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Entrevista a Mario Colantonio

“En la vida y en el fútbol hay que dar el cien por ciento”

07|03|21 19:35 hs.

La relación de Mario Colantonio con el fútbol en la Liga de Tres Arroyos comenzó en la adolescencia. “Vivía en el campo, mis primos Hugo y Carlos Pavese los domingos iban a cazar y además, siempre llevábamos una pelota. Yo como era muy malo con los pies me ubicada en el arco, tenía agilidad, empezaron a ver que no me podían hacer goles”, recuerda. Empezó a jugar en la Sexta División de Boca a los quince años, con Daniel Dinardo y Oscar Rico como directores técnicos. 


Fue el inicio de una actividad deportiva que se extendió hasta pasados los 40 años, con muchas experiencias y la posibilidad de conocer a compañeros que valora de una manera muy especial. Mario compartió con La Voz del Pueblo sus vivencias, reflexiones y también dio testimonio del cambio que provocó Dios en su vida. 

Sonriendo, cuenta que “Dinardo siempre me decía que yo iba a jugar en Primera, pero me tuvo todo el primer año en el banco. El titular era Néstor García, muy buena persona y arquero”. Debutó finalmente en un amistoso ante Colegiales y logró atajar un penal. 

Un gesto de Néstor Di Luca le quedó grabado en la memoria. Mario llegó a ser suplente en la Primera de Boca, cuando Bruno Zinni se desempeñaba como técnico; “Claudio Deporte no podía atajar, entonces el Mono Orlando fue titular y a mí me subieron al banco de Primera. Era un equipazo. Pela Di Luca tuvo un gesto de un verdadero capitán, no me conocía casi ningún jugador, porque incluso en Tercera jugaba poco; me llamó, me hizo sentar con él y un par de jugadores más, almorzamos, me dio más confianza. Es un líder en serio”. 


Huracán fue el segundo club donde jugó Mario Colantonio


Después pasó a Huracán, donde permaneció tres años. En el Globo tuvo su primer partido en Primera y mantuvo la titularidad, en un plantel cuyo técnico era Alejandro Barberón. “Tuve la suerte de poder salir campeón con Huracán y después con Quilmes”, señala. Se fue de Huracán “por un mal entendido con un dirigente, no viene al caso. Volví a Boca seis meses y posteriormente me llamaron desde Once Corazones”. 

En el equipo de Indio Rico no vivió un buen año deportivo. “No jugué ni el 30 por ciento de lo que podía jugar. La gente se portó espectacular conmigo, el técnico era el Mono Rodríguez y me bancó siempre”, expresa. Vuelve a sonreír y relata una anécdota, que describe esta etapa negativa en su rendimiento; “antes de un partido con Independencia, el Mono Rodríguez dijo vamos a tratar de elegir viento a favor, ganamos el sorteo y así fue. A los cinco minutos, le pegó Landa desde atrás de la mitad de la cancha, con viento en contra y me hizo un gol. Cosas así o similares, me pasaron todo el campeonato”, manifiesta. 


Defendiendo el arco de Once Corazones, en la cancha de El Nacional


En Quilmes 
Por entonces, Mario había empezado a trabajar en el campo, se sentía bien con las tareas de horticultura, pensaba dejar el fútbol. Pero un día antes del cierre del libro de pases, se contactó Sergio Amestoy para que juegue en Quilmes como suplente de Maximiliano Amestoy. Dice que después de tres partidos dejó el equipo, porque no se cumplieron las condiciones que habían acordado previamente. 

 Tras el campeonato Apertura, ingresó una comisión nueva en el club y designaron como técnico a Pedro Andreasen; “lo considero un referente del fútbol. Pidió que me llevaran, no me quería nadie, pesaba 106 kilos y venía de Huracán. Maximiliano estaba atajando muy bien, pero no siempre iba a entrenar, fui suplente dos partidos, Maxi un partido no estuvo y me dieron la oportunidad. Jugamos ante Independencia y fue el peor partido de mi vida, así y todo ganamos 2 a 1; fui un desastre, ellos ganaban todos los partidos por goleada y ese día un montón de llegadas no la pudieron meter, pegaba en el palo, la sacaba Coronel en la línea. Quedamos primeros y salimos campeones”. 

Al año siguiente, Andreasen siguió en el cargo y si bien “los dirigentes no me querían –afirma Mario-, me pidió de nuevo. Llegué con 84 kilos, hice toda la pretemporada, el segundo partido jugamos con Huracán en la cancha de Quilmes y le atajé un penal a Elizondo cuando terminaba el partido. Ahí se produjo un click, a mí la gente de Quilmes me puteaba, yo venía de Huracán, atajaba más o menos. Empezó el romance con la hinchada, que perduró hasta el día que me fui. Ese día empatamos 1-1”. 

Poco a poco, aprendió a ser líder, “me gustaba -indica-. En Quilmes lo pude hacer porque fue el período en el que me sentí más realizado como arquero. Se da una realidad un poco distinta que en otros lugares, chicos que tenían que viajar a Bahía Blanca por problemas de su salud de sus hijos, por ejemplo, pude hablar con dirigentes para ayudarlos”. 

Una pausa y el regreso 
Permaneció un año sin jugar y en el campeonato siguiente, Carlos Baliña le comentó que estaba armando el equipo en Cascallares, si se quería incorporar. “Me explicó que precisaba un arquero, Le respondí búscalo, no me busques a mí”, recuerda con buen humor. En el plantel estaba Mario Alvarez; “yo lo había entrenado en la selección juvenil. No me daba cuenta que era él, cuando fui al primer entrenamiento de Cascallares y lo vi, le dije a Baliña, ‘¿para qué me trajiste si ya tenés arquero?’”. 

Mario Colantonio atajó los primeros partidos. “Estaba grande y hacía un trabajo pesado en el campo. Igual quería atajar, pero cuando Pepe Escudero, que era el técnico, decidió que el titular sea Mario Alvarez lo alenté. Después cuando fue a Once se convirtió en unp de los grandes jugadores del plantel”. 

Su siguiente equipo fue la ACDC, en “un año que disfruté mucho”. Retornó a Quilmes y luego Martín Ascorti lo llevó a Villa del Parque. “Siete u ocho años antes había tenido una experiencia en Villa, Escudero era el técnico, no me fui bien porque hice toda la pretemporada, ni siquiera vino un dirigente a hablar conmigo, fue Daniel Moris después y terminé en Quilmes ese año”, relata. 

En el club de la V azulada se encontró “con un monstruo, Tomás Moreno, que atajó muy bien. Un año muy fuerte, mi padre padecía cáncer de hígado, tres médicos me habían dicho que era terminal, yo estaba comenzando los caminos con Dios, había comenzado a orar, veía que se manifestaba en el Hospital, que sanaba de verdad”. Su padre fue trasplantado, pudo recuperarse y Mario tiene la bendición de contar también con su mamá, ambos están bien. 

Con énfasis, subraya que “en Villa me hicieron sentir importante desde afuera. Un día perdíamos con Huracán 2 a 0, logramos igualar 2 a 2; cuando empatamos, no me voy a olvidar más, nos miramos con Lucas Fernández, nos abrazamos y me largué a llorar como un chico. Venía con la carga emocional por el problema de salud de mi viejo; ese equipo hizo una gran campaña, pero descendió por el promedio. Hasta ese día nunca me había quebrado en una cancha de fútbol, la segunda vez fue el día que decidí dejar la actividad en Boca”. 


En un equipo que disputó un torneo nocturno en 1992


Justamente, su próxima y última campaña tuvo lugar en Boca, club al que lo convocó Ariel Annechini, en Segunda División. “Eran todos pibes, quería llevar como refuerzos un arquero y un central de experiencia. Hubo un parate en el torneo, jugué un amistoso con Argentino y me saqué el hombro izquierdo, me tuvieron en el Hospital como tres horas hasta que me lo colocaron y después se me salía de nada. No podía más”. 

Estaban en la instancia decisiva, partidos finales ante Cascallares. Lo expulsaron y atajó Di Marco, pero cuando podía regresar, Annechini le dijo que el titular iba a seguir siendo Di Marco. Mario al menos quería estar en el banco, lo probaron y “la primera pelota que me tiraron abajo, se me salió el hombro otra vez. Me abracé con Ariel y fui al vestuario, sabía que no volvía más a una cancha semiprofesional a jugar al fútbol. Armesto, el dirigente, se quedó conmigo para calmarme. Fui a ver la final y después nunca más volví a una cancha para mirar fútbol”. 

Puertas que se abren 
Durante la entrevista, Mario realiza una sugerencia. “Le diría a cualquier pibe que se vaya a probar, que no piense que va a haber otra oportunidad, si la tienen no aflojen, hay que aprovecharla”, sostiene. 

Le queda “el sabor agridulce de saber que podía haber jugado en otro nivel, pegar el salto. Yo me conformé y pensé el día de mañana viene otra oportunidad, en cualquier área de la vida hay que hacer todo con excelencia. En una etapa no me cuidé”. 


En el plantel de Once Corazones




Estuvo a un paso de jugar un Torneo Argentino con Independencia, pero una semana antes de la primera fecha ante Sporting de Punta Alta, se quebró el dedo de una mano atajando para Quilmes. Además entrenó en Ferrocarril Sud de Tandil, si bien finalmente no fue incorporado; “veías los otros arqueros y percibías que podías estar. Es un error no haber dado muchas veces el cien por cien por conformarte, en la vida y en el fútbol tenés que dar el cien por ciento”. 

Hace referencia, finalmente, como una buena muestra a los logros de Juan Pablo Jaime. En su último año en Boca, Mario entrenaba a arqueros de inferiores. “Juanpi Jaime era chiquito, gordito, de esos que mandan siempre al arco. Pero tenía algo, escuchaba, prestaba atención y era constante. Soy amigo de Guillermo, su padre, un día le pedí que apoye a su hijo, porque le veía condiciones para llegar a Primera. El año pasado me llamó por teléfono, se quebraba, ‘Juan Pablo está en Deportivo Español, no quieren que se venga’, me dijo. Se estiró físicamente, tiene condiciones y es disciplinado”. Mario concluye que “cuanto te esforzas, siempre una puerta se abre”.   


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La familia y el trabajo 

Mario Colantonio tiene un hijo, Alfonso, de 20 años. Sus padres Vicente y María están bien y cuenta con un hermano, Fabián Ariel, quien también es arquero y actualmente reside en Cosquín. Posee “una pequeña empresita de desmonte, tala de árboles, limpieza de montes, venta de leña”. Afirma que “me ha ido relativamente bien, el secreto ha sido esforzarme”. 

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 En Lanús y Talleres de Remedios de Escalada 
Cuando Mario Colantonio formaba parte de las inferiores de Boca, Miguel Alarcón era ayudante de campo de Daniel Di Nardo. “Leía El Gráfico, tenía el sueño de irme a probar”, expresa Mario. 

Una noche de enero, ambos fueron en micro hasta Retiro y desde allí hacia la casa de un tío de Miguel, que es peluquero, en Banfield. La finalidad fue probarse en Lanús. “Era martes, hacía mucho calor -puntualiza Miguel-. Fuimos a la cancha, estaba de técnico el Toro Raffo, un fenómeno. Me dijo “traémelo el jueves a la tarde a probar’. Le respondí ‘venimos desde Tres Arroyos, viajamos toda la noche, no tenemos mucho tiempo y plata tampoco’”. Fue probado ese mismo día, el club le cedió ropa -porque no habían llevado- y le fue muy bien. 

 Mario cuenta que “Raffo dijo que me quede. Me daban la pensión y todo. Había que ir con el pase libre, podría haber fichado sin decir nada, que era jugador libre. En ese tiempo no existía Internet, pero no lo quise hacer”. 

Como el primo de Miguel tenía un conocido en Talleres de Remedios de Escalada, que competía en la B Nacional, Mario se fue a probar y permaneció un mes y medio. “No alcancé a jugar porque nunca tuve el pase. Mi viejo hablaba con los dirigentes, hasta que me tuve que volver. En ese momento Colombini manejaba todo en el fútbol de Boca y su respuesta fue siempre negativa. Me enojé y estuve un tiempo inactivo”. 


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“Tuve una experiencia muy fuerte con Dios”

En el diálogo con este diario, Mario Colantonio da testimonio de su fe. “Hace un tiempo yo era un loco de la guerra y conocí a Dios. Tuve una experiencia muy fuerte con Dios, antes me burlaba, me reía. A partir de ese momento mi vida cambió”, afirma. 

Deja en claro que “no estoy hablando de un tipo que vive en santidad. Más allá de que me equivoco y me mando diez mil macanas. Le prometí algo a Dios, que cada vez que pudiera hacer una nota, daría testimonio de lo que hizo Jesús en mi vida”. 





Este cambio comenzó a producirse “hace seis o siete años que tuve un primer encuentro con lo que era la Iglesia y empecé a leer la biblia, a partir de una crisis personal muy grande”. En un determinado momento, decidió “ayunar como dice la Biblia, cuando querés buscar a Dios. Lo realicé durante cuarenta días; solamente tomaba un té y a la noche arvejas, una porción muy chiquita”. 

En este contexto, sostiene que “en el día 26 o 27 descendió el Espíritu Santo y mostró su amor, es inexplicable en palabras humanas. Puedo asegurar por la forma en que me lo hizo ver en el espíritu, que verdaderamente lo que quiere hacer lo hace, no hay nada que se pueda oponer”. 

Desde ese día, “cada oportunidad que tengo doy testimonio y digo que el único camino que hay a Dios es a través de Jesucristo. El cielo y el infierno existen, el hombre no es salvo por obras sino por creer en Jesucristo”. 

Ocurrió en circunstancias en que “atravesaba una crisis personal muy importante. Fui a la Iglesia de la Ciudad, las primeras cuatro reuniones entraba al templo y no podía dejar de llorar. Sentía una paz muy grande. Me empezó a tocar el Espíritu Santo”. 

Percibió que “el Dios del que uno habla es real, que quiere tener una comunión con quien lo busque”. 

 Una necesidad 
Predicó en programas de FM y visitó en muchos oportunidades geriátricos y residencias de adultos mayores. “Debido a la pandemia se limita mucho el ingreso a estos lugares”, observa. 

Además “iba a predicar mucho al Hospital, vi gente paralítica orar y que Dios la sanara, gente que estaba para morir y que Dios la levantara. También vi algunos que partieron. Muchas veces lo vi, oraba por las personas y se iban, les preguntaba querés aceptar a Jesús en tu corazón y me decían que sí”. 

Estuvo en la Clínica Favaloro, donde le fue realizado un trasplante a su padre. “Podía entrar a los boxes de terapia intensiva, orar por las personas. Hay algo que todavía no entiendo de Dios, aunque se de su misericordia. Siendo un hombre tan pecador, que a veces hace cosas que decís ‘no puede decir que predica a Cristo’, Dios te usa igual”, destaca. 

Cuando fue a comprar su primera Biblia, encontró en una caja “un libro chiquito y decía si Dios usó a David que fue un asesino, si Dios usó a Noé que fue borracho, porque no te va a usar a vos. Lo primero que le dije a la mujer que me atendió, quiero la Biblia y el librito”. 

Reflexiona que “Dios usa a quien lo busca. Muchos creen que se va a ir al cielo por las buenas obras, solamente la gracia de Jesús puede abrir ese camino. El que no cree o duda seguramente piensa ‘este está re loco’. Alguno dirá que no puedo hablar, pero tengo la necesidad de hacerlo”.