Opinión

EDITORIAL

Puntapié

24|01|21 09:37 hs.

El deseo incumplido de Guillermo Jaim Etcheverry de ver calles llenas de gente exigiendo educación de calidad, explicitado en, su lamentablemente actual libro, “La Tragedia Educativa” (FCE, 1999) y vuelto a mencionar en “Educación, la tragedia continúa” (Sudamericana, 2020), dos décadas después, parece asomar a medias. El creciente reclamo de presencialidad en las escuelas para el ciclo 2021 que se descubre en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas, es importante, pero es solo la superficie de un drama de una magnitud nunca antes vista en la historia educativa de nuestro país. 


La Argentina que se preció de poseer un sistema público de calidad fundado a fines del siglo XIX, y cuyos ecos positivos se sintieron durante gran parte del veinte, sostenido en la idea sencilla y a la vez poderosa, de que la educación es el igualador por antonomasia, se viene desplomando a pasos agigantados. Y no es responsabilidad solamente de la actual administración, sino de todas las de las últimas décadas, sin distinciones ideológicas. 

La pregunta elemental y clave es: ¿por qué los sectores medios fueron abandonando progresivamente la educación pública? ¿Por qué progenitores formados en sus aulas y orgullosos de ellas, no las prefieren para sus hijos e hijas? “…En el fondo, todos sabemos que algo no anda bien si la gente paga por la escuela privada teniendo escuela pública gratuita cerca de su casa…”, escribe Mariano Narodowski en “El colapso de la educación” (Paidós, 2018). El problema es de una enorme relevancia y no se resuelve solo con leyes y presupuestos holgados (que tampoco existen). Lo que está ausente es una visión de conjunto. 

Lo necesario e imperioso es un plan de desarrollo global que involucre primero y primordialmente a la educación, al desarrollo social, a la salud pública y a la cultura, sostenidos por una vigorosa política económica que impulse un crecimiento sostenido. Lo segundo al servicio de lo primero, no a la inversa. Lo cierto es que la clase dirigente no lo tiene, superada por las urgencias de la realidad, la mediocridad que evidencia el debate político que despliega y la superficialidad de lo denominado políticamente correcto. Frases, marketing por redes, trend topics, puestas en escenas. Ideas, pocas y desarticuladas. 

El ciclo lectivo del año pasado dejó a la vista la enorme desigualdad y asimetrías en el acceso a la educación, sin descuidar ni uno solo de los temas vinculados a él: infraestructura, disponibilidad de contenidos, conectividad (dispositivos y acceso a Internet), regularidad en las clases, comunicación familia-escuela, apoyo de los equipos de orientación escolar a los/as estudiantes con problemas de aprendizajes o que requerían alguna asistencia especial. La lista sigue. 

 “… (Transitamos) Un serio problema en términos de equidad y cohesión social con impacto en los procesos de segregación socio - económica y la creciente guetificación de las escuelas…”, escribía Narodowski hace tres años. En otras palabras, existe, se consolida y no hay signos de reversión, de un fenómeno de segregación en las escuelas: las hay para ricos, para los sectores medios y para los más pobres y vulnerables. La escuela como aglutinador e integrador social, es cosa del pasado. Con una pobreza que sumada a la indigencia, llega a alrededor del 50%, a la par de una migración persistente de gran parte de los sectores medios y altos para las escuelas de gestión privada, las conclusiones son obvias. La realidad es elocuente y utilizar el argumento de la estigmatización para evitar describir la dimensión de una tragedia es el escape más fácil de una dirigencia sin ideas. Los sectores más pobres reciben peor educación ergo sus posibilidades de prosperar e incrementar sus márgenes de libertad para forjarse un futuro en función de sus deseos se esfuman. 

Por otro lado, no es imprescindible ninguna ley para determinar que la educación es un servicio prioritario. Es una obviedad. Lo que es necesaria, de forma urgente, es una decisión política contundente acompañada por hechos, dado que las escuelas, sobre todo las públicas, requieren que se las dote y se les garanticen todos los insumos para la implementación de protocolos de higiene para vehiculizar la presencialidad o semi presencialidad, tal como lo determine cada escuela. Ese monstruo monolítico y centralizado que es el sistema educativo provincial debe avanzar rápidamente a un esquema más descentralizado. 

La Plata no puede resolver la realidad de una escuela rural en Trenque Lauquen, de una primaria en Tres Arroyos o de una secundaria en Pergamino. Sencillamente no la conocen en la medida necesaria para tomar decisiones de esa índole o de otras, vinculadas a su día a día. Nada mejor para eso que la experiencia de sus propios equipos directivos. Es la oportunidad de desactivar en los hechos a la burocracia provincial y de darle poder a cada escuela. Federalizar al interior de la provincia. 

Por otro lado, existiendo más de un 50 por ciento de la matrícula estudiantil con problemas o ausencia de conectividad, se hace más que relevante dotar a la mayoría de las instituciones escolares de tablets, computadoras y recursos para superar esa circunstancia. No es fácil y el sector privado debería colaborar en ello. Sector que en el mundo desarrollado participa activamente en el mundo educativo. 

Es necesario ser claro: los sindicatos docentes son un actor más, pero vinculados específicamente a cuestiones salariales y laborales. No fijan política educativa, no determinan contenidos educativos, no establecen un calendario para el ciclo lectivo. Pueden opinar sobre ello, pero no son los protagonistas únicos ni los más relevantes. Hay políticos y políticas, especialistas, familias, educadores, comunicadores y cientistas sociales que tiene mucho que decir. La presión social sobre la presencialidad es importante y significativa. De hecho, las clases tienen que comenzar sin dilaciones. Pero debería, esta circunstancia, ser el puntapié inicial para poner en la tapa de los portales de los diarios, por tiempo indeterminado, el crucial y determinante tema educativo, obligando de este modo a la dirigencia a hablar de ello. Para conocer que piensan y que saben; para determinar cuál es el origen de los datos que esgrimen las pocas veces que los traen sobre la mesa; para precisar qué labor pública orientada a la educación realizaron durante el ejercicio de su función pública. En conclusión, para saber si les importa o no el futuro educativo del país, más allá del remanido presencialidad sí, presencialidad no. 

Del mismo modo, es preciso interrogarnos a nosotros mismos como sociedad si realmente nos importa de verdad o espasmódicamente. Si la dirigencia refleja nuestros intereses y preocupaciones ¿no seremos también parte del problema y, por suerte, de la solución?. El puntapié del primer partido del campeonato más relevante parece haberse dado. Se juega todos los años y la Argentina supo estar entre los más destacados. Es por esa razón que no se trata de ganar, sino de estar a la altura. Para no descender y seguir cayendo en el pozo infinito de la incultura. Los frutos de esta competencia, que es cooperativa y transformadora, se miden también en números, dado que las naciones educadas muestran mayor productividad, innovación y desarrollo integral. Pero también, son más democráticas, más cohesionadas socialmente, más plurales y menos desiguales. La magnitud de la tragedia debería ser una motivación suficiente para ponernos en marcha.  


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