Opinión

Editorial

¿Quién fue?

21|02|21 12:44 hs.



El peronismo es una metáfora de las contradicciones político- ideológicas que nuestro país tiene desde el comienzo mismo de su historia independiente. Sus vaivenes de ideas como movimiento, y esta ya es una definición compleja, le permitieron y permiten, desplegar un pragmatismo sin culpas, casi vacío de la memoria de sus propias acciones. 

Dirigentes tan diversos y a la vez enfrentados, no en pocas ocasiones del modo más violento, tensando y rompiendo los límites republicanos, forman parte de su iconografía. Perón, vértice camaleónico de ese Olimpo criollo, su segunda esposa Eva, John W.Cooke, Vandor, el sacerdote Mujica, los Kirchner, los patriarcas semi feudales de San Luis y Formosa, por mencionar algunos que continúan, y obviando los que pasaron, los sindicatos burocratizados y los más combativos, los grupos armados de los años 70 (Montoneros, por ejemplo), los movimientos sociales, ciertos grupos de intelectuales y la lista de sus personajes sigue al infinitum. 

Esa cantera variopinta le ha permitido desplegar un método de legitimación de su desenvolvimiento, anclado en una historia usada como justificación de su hacer, por momentos a la carta: según el apetito de sus distintos presentes, se elige un menú histórico- político para saciarlo. Esto, claro está, no le quita la sustancia y el ímpetu transformador, con sus aciertos y errores, de que ha hecho gala. Por esa razón es innegable, su sólida, en realizaciones y modos de praxis política, imbricación en la vida Argentina desde mediados del Siglo XX hasta la fecha. 

Una historia que no surge de la nada. La política de facción, en la que se sigue a personas no a un corpus de ideas, ya existía en el Siglo XIX (Tulio Halperin Donghi, 1926-2014, lo explica en el clásico “Una Nación para el desierto argentino” escrito en 1982) y el clientelismo, que fue una práctica común de conservadores y radicales, así como la intensidad de la discusión política en el periodismo, son habitués legendarios de la arena ideológica local. 

En estos puntos, el peronismo no inventó nada. En el Siglo XIX los diarios eran un arma de lucha facciosa y un repaso de sus hojas sorprendería a más de un desinformado comentarista político contemporáneo. En buen romance, la polémica en Argentina, es más civilizada que en el pasado y que en algunas otras sociedades actuales (solo recordemos los recientes episodios ocurridos en el Capitolio estadounidense).Como anécdota ilustrativa, es conocida la sorpresa de Sarmiento al visitar la Asamblea Francesa en sus viajes por Europa, al ser testigo de la violencia de las discusiones que allí ocurrían y desear, en cambio, la tranquilidad, un tanto anodina, de la vida pública norteamericana de aquel tiempo. Justamente él, un vehemente polemista y apasionado hacedor. Y si miramos el caudillismo, por nombrar algo más, esa pulsión por seguir personalidades y no ideas, nombres y no programas, su presencia protagónica, no deja a ningún sector político vernáculo a salvo. 

Una digresión, la anterior, que ejemplifica la complejidad explicativa del peronismo dentro de una historia común, pero que no niega algunos trazos de una singularidad que tiene en exclusiva: su representatividad de los sectores populares del país. Dentro de esa historia que abreviamos y simplificamos, surge Carlos Menem. El fallecido ex presidente (1989-1999), encarnó como nadie y de manera excéntrica, las contradicciones de la Argentina y el peronismo. 

Caudillo populista en sus maneras y estética, conservador neoliberal en su política económica; personalista y frívolo en su desenvolvimiento público, borrador serial de los límites de lo privado (los suyos); enérgico en la desactivación de la asonada militar de 1990, firmante de los indultos a los responsables ya juzgados por violaciones a los derechos humanos; estricto para mantener la convertibilidad, dispendioso con el gasto público, el incremento del crédito, la deuda externa y la corrupción estructural; férreo hacedor de una política de “relaciones carnales” con los Estados Unidos, para luego elegir un giro hacia Brasil y la región tras la crisis del tequila de 1995; democrático e institucional en algunos de sus discursos, fracasado forzador de una re reelección en los prolegómenos de reforma constitucional de 1994. 

Mediático y fascinado por el mundo del espectáculo y dado al equívoco y a la informalidad; signado por la tragedia personal y la nacional, al ser el país víctima de dos atentados terroristas durante su gobierno; apasionado por el poder y deslumbrado por sus posibilidades. Investigado hasta el hartazgo y finalmente encarcelado; vilipendiado, elogiado, objeto de burlas y destinatario de chistes por doquier. Carlos Menem signó y le dio un nombre a toda una década, ¿qué duda cabe? 

Entremezclado en la compleja trama nacional y la de su propio partido, cada cual concluirá quién fue. Podrán calificarlo con disímiles y opuestos adjetivos, pero nadie podrá decir de él que fue un inocente. 


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