afuera de su ventanilla para ofrecer la mejor sonrisa. Una adolescente que luce su uniforme escolar gira la cabeza hacia el porche de entrada de la casa que tiene el número 736 y saluda mientras calza un bibliorato gris debajo de su brazo derecho. “¡Hola Pegui!” 

 La vecina apurada pasa hacia la despensa y regala un gesto amable que esconde su tapa bocas: “¡Chau Pegui!”. Dos ciclistas ataviados con idénticos buzos de gimnasia que representan a un club de Tres Arroyos, sueltan el manubrio para levantar sus manos y gritar. “¡Eyyyy, Peguiiiii!” Las escenas se repiten durante más de una hora, amables saludos de ida y, de vuelta, los “¡Chauuu, loco!”, con el sello de Pegui.

 Carlos Alberto Ravella cumple 75 años el día de San Pedro y San Pablo. Nadie lo reconoce por su nombre, para todos es Pegui, sobrenombre que recibió en el barrio Corea donde nació. 

 En la década del ‘50 el Club El Nacional contrató a un jugador chavense para incorporarlo a su equipo de Primera, le decían el “loco Pegui”, un futbolista singular que agarraba la pelota y no la largaba, arrancaba la carrera y no había nada que lo detuviera, ni siquiera el arco. 

El hijo del medio de la familia Ravella jugaba con un estilo parecido y de ahí el apodo que lo acompañó toda su vida. “Mi señora me dice Pegui, mis hermanos, mis amigos, nadie sabe cómo me llamo en realidad, algunos ni saben que soy Ravella”. 

Compartió la casa natal con Oscar, el mayor de los hermanos y Ricardo, el más chico. A los tres los crió Inmaculada, la abuela que se hizo cargo de la familia cuando sus padres murieron. Pegui tenía 15 años. “Ella nos crió, nos mandó a trabajar, hizo de mujer, de varón, todo lo que tuvo que hacer de manera impecable, respetando a todo el mundo”. 

Los días de la infancia transcurrieron con sus vecinos, los Capristo, los Ismael con los que cruzaba varios terrenos para llegar a la Escuela N°24 o jugaba al fútbol en el potrero de la esquina. 

El trabajo llegó ni bien la infancia empezó a despedirse. “El Tete” Capristo- arquero de El Nacional- vivía sobre la calle Las Heras frente a la casa de Pegui y trabajaba de cadete en la tienda “Ridao y Dauro” cuando lo llamaron a hacer el servicio militar. Necesitaba alguien que lo cubriera hasta su vuelta. Entonces lo buscó a Pegui y le dijo: “¿No te animas?”. El Tete le explicó que el trabajo le iba a dar tranquilidad para no atorarse con las obligaciones de la casa. 

Todos los Ravella trabajaban, Oscar en lo de Villanueva, Ricardo con un futbolista, Juan Carlos Barral, y Pegui en la tienda. “Los tres traíamos dinero a casa y la abuela tenía un reglamento. Todos dejábamos la plata cuando cobrábamos la quincena y ella nos administraba las salidas, nos compraba la ropa y organizaba nuestros gastos. Te enseñaba a administrar. Siempre hacíamos las cosas bien hechas para no avergonzar a la abuela y hacerla quedar bien”. 

En tiempos en los que se construía la Ruta 85 a Pringles un amigo le avisó que necesitaban gente, se presentó y lo contrataron. Aprendió a manejar tractores, otras maquinarias viales y camiones. “Siempre fui interesado en aprender, ese capital de aprendizaje lo llevo acá”-dice mientras apoya su índice sobre la sien derecha-. 

Los bocinazos interrumpen cada tanto el diálogo mientras los gritos de un lado y del otro de la calle condecoran el espíritu inquieto de Pegui. 



El tiempo pasa 
Pegui vivió con su abuela hasta su muerte: “Teníamos un compromiso moral que habíamos hablado con mis hermanos, nunca íbamos a dejarla sola. Fui el último en irme de mi casa, me casé en el Mundial 1978 y nos fuimos con Olga, mi señora a vivir ahí”. 

La mamá de Pegui se llamaba Olga, igual que su hija y su esposa a la que conoció en una kermese del barrio Obrero. La hija del matrimonio es licenciada en psicología, “yo con mi camioncito le pude costear sus estudios porque sé que sin conocimiento no valemos nada”. 

Está orgulloso de la crianza que les dio su abuela, porque “nunca jamás, a pesar de no tener padre y madre nos metimos en malos caminos y eso es un capital grande, no salimos ni jodidos, ni fuleros, la abuelita en la casa nos cuidaba y nos enseñaba bien”. 

Tiene muchos dichos y frases que invitan a reflexionar, tiene certezas ganadas con la experiencia, “el malo trata de corromper al bueno, va a hacer cagadas para hacerlo quedar mal, por eso hay que desligarse de ellos, hacer rancho aparte y seguir para adelante porque el que pierde los códigos pierde el partido”. 

 Viajar 
A los 18 años se hizo camionero, justo cuando sacó el carnet de conductor. Viajó por todos lados, recorrió el país con el “Sanpredrino” y colgó las llaves después de 52 años. Hace rato que está jubilado y disfruta de una vida tranquila que pasea por las canchas de fútbol locales, algún taller mecánico amigo y en la vereda de su casa donde ejercita sus brazos cada vez que pasa alguien y lo saluda. 

La lona de su camión refleja su admiración y cariño por el corredor Osvaldo “Pato” Morresi, el piloto de San Pedro. “Te vas a reír, pero en la puerta también dice ‘Transporte Sanpedrino’ en recuerdo al Pato”. 

Para Pegui, “las carreras son una droga que la tengo de chiquito”. Allí donde rugían motores, él estaba. Tuvo asistencia perfecta a los circuitos del Turismo Carretera. En la vuelta de Necochea, Pepe Morán -de Rufino- llevaba el número 36 en la puerta de su coche, al llegar a la rotonda de la Ruta 3 y 228 algo salió mal y el auto quedó patas para arriba. “Corrí, era chico, y lo ayudé, imagínate que se levantó y siguió corriendo”. Entre sus ídolos, el tresarroyense Bautista Larriestra lo sigue emocionando en el recuerdo. “Íbamos a lo de Tato Rupell, un taller en la segunda cuadra de Pellegrini y recorríamos todos los talleres porque había cinco o seis autos que corrían, en ese tiempo nos dejaban entrar”. 

Pegui aprendió el respeto, a poder felicitar y dar ánimo a los corredores más allá del lugar en el que llegaran a la meta. 

“Cargaba el camión siempre para el lado que había una carrera”. A lo largo de la Ruta 3 sus paradas obligadas lo llevaban al taller de Eduardo “el Gordo” Brescia en Azul, al de chapa y pintura que el corredor Carlos Nesprías tenía -y tiene- en Cañuelas, en la Tablada cerca del cementerio israelita lo esperaba el “Tero” José Miguel Pontoriero, en San Justo se encontraba con Eduardo el “Pucho” Sáenz y terminaba en el oeste, en Morón, en el taller de los Aventín. 

La rutina de viaje empezaba en algún lugar de la ciudad, como aquella vez que cargó en La Aceitera para descargar en el Puerto de Buenos Aires, del camión al barco directo. Sin embrago, llegó la hora de zarpar y faltaba uno. Pegui no había llegado con el cargamento porque se había quedado en Azul, en el taller de Eduardo “el Gordo” Brescia. “Mirá que me voy a acordar del barco, ¡estaba en la gloria mía!”. 

Así pasó por circuitos y experiencias extremas, como en la carrera en Tandil donde Octavio Suárez murió quemado. “El automovilismo es una Biblia bien entendida porque te hace razonar lo que otros no, y ver lo que los demás no pueden. Pagas una entrada para ver un tipo que se juega la vida para darte un espectáculo. Por eso gané todo lo que pude apreciar”. 

 Sabe que no hay que menospreciar a nadie, aprendió en las carreras que no importa tener o no un auto bueno porque se puede perder con el mejor. 

 Más carreras que Fangio 
Pegui montaba al camión siempre con rumbo fijo, no arrancaba de Tres Arroyos hacia cualquier lado, lo tenía todo muy bien calculado. El “Sanpedrino” enfilaba por la Ruta 3 con una carga y listo para entrar en cada localidad donde un amigo lo esperara para hablar de las novedades del TC. 

“Las recorridas me hicieron vivir, en vivo, lo que anhelé de pibe y no hubiera logrado nunca. Andar por los talleres, servirle mate a los grandes, dar mi opinión. Hablaban de Rosendo Pedro al que respetaban mucho. Oscar Aventín me preguntaba si el reconocido mecánico se estaba preparando para ‘rompernos el alma de vuelta’, como decía con esa voz ronca que tenía”. 

Pegui era especialista en “franelear” a los competidores antes, durante, y al finalizar una carrera. Los saludaba, los felicitaba y podía entrar a boxes sin credencial, sin nada, todos los conocían. “El piloto y su acompañante arriesgan eso que tiene ahí abajo, eso sí, si lo perdés es por una pasión y eso no tiene precio”. 

De pronto, como si un nubarrón empañara su mirada, entristece. Recuerda aquel fatídico 27 de marzo de 1994 en el que se accidentó y murió su ídolo, su amigo Osvaldo “Pato” Morresi. Suelta frases y fija los ojos en la imagen que sólo su alma ve. “Llevé a San Pedro un pergamino que escribí e hice firmar por amigos. Se lo entregué a su hija Paula en un acto que no voy a olvidar. Éramos amigos, después de cada carrera el Pato me decía: ¡Gracias gordo, vos siempre estás conmigo!” 

Los corredores “mañeros o chanchos para correr” no son de su devoción por anti deportistas porque “pierden todos los valores, hablamos de perder la vida, de arriesgar un gran capital y después nos andamos cagando a autazos, eso no va”. 

La revista Corsa le hizo una nota como “el aficionado al TC más reconocido”, un regalo deportivo a todos esos años de escucha, consejos, pasión.  


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El fútbol, un tema prohibido

El rojo de Avellaneda le llena el corazón. “De toda la vida soy de Independiente, me hice del club porque una familia que vivía enfrente de mi casa, los Capristo, eran del Rojo y yo andaba todo el día con ellos. Oscar, mi hermano, se iba con Beder Alonso, mi padrino, a ver a Huracán y se hizo de ese club, mientras que Ricardo se iba con los de Colegiales porque el novio de la vecina era el arquero y yo me iba a ver a El Nacional… me hice hincha y seguía al club a todos lados”. La pasión por el fútbol de los Ravella tiene una única restricción: no hablar del tema cuando se juntan. 

Las anécdotas decoran la mirada profundamente celeste de Pegui que deja correr las lágrimas entre sus palabras. Confiesa como un logro futbolero haber compartido tablones con su hermano Ricardo, nada más y nada menos que en la cancha de Independiente. 





Fue un día en que una unidad de la empresa de colectivos La Estrella trasladó a los hermanos hasta la parada de calle General Hornos en el barrio porteño de Constitución. Una vez arribados a la capital se fueron directo a sacar la entrada para ver el partido que tenía a Independiente de protagonista. Llegaron a la sede del club en la avenida Mitre al 400 en Avellaneda e hicieron una cola larguísima hasta que lograron el tesoro tan preciado. A la tarde del mismo día regresaron para ingresar a la cancha, fue cuando Ricardo le dijo a su hermano: “Pegui, acá dominás más que yo, lo que vos hagas, yo hago”. 

El estadio de avenida Almirante Cordero al 700 fue testigo de la anécdota que divierte tanto al fanático de independiente. “Ricardo venía atrás mío como un monaguillo, nos ubicamos en las gradas y por ahí mete un gol el Rojo, todos saltando: ‘Dale rooojooo, dale rooo…’ Entonces le dije a Ricardo: Saltá y gritá porque te van a tirar de acá arriba. Así que el hincha de Boca tuvo que aflojar y cantar para nosotros”. 

Sin embargo, en Tres Arroyos los hermanos Ravella no pueden encontrarse en ninguna cancha. “Si vamos nos peleamos, con Oscar nos agarramos si juega Huracán-El Nacional y la gente nos tiene que andar separando, así que juntos no vamos a ver ningún partido”. 

Trabajó para el Club Boca, “tuve la camiseta de Boca siempre que hubo que colaborar, pero después volvía a mi lugar, los dos clubes sabían que compartía la pasión, yo siempre fui de frente”. 

Pegui confiesa que se reúne con sus hermanos cuando hay alguna fiesta en la “que estemos los tres muy comprometidos” porque el deporte los separa, “sabemos cómo somos, jamás nos peleamos por temas de familia, pero sí por el fútbol”. 

Nunca se impusieron de prepo nada, tampoco el amor por la camiseta, “el mundo es como lo hacemos nosotros, somos los que estamos adentro de la licuadora. Si te portás bien vas a recibir bien, si te portás mal…”.  


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Olguita

En la puerta de la casa de calle Bolívar 736 hay una placa que brilla bajo el sol del mediodía. Escrito en letras de molde muy bien grabadas dice: “Olga Ravella, licenciada en psicología”. No es sólo una placa colgada de una pared. Es el mejor premio, ese que ni imaginó, el que soñó para su hija, la certeza del deber cumplido que le hincha el pecho y le recorre las venas. 

 “Lo primero que le enseñé es el respeto, comportamiento y aprender paso a paso lo que yo podía enseñarle con mi sexto grado”. 

Olga llegó un día de la escuela secundaria y le dijo que quería estudiar en La Plata. Pegui le explicó su situación y sus miedos. Olguita nunca había salido de Tres Arroyos. 





 “Me agarraron mis hermanos, Oscar y Ricardo y me dijeron que tenía que hacer estudiar a Olguita que ellos iban a pagarlo. Pero les dije que yo trabajaba y que podía. Le dieron tanta manija -especialmente Ricardo- que al final salió por primera vez para la Plata, ¡no sabes lo que fue eso!”. 

El camión Mercedes viejito y orgulloso de ser el “Sanpedrino” llevó a su hija a la capital provincial donde hizo toda la carrera. La esperaba todo una vida de estudiante que pasó en una pensión cerca de la facultad de Psicología donde se recibió de licenciada. 

“Siempre al día, nunca debió nada. Dentro de todos los burros salió una inteligente”. Sin embargo, Pegui fue abanderado y su maestra, Ethel Thomas de San Pellegrini lo puso en ese lugar por sus conocimientos, su afición a la escritura, a la participación en actos escolares y a su estudio, siempre fue un buen alumno.    


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 Una poesía “made in casa”

Antes de recitar una poesía de su autoría, Pegui Ravella confesó que tiene muchos escritos pero que sólo le dedica sus rimas o prosas a quien lo merece y “con fundamento”. 

El homenaje de un paisano de Las Heras a Roberto José Mouras: 

“En noviembre un 22 fue tu última carrera y el Turismo Carretera el gran ídolo perdió. como reguero corrió la noticia desgraciada de una goma reventada que algún periodista dijo dejó a una madre sin hijo y una cuidad destrozada. 

Y te fuiste ganador como los grandes se van, como los seres que dan con su presencia fulgor, pero tu anhelo mayor quedó truncado, yo sé junto a tu vida se fue sepultada una ilusión: el sueño de ser campeón conduciendo un Chevrolet”.  


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Orense le canta al Atlántico 

Los viajes a Orense con el camión le brindaron grandes amigos que le dieron manija para hacer un festival bien grande para los turistas. De una Pegui dijo: “Se va a llamar ‘Orense le canta al Atlántico’, y así quedó firmado en el aire y en el corazón de los que se reunieron una noche en el Club Alumni para organizar el festival. 





“Me gustan las peñas, siempre participaba, desde que se hacían en el potrero de la esquina de mi casa. Me venían a ver todas las maestras para que las ayude a armar peñas para las escuelas porque sabían que los artistas querían cantar en las que yo organizaba. Siempre para ayudar, pero nunca por interés económico, sino pierdo la pasión, o la plata o la pasión, prefiero esta última que no se va nunca”. 

El folclore forma parte de su historia, también su amigo Héctor Esteban Pais al que califica como el mejor cantor de Tres Arroyos, tanto es así que mandó a que escribieran un libro con sus actuaciones y experiencias de vida, sus “Vivencias en el camino” que luego le regaló al artista. 

Pegui vive con la premisa que lo empodera, “me gusta darle el gusto a mi corazón” razón por la que hizo lo que quiso y dio todo lo que pudo para la felicidad de otros y la suya. 

“Cuando le das gusto a una pasión, estás realizado, eso no se compra, se logra, esa es la historia”.   


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