Siempre juntos. Pedro Ouwerkerk junto a su esposa Ella (Isabela Cornelia Jacoba van Strien)

La Ciudad

El Agricultor Pionero de la Fiesta del Trigo

Un legado, el esfuerzo y la familia

14|03|21 10:08 hs.

Pedro “Tito” Ouwerkerk dice que los verdaderos pioneros fueron sus padres y abuelos. Lo reconocieron como Agricultor Pionero de la 52ª Fiesta Provincial del Trigo y su reflexión expresa un verdadero agradecimiento a quienes llegaron a nuestra tierra a construir un futuro. Colonos holandeses que compensaron la incertidumbre con mucha fe y esperanza. 


Habla de sus abuelos maternos Diego Zijlstra -quien llegó al país en 1889- y Adelaida Pluis; y los abuelos paternos, Pedro Ouwerkerk y Cornelia Overbeek. Es hijo de Juan Ouwerkerk y Luisa Zijlstra. Apellidos con mucha historia, precursores -junto a otras familias- de instituciones y protagonistas del desarrollo en nuestra patria chica. 

También dice que una pionera es su señora Ella (Isabela Cornelia Jacoba van Strien). “Aparte de atender a los chicos, hacía otros trabajos. Habíamos puesto gallinas ponedoras y estaba pendiente, cuando veníamos a Tres Arroyos traíamos un cajón de huevos y con eso hacíamos las compras”, relata sobre los primeros tiempos en el campo Pago Chico (en San Mayol). 

Con firmeza, expresa que “somos agradecidos a la vida y a Dios”, menciona la bendición de haber formado una hermosa familia con cinco hijos: Juan, Herminia, Margarita, Jorgelina y Denis.

Los comienzos 
Finalizó los estudios primarios en el Colegio Holandés “a los 13 años recién cumplidos. Lo hicimos todos estando pupilos -señala sobre sus hermanos-. Mi viejo venía los viernes a buscarnos en la Villalonga y los domingos de vuelta al internado”. 

La chacra de su padre se llamaba La Irene. Estaba ubicada en tierras arrendadas en el campo La Federación, de Candia, a unos 15 kilómetros de Tres Arroyos. Pedro se inició en el campo “de caballerizo. A mí me tocó muy pronto porque papá tenía un empleado que empezó a faltar por enfermedad primero los lunes, después los lunes y martes”.

Había que trabajar con la caballada de tal forma que el arador esté en el surco “al largar el día”. Eran diez caballos. “Cuatro cadeneros, iban adelante, los más despiertos y de mejor rienda; y cuatro tronqueros, los de atrás, generalmente eran pesados y de fuerza”, explica. 

Lo que más le costaba era colocarles la pechera. “La anteojera se la alcanzaba a poner fácil, el caballo manso agacha la cabeza -describe-. Pero la pechera era pesada y había que ponerla más arriba. Y yo con poca fuerza, no alcanzaba, arriba tenía que atar los nudillos con un tiento. Mi viejo me había fabricado un banquito, así fui aprendiendo”. El empleado, “desgraciadamente meses después falleció de cáncer”. Pedro fue “agarrando viaje de muy muchacho, hasta hoy. Sigo yendo al campo, aunque menos que antes”. 

Es el segundo de seis hermanos, el mayor entre los varones. “Mi hermano Diego, el médico que es jubilado ahora, me ayudó mucho en las cosechas. Se hacía el trabajo con bolsas todavía”. 

El primer tractor que tuvieron era de ruedas de hierro. Su tío, Enrique Zijlstra, lo puso en marcha y pudieron utilizarlo durante alrededor de tres años. Pedro indica que “no tenía cabina” y agrega sonriendo: “tampoco radio, aire acondicionado ni piloto automático”. 

Un paso importante tuvo lugar cuando “mi viejo alcanzó a comprar un tractor Zetor de 25 HP, nuevo, con neumáticos, con arranque eléctrico, con luz, una tecnología bárbara para la época, sin cabina”. 

Contratiempos 
Su padre Juan dio los primeros pasos cuando buena parte de la colectividad trabajaba en campos de la zona de San Cayetano. “Se vencieron los arrendamientos allá y casi todos vinieron a los campos de Candia, que llegaban desde La Federación, que está prácticamente sobre la ruta 228, hasta llegar a Vázquez”. 

Luego de estar siete años de peón en una misma chacra, Juan “alcanzó a comprar junto con otro socio una docena de caballos, un aradito y una sembradora”. 

Cuando se les venció el contrato, vinieron a La Federación, “pero les tocó una chacrita en el gran bajo que hay donde ahora está la estancia El Rincón. Vino un ciclo de años muy fríos y de heladas, cinco años se les heló todo. Estaba recontrafundido. Entonces le dijo a Manuel Candia, el dueño del campo, que no podía seguir más. Manuel lo convenció de que no lo haga y le ofreció trasladarse a un lugar de 220 hectáreas, que había dejado Cornelio van Strien, quien compró en lo que después fue la colonia de San Francisco de Bellocq". 

Así sucedió, logró remontar las dificultades, “pagó las deudas, crió seis hijos, los educó a todos en el Colegio Holandés”. 

Propietarios 
Pedro se casó con Ella el 5 de abril de 1963. Su padre decidió dejar la actividad. Poco después, quien heredó el campo que arrendaban era Néstor Torres Candia. Empezó a insistir para que dejen las tierras, pero Pedro no accedió porque “yo no sabía hacer otra cosa”. 

En un viaje a Tres Arroyos, compró La Voz del Pueblo y vio un aviso. “Se vendían 226 hectáreas en San Mayol. A pagar ocho millones al contado y diez millones en cinco años sin interés, dos millones por año”, recuerda. 

Torres Candia le había empezado a ofrecer dinero por desocupar el campo. “En ese tiempo había una ley que no se podía desalojar chacareros, ni se les podía aumentar el arrendamiento. Mi viejo por su cuenta lo había ido actualizando y eso lo apreciaba mucho el propietario”, sostiene. 

En este contexto, cuenta que “la próxima vez que vino le mostré el aviso, y le dije ‘si me paga esta suma me voy’. El me había ofrecido hasta un millón y medio”. 

Hubo diálogo por teléfono y una reunión de la familia Torres Candia, que finalmente le ofreció siete millones y medio, además de acordar que permanezca un año más en parte del campo que arrendaba. “Me tiré al agua”, expresa. 

Hubo apoyo además de la familia, participación de su suegro y “de lo que había dado Torres Candia le di la mitad a mi viejo, que pudo saldar sus cuentas”. Con la inflación, al ser un monto anual fijo, el pago del restante “se fue licuando”. Se convirtieron en propietarios el 5 de junio de 1965. 

Construir el futuro 
El nombre de Pago Chico ya se lo habían puesto a la otra chacra que arrendaban. En el campo de San Mayol “solamente había un rancho de barro, un pequeño galponcito, una bomba de mano y un molino. Los alambrados eran una miseria. De a poco fuimos laburando”. 

Destaca que “por entonces el cereal se pagaba realmente lo que valía” y pone de manifiesto que “en 1964 la cooperativa Alfa empezó a importar fertilizantes. En 1965, año en que compramos, el fertilizante ya venía con las maquinitas esparcidoras. El primer año que estábamos en Mayol, empecé a pasar fertilizantes, los vecinos se paraban a mirar a ver qué miércoles era eso y qué estaba haciendo. Al segundo o tercer año la cooperativa ya importaba fertilizantes con su nombre”. 

Los chicos crecieron y señala que tanto Janly como Denis “han trabajado a la par mía al principio, cada vez más y yo cada vez menos”. 

Reitera el valor fundamental de toda la familia y subraya que “mi señora es fundamental en todo porque acompañó siempre, desde el primer Pago Chico. Parte lo había puesto el padre de ella, después de a poquito fuimos comprando un pedacito más y otro poquito”. En la entrevista, menciona experiencias de arrendamientos y tierras que pudieron incorporar. 

La rotación 
Una de las características de su tarea productiva es que siempre incluyó a la ganadería. “Fui a la Escuela Agrícola Elemental de San Francisco de Bellocq, a dos cursos de primavera. Ahí aprendimos que había que hacer rotaciones, no sembrar más de tres años seguidos. Se sembraba lino, después trigo, después avena, y se dejaba un año de potrero. Me quedó eso”, observa. 

En el cierre del diálogo, puntualiza que “ahora está de moda la vicia. Hace cuarenta años que sembramos avena vicia para pastoreo, un forraje excelente, se usa como abono verde también. Lo están demandando de todos lados”. 

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Inmigrantes y hacedores
La labor de los inmigrantes atraviesa el relato de Pedro Ouwerkerk, está presente. Su abuelo Diego Zijlstra llegó al país cuando estaba todo por hacer. “No había nada. Genera orgullo haber tenido semejantes antecesores, gente de trabajo”, valora. 



Se detiene en la historia del Colegio Holandés y comenta que “se fundó también primero en una escuelita en el campo, entre medio de varias chacras de holandeses, todo se hizo a pulmón. Después se mudó. Estuve muchos años en la comisión del colegio y de la cooperativa”. 

Menciona como un buen ejemplo a “la construcción del edificio del internado nuevo del colegio. Tuve una conversación con Carlos D’Llano, quien era gerente de la cooperativa, estimamos cuando trigo tenía que donar cada productor y arrendatario de la colectividad para poder hacer la obra, en cuatro años se podía terminar. Así se hicieron 1600 metros cuadrados cubiertos, todo ladrillo a la vista, doble pared, con cámara de aire, baños, el departamento para Meester Slebos”. 

El internado fue perdiendo pupilos con el tiempo, por los cambios en las prácticas y forma de vida de las familias. No obstante, expresa que “gracias a eso hay un lugar para la Secundaria hoy, para el Jardín, baños, cocina”. 

Sobre la Cooperativa Alfa, indica que “mi abuelo fue el socio número 1 y mi viejo era el número 17. El nombre se definió por votación, lo mismo que sucedió muchas décadas más tarde con el Hogar de ancianos El Atardecer”. 

La última institución mencionada es fruto de una iniciativa con la colectividad danesa. Elogia que “también se hizo todo a pulmón. Hasta que no estaba con todas las condiciones y requisitos no se arrancó, después se fueron agregando instalaciones. Es un lugar modelo”.