El Diego que conocí. Volvió a Boca un 7 de octubre de 1995

Opinión

Desde la redacción

Diego fue mi primera nota

26|11|20 09:24 hs.

Por Enrique Mendiberri 
(LA VOZ DEL PUEBLO) 

Los primeros pesos que me gané con el periodismo fueron de la mano de Diego. Corría el año 1995 y todavía no había concluido mis estudios universitarios de periodismo en la ciudad de Buenos Aires, cuando un amigo mayor, periodista ya en actividad, con el que solíamos jugar al básquet los fines de semana en unas canchas del barrio de Congreso, se enteró que yo estaba estudiando y decidió darme una oportunidad. 

“¿Así que vos estudias periodismo?”, me dijo al terminar un partido, cuando todavía estábamos sobre el parquet. “¿Querés trabajar?”, fue la siguiente pregunta.

Yo, que honestamente todavía no había realizado ningún trabajo profesional y tenía todos los miedos de la inexperiencia, dejé mis fantasmas de lado y acepté sin saber ni siquiera lo que me iba a ofrecer.

El trabajo consistía en hacer notas de periodismo deportivo en el torneo de AFA. Luego de reconocerle que no estaba a la altura por falta de experiencia y conocimiento, entre otros, mi amigo, Juan Ignacio Amelio, hoy dueño de una agencia de fotoperiodismo deportivo llamada Fotobaires, me transmitió la seguridad que necesitaba para encarar la empresa.

En aquellos años, yo tenía una moto con la que, en forma paralela a mis estudios, hacía servicios de mensajería en Capital Federal para ayudarme con los gastos y, además, un amigo que estudiaba cine y tenía una cámara. Juntos formábamos un equipo ideal para realizar notas tipo “freelance” para la agencia independiente para televisión que tenía Juan Ignacio. 

La paga era de 50 pesos por nota más la nafta. Un sueño empezaba a hacerse realidad. Iba a cobrar por trabajar de lo que estaba estudiando. Pero eso no fue nada, comparado con lo que escuché cuando atendí aquella llamada telefónica de mi amigo por la noche: la nota a cubrir era el primer entrenamiento de Maradona y Caniggia en Boca.

Siempre fui súper bostero y todavía recuerdo emocionado cómo recibí la noticia de que el Diego y Cani iban a jugar juntos con la azul y amarilla. Sin embargo, esa noche se me aflojaron las piernas. 

Mi primera nota iba a ser con todo el país de testigo, yo sin saber qué preguntar y una frase de mi ahora “amigo empleador” que me terminó de paralizar: “no podés fallar”. 

El video era para una cadena latina que transmitía en USA, Telemundo, y justo cuando Diego había tenido problemas en obtener su VISA de Estados Unidos, a raíz de sus problemas con el doping. 

El 10 odiaba todo lo que tenga que ver con el país del norte y había grandes chances de que, si descubría la identidad del canal en el cubo del micrófono que me tocaba llevar, la termine pasando mal. De todas maneras, eso era una pavada comparado con la presión que significaba semejante debut en el periodismo.

La tragedia 
Esa mañana de septiembre estaba nublado. Lo pase a buscar a Facundo (el camarógrafo) en mi Susuki DR 350. Un caño que nos permitió cruzar la General Paz como si no hubiera nadie a pesar del tráfico, y que después también nos iba a permitir llegar rápido nuevamente al microcentro para entregarle la nota a Juani para que la edite y envíe en un tape por Federal Express (internet era una novedad que aún no se usaba como hoy) a México.

Entramos al Hindú Club de Don Torcuato y al primero que me crucé fue al Chiche Soñora que dejaba la cancha con los botines en la mano. 

Cuando terminó el entrenamiento empezó la acción. Primero nos fuimos todos con Diego, que todavía no se había teñido la franja amarilla en la cabeza, y, aplastado entre colegas, no me dio para preguntar nada. 

Puse el micrófono y trate de “robarle” las preguntas a los que saben. Los mexicanos querían testimonios e imágenes de Maradona entrenando y hablando con la prensa. No pedían nada “exclusivo” de su cronista en Argentina. 

Después fue el turno del Cani, con quien me sentí más seguro y le pregunté alguna pavada sin importancia, pero que sirvió para salir en los canales nacionales de televisión abierta y, en los días siguientes, mis compañeros en la agencia de mensajería me trataran como a una estrella de TV o algo parecido. 

Sin embargo, la tragedia la viví esa misma mañana. Cuando todo el aire que me dio haber pasado la prueba, se me terminó en el estudio donde editábamos las imágenes, al descubrir que, durante la nota a Maradona, alguien me había desenchufado el cable miniplug del micrófono que iba a la cámara (éramos humildes y precarios en equipos, por supuesto) y, a raíz de eso, sólo teníamos imágenes sin audio. 

“Tu primer día de trabajo puede ser el último”, me dijo mi ahora no tan amigo, al ver que él también podría perder su contacto con el canal latino si fallaba en la nota del regreso de Diego a Boca. 

La grandeza 
Sólo quedaba una posibilidad de zafar. Consistía en que, al día siguiente, antes de las 10 de la mañana, nosotros le llevemos una nota con Maradona al estudio, con tiempo para poder enviarla a las 11 por el correo a México. 

Para eso, había que encarar a Maradona antes del entrenamiento y convencerlo de hablar, jugándonos, entre otras cosas, a que no vea para quién era y apostando a que nos dé bola.

Súper nervioso y ahora preocupado por debutar perdiendo el empleo, me sorprendí al llegar otra vez a Don Torcuato, entrar sin problemas, y encontrarme que, tan temprano (eran las 8.30), no había nadie en el predio. Diego había salido a recorrer el campo. Estaba con un buzo gris y, así como me crucé a Soñora el día anterior, me lo encontré a él. 

Fuera de mí, lo primero que le dije fue totalmente antiprofesional, casi una confesión: “Hola Diego, disculpa la molestia, ayer me cortaron el audio cuando estábamos todos en la primera nota y la perdí. Nos echan del laburo si no me respondes un par de preguntas. ¿Podrás?”. Increíblemente, alzó su brazo, me lo puso en el hombro, y suavecito dijo “todo bien, vamos al house más tranquilos”.

Caminamos juntos hasta el lugar, mientras yo me iba relajando y pellizcándome al mismo tiempo. Diego me hizo el aguante. Estábamos él, otro periodista de una radio desconocida y nosotros. Yo, paralizado, ignorante y temeroso, le pregunté por el gol con la mano a los ingleses 11 años después y alguna pavada sobre su nueva etapa en Boca, desperdiciando completamente la chance de una exclusiva con el mejor jugador de la historia. Sinceramente, no recuerdo qué me contestó. El pánico me borró todo en segundos. 

La nota la ví en la isla de edición antes de enviarla a México y, de los nervios, ni siquiera me saqué una foto, a pesar de que Facundo si tomó la precaución de hacerlo. Sabía que íbamos a cubrir a Boca varias veces más en ese año, pero nunca más lo volví a tener tan cerca, tan gamba ante la adversidad de un principiante inexperto, tan Diego como todos los que no lo conocíamos, imaginamos siempre que era.