Opinión

Editorial

Más que presencialidad

07|03|21 10:55 hs.



El retorno a la presencialidad educativa es una buena noticia. Y enfatizamos la palabra, dado que en el año que pasó, la educación tuvo que adaptarse a la nueva realidad pandémica como todas las actividades humanas, pero no se interrumpió. No se puede analizar lo que ocurrió en este ámbito, durante el ciclo 2020, despojándolo de las incertidumbres, contradicciones, ausencia de hojas de ruta y desconcierto, que trastocaron la vida misma de la mayoría de las naciones del mundo. Y a nuestro micro universo doméstico. 

Por otro lado, como se ha explicado en editoriales anteriores, nos encontramos con las abismales desigualdades e inequidades que en esa materia existen en nuestro país. Pero que ahora descubrimos incrementadas. Y, sumado a ello, un factor nuevo: la premura o no, del gobierno argentino, para sortear una situación por si misma dificultosa e inédita. 

Son tres aspectos diferentes, pero su combinación y la consistencia o endeblez de como los enfoquemos, definen en una porción no medible cuantitativamente y cualitativamente en el corto plazo, parte del futuro de los y las estudiantes argentinas. 

 Dada esta realidad inobjetable, el gravísimo error que podemos cometer es pensar que lograr la presencialidad completa, es el objetivo de máxima. Es una condición necesaria, pero no suficiente. El mundo educativo avanza en toda la orbe (lo hacía antes de que la pandemia trastocara todo) hacia maneras combinadas de presencialidad y virtualidad, hacia estructuras educativas más creativas que suponen contextos de aprendizaje que incentiven a los estudiantes y que estén acordes a la realidad en que vivimos. Es cierto, claro, que en determinadas edades la cercanía humana es imprescindible. También, que algunas personas la necesitan más que otras, sin importar la franja etaria a la que pertenezcan. Pero eso no invalida la realidad de un planeta que cambió radicalmente en los últimos cuarenta años, a raíz de la denominada revolución tecnológica, que se aceleró, especialmente, en los últimos quince años. Pensar en un aula con treinta niños y niñas, sentados simétricamente, durante cinco o más horas, es imaginar la escuela a la que asistimos hace tres o más décadas. Ese formato no responde, en forma completa a las demandas de las generaciones actuales. Incluyendo en ellas, a los estudiantes y a los nuevos educadores. 

El peligro, cierto, palpable, es querer tenerlos solo sentados dentro de un edificio, ignorando que el mundo en el que se mueven es radicalmente distinto al de los padres que los llevan pacientemente, día a día, a unas aulas demasiado iguales unas de las otras. 

 El desafío es exigir que la agenda política, la del Gobierno y la de la oposición, tenga como centralidad la cuestión educativa. Lo hemos afirmado en otras editoriales: una buena educación, contribuye a la cohesión social, permite el desarrollo de las ciencias y de las artes, empuja al crecimiento económico (como lo estudia y mide la disciplina denominada Economía de la Educación) y solidifica el sistema democrático. Esto a escala nacional y a un micro nivel de localidades y ciudades, chicas y medianas. Es la base del verdadero derrame económico. Como ya lo escribió, el muy criticado y poco leído, Sarmiento. 

La exigencia de presencialidad, entonces, debe nutrirse de una mirada más compleja y rica del fenómeno educativo actual, para que sea el eslabón base, de un diálogo, que movilice la discusión acerca del tipo de escuelas que son necesarias, no solo para el desarrollo sustentable del país, sino también, para el emocional, científico, artístico y físico de los estudiantes. Y esto incluye repensar el diseño de la infraestructura escolar; el tipo de contenidos que se van a estudiar en sus aulas, sean presenciales o no; la organización de sus horarios y su modo de administración, menos centralizado y con más poder institucional contextualizado. Y, dado el vértigo del mundo en que vivimos, dotar a las escuelas, de instrumentos que le otorguen mayor flexibilidad para el cambio y para mensurar qué de lo viejo y qué de lo nuevo deben incluir o dejar a un lado. 

Para ello, es condición necesaria, desarrollar una mirada sistémica del tema, que posibilite una visión y perspectiva más actual, que no olvide que educar es en esencia un acto humano. Pero que no por ello, nos impida animarnos a romper estructuras y paradigmas obsoletos, pertenecientes a un mundo que ha dejado de ser parecido a como lo habitábamos y pensábamos hasta hace poco.