Femicidio en Rojas: la autopsia reveló que Ursula fue asesinada de al menos 15 puñaladas

Opinión

Editorial

Radical

14|02|21 13:22 hs.


Editorial de Diego M. Jiménez del 14 de febrero 2021


“Chicas muertas” (2014) de Selva Almada, “Mona” (2019) de Pola Oloixarac, “Las cosas que perdimos en el fuego “(2017) de Mariana Henríquez y “El desierto y su semilla” (1998) de Jorge Baron Biza, son libros atravesados de diferente modo por la violencia de género. 

El primero es una escalofriante novela – crónica de hechos reales, sobre tres femicidios impunes ocurridos en localidades del interior del país. La segunda es una historia acerca de una escritora que está en Europa asistiendo a un evento de premiación a novelistas. Pero, entre los sucesos que protagoniza, caracterizados por la frivolidad y vanidad propias del mundo literario, se entremezclan heridas de un amor intenso y agobiante. Heridas físicas. Mariana Henríquez, en el cuento que da nombre a la selección de narraciones que mencionamos, relata las vicisitudes de una mujer que vaga por la ciudad en transporte público, trágicamente y sin destino aparente, con la memoria a cuestas y las llagas marcadas a fuego, producto de las quemazones que un hombre le propinó. En el último texto mencionado al inicio, aterrador y siniestro, un hijo relata los tratamientos posteriores a los que fue sometida su madre para intentar reconstituir su cara, luego de que su marido le arrojara ácido. La historia es verídica y la protagonizó el padre del autor, Raúl Baron Biza, excéntrico millonario, literato y finalmente, femicida, con su madre, Rosa Sabattini, hija del conocido político y gobernador cordobés Amadeo Sabattini, pedagoga destacada y política activa hasta su fatal desenlace. 

En el año 2020, se realizaron más de 900 sumarios por violencia de género a personal de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. En lo que va del actual, ocurre un femicidio cada 24 horas. Según las Naciones Unidas, en el mundo, menos del 40% de las mujeres que son víctimas de violencia, realiza la denuncia y, dentro de ellas, solo un 10%, recurre a las fuerzas de seguridad para hacerlo. La violencia física, psicológica, económica y laboral que soportan (si sobreviven) y mata a las mujeres, tiene al factor cultural, fundamentalmente machista, como hilo conductor y basamento explicativo. La cultura predominante propicia las desigualdades que sufren aquellas que son miradas, evaluadas, empleadas, tratadas, comprendidas y ubicadas, en un escalón inferior, a los hombres. 

En el año 2020, se realizaron más de 900 sumarios por violencia de género a personal de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. En lo que va del actual, ocurre un femicidio cada 24 horas


La Argentina, profundamente desigual entre regiones y provincias, con culturas similares a las feudales en algunos de sus distritos, potencia, por su carencia de desarrollo, los rasgos predominantes de una cultura, que en sus expresiones más extremas culmina en el crimen. Es cierto que hay leyes y un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad con políticas activas y programas consistentes de prevención, educación e intervención directa. También ONGs, Observatorios y mesas intersectoriales. Pero la condición sine qua non de cualquier proceso de cambio cultural es el progreso y el desarrollo sustentable, que cree oportunidades, que equilibre inequidades y que combata las asimetrías severas de una sociedad ahogada en sus múltiples vulnerabilidades. Que acompañe las leyes, que las transforme en realizables, que rompa sometimientos que en muchos casos el feudalismo político - social vernáculo impone a fuerza de paternalismo, atraso económico, violencia institucional y machismo. 

“…La expansión de la libertad es tanto el fin primordial del desarrollo como su medio principal. El desarrollo consiste en la eliminación de algunos tipos de falta de libertad que dejan a los individuos pocas opciones y escasas oportunidades para ejercer su agencia razonada. La eliminación de la falta de libertades fundamentales, es parte constitutiva del desarrollo…” escribe Amartya Sen en su extraordinario volumen “Desarrollo y libertad”, en donde trata, entre otros temas, la ausencia de posibilidades de elección que padecen las mujeres en sociedades cultural y económicamente atrasadas, con su correlato en postergación y violencia social e intrafamiliar. 

La literatura, como forma de arte, refleja sin filtros los padecimientos históricos y tristemente cotidianos de las mujeres, resultado de un modo de ser social establecido, combatido a diestra y siniestra por las nuevas generaciones y su impulso transformador, que se materializa en forma constante, en leyes, programas y acciones públicas, visible, a causa de un audaz y creativo compromiso femenino. 

La realidad, sin anestesia, se encarga de manifestar enfáticamente la oscuridad de sus peores facetas. Para eliminar sus peores aspectos y sostener este imprescindible cambio de paradigma, es necesario un vigoroso, sostenido, inclusivo y equitativo desarrollo económico y social. Que contribuirá, sin dudas, para que la cantidad de crímenes contra las mujeres deje de tener la regularidad fatídica de lo que tarda una jornada en dejarle su lugar a otra. 


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