Claro, Reta y Orense

Guillermo Oscar Garnica

“Si volviera a nacer haría lo mismo”

09|11|20 23:03 hs.

Guillermo Oscar Garnica -el Garrafa- es heredero de una tradición familiar, la carnicería, pero también como todo claromequense por adopción lo siente propio. 


Lo fuimos a ver al local de calle 17 entre 26 y 28 y allí al frente del mostrador contaba cómo llegó. “Yo vine a la casa de la Flaca Mulder. El primer negocio fue en la calle 13 casi 26 que era de su padre Enrique”. 

El recuerdo de su historia lo resume pues su padre llegó desde Bellocq a poner carnicería acá y “después nosotros; mamá, mi hermano Juan Carlos y yo. Vinimos en 1970, en un carro tirado por una yegua, traíamos los muebles, todo… Imaginate que con el trabajo de una temporada ya teníamos arreglado los números para comprarle al padre de Carolina el local de calle 13 pero mi madre se quiso separar y de comprar eso pasamos a ver la bandera de remate. Se llevaban todo… te juro que yo me quería morir, tenía 12 años y ellos eran mis compañeros de colegio. 

Pertenencia 
 Cuando Guillermo habla se le nota que de este lugar no lo saca nadie porque “ese Claromecó me encantó. Hoy le digo a mis hijos, a mis nietos, que si yo volviera a nacer volvería a hacer lo mismo que hice en esos tiempos. Nosotros íbamos a la playa cuando cerrábamos la carnicería a jugar el picado o a La Pileta del arroyo a jugar a la mancha. Pasaba por casa el hermano de ella -el Lobo- y le decía a mi viejo ‘Garnica está la Garrafa…, bueno vamos’ y así salíamos. Ibamos caminando y volvíamos caminando, no había auto. Lo volvería a hacer…”. 

Marcas de la vida 
 La realidad a Guillermo muchas veces le pegó duro pero lo que pasó con el fútbol del Recreativo lo afectó. “Tuve la oportunidad de trabajar estos años con los chicos de divisiones inferiores del Club; está bien hay otras cosas todo va cambiando, en nuestra época no había celulares ni computadora. Esto cambia y no cambia para bien, en ese aspecto no, no, chicos jóvenes. Yo podía haber seguido pero dije hasta acá, sabés que tenés a tus nietos, a tus hijos, te vas encariñando. Llegó un momento en que no pude, ayer les contaba a dos personas que un día me encontré con uno con los ojos exorbitados, pero mal. Le digo… ‘Negro vení, perdóname yo me meto porque sos como un hijo para mí’, cuando me contestó que me pasaba le agregué ‘no podés estar así. Perdoname porque por ahí me meto en un terreno que no es mío, yo te quiero tanto y los aprecio tanto que no te puedo ver así’; él me contestó ‘sí yo lo voy a dejar’… ¿Sabés cómo está?, sigue igual o peor. Nosotros eso no lo vivimos, hacíamos otras macanas, romper un vidrio, un foco, jamás fumé. Por eso te digo que volvería a hacer y vivir lo mismo… sabés lo que trabajábamos, vendíamos diez medias res por día. Después íbamos a jugar al fútbol, a nadar porque el Lobo nos enseñó; imagínate que un día nos dice ‘vamos a alcanzar al Delfín’ que venía llegando. Estábamos él, Mario Lamberti, mi primo Raúl Tierno y yo, el agua estaba helada porque era noviembre, íbamos palo y palo y cuando estábamos por llegar el Viejo Mulder dió vuelta y salió para atrás... sabés cómo hacíamos señas, Marito se acuerda... ‘estaba azul’. Cuando subió a la lancha temblaba más que una hoja. Esas cosas se las cuento a mis nietos y me dicen viejo ch… pero ellos viven con el celular en mano. Nosotros en invierno esperábamos la hora de ir a entrenar al Vivero, corriendo y allá nos esperaba Mario Reynoso que nos mataba. Todas esas cosas para mí fueron hermosas, ir a La Terraza a cenar, después a Yueve a bailar… momentos que si volviera a nacer los repetiría”.