Claro, Reta y Orense

Juan Abad

“Es nuestro lugar, moriremos acá”

09|11|20 22:14 hs.

En todo pueblo, más aún si es lugar de playa, una de las cosas primordiales son los médicos. La salud siempre fue en Claromecó una de las grandes preocupaciones ya que en los primeros tiempos médico estable no había. 


Juan Abad fue durante años quien desempeñó esa tarea de ser único médico en la Sala de Primeros Auxilios, más tarde Unidad Sanitaria hasta la aparición de otros profesionales y luego el Hospitalito. 

Hoy, ya retirado de la atención en estos centros de salud y más relajado, se dedica a la atención en su consultorio “donde me miman bastante” cuenta. 

A Claromecó “llegué en febrero del 75’ con mi mujer Norma, vengo de pasada para San Cayetano -de donde es oriundo-. Yo estaba trabajando en el sur, la zona de Pedro Luro y Juana Pradere. Mi cuñado estaba acá y me hace el comentario que la doctora que estaba -Nora Zalazar- viendo si se iba o no a Buenos Aires, que era probable que se fuera y si me interesaba pues de esa manera estaba más cerca de la familia. Cuando lo charlamos con Norma nos pareció bueno porque también estaba la oferta de Cascallares porque se había jubilado el doctor de ahí, eran las dos opciones”.

Del sur a la playa 
Abad estaba como médico residente de la Unidad Sanitaria de Juana Pradere, y dependía del Ministerio de Bienestar Social de la provincia de Buenos Aires. Esto correspondía a la Zona I de Bahía Blanca y “cuando consulto por el traslado me lo daban pero la salita de Claromecó que también dependía del mismo. Pero hasta que no se fuese la doctora Zalazar ellos consideraban que no era para dos profesionales. Lo que me ofrecen es venir mientras tanto a Tres Arroyos, al Centro Materno Infantil, donde había un montón de buenos doctores, entonces yo en mayo del 75 me vengo a vivir a Claromecó -complicadísimo con dos chicos-. Viajaba tres veces por semana y hacía guardias de 12 horas, para cumplir con el horario de trabajo que eran 36 horas semanales. La doctora estuvo un tiempo más, tuvimos muy buen contacto con ella y cuando decide irse sí me trasladan a la Sala de Primeros Auxilios, después se transformó en Unidad Sanitaria y con el tiempo una dependencia en vez de la provincia, municipal”. 

Comienzo difícil 
Juan habla de que la población claromequense tenía muy buenas referencias de los médicos anteriores, “habían estado Barbero, Yukelson y la propia Zalazar. Ella me fue guiando y afronté todo esto solo. Fue difícil muy difícil. Estaba todo el año totalmente solo salvo a veces que en el verano me mandaban algún residente o algún médico del Ministerio para que me colaboraran”. 

El problema que tenía con los residentes eran que muchas cosas no se atrevían a hacerlo “entonces me costaban más trabajo que descanso” cuenta riéndose. Con el tiempo “sí vinieron otra clase de profesionales que sí lo hicieron. Después de unos cuantos años pasaron tantos que no quiero nombrar porque seguro me olvido de alguno con quienes nos reemplazábamos. Con las dificultades propias del lugar, en ese momento Claromecó andaba en las 600 a 700 personas estables y después te venía la gente del verano y más de uno me la comí solo con seis a siete mil personas era muy complicado. Pero tuve suerte con la gente que me ayudó, las dos enfermeras que estaban en la Salita, -Beatriz y Alicia Abad- y después Analía Petersen que hoy está en el Hospitalito. Fueron grandes compañeras en todo sentido, a salir como sea, a la hora que sea… no sé si protestaron alguna vez pero si lo hicieron nunca me enteré. Mujeres geniales, claro era complicado porque éramos pocos. Entonces una enfermera que iba, la otra estaba de franco y más de una vez había que sacarla del franco para que fuera a la Unidad Sanitaria porque la otra se había ido con la ambulancia…”. 

Precariedad sanitaria 
 La ambulancia era otro drama porque estaba en la cochera del galpón de la delegación Municipal de calles 28 y 11. Claro había que ir a sacarla y quién la manejaba, “era un empleado municipal a disposición… el que encontraras más cerca. Eso trasladalo al mes de junio a las 3 de la mañana”. 

Cuenta que la responsabilidad era grandísima, “a mi lo que más me faltó fue otro médico como para compartir o discutir alguna cosa, siempre cuatro ojos ven más que dos y seis más que cuatro. Un tiempo estuvo César Bertoldo, también José Luis Rodríguez, eso ayuda. Menos mal que teníamos la ruta, en la ambulancia se tardaba cuarenta minutos como ahora, si llegaba, porque muchas veces quedamos tirados al costado del camino. No había celulares, internet, hemos tenido partos en la ruta, accidentados mal, a veces con buenas ambulancias otras precarias -recuerda entre risas-, cero tecnología, era garra y corazón pero bueno piloteamos eso… 

Nora, su gran compañera 
 Ahora está en otra etapa, jubilado desde 2002 en la parte oficial, “y han rotado por la Unidad Sanitaria y ahora el pequeño hospital no los conté a todos pero más de veinte médicos. Estos chicos que están ahora, la doctora Fujimori y el doctor Olivera, son los que más han aguantado pero después han ido rotando mucho porque no es fácil adaptarse. Nosotros acá tuvimos suerte porque a los dos hijos que traíamos se sumaron otros dos y un sobrino, con Norma -hoy la mejor secretaria- la piloteamos como pudimos…”. 

Sus hijos y el sobrino hicieron el jardín de infantes, la primaria y la secundaria en Claromecó, “todos tuvieron carreras terciarias o sea que la educación que recibieron acá quizás no fue la mejor pero algo sirvió. Que puedo decir de Claromecó… nada, ya nos quedamos, es nuestro lugar, moriremos acá, porque hemos andado por muchos lados pero vivir no, vivir acá después veo dónde pasear. Ese es el resumen que te puedo hacer, parece muy rápido ocurrieron muchísimas cosas, muy agradables algunas, muy desagradables otras por lógica. Pero bueno… bien”.  

Unidos y solidarios 
 Destaca que de aquel y este “antes creo que había más solidaridad, la gente era más unida, más simple me parece. Hoy estamos más dispersos, somos más, ese es el tema, somos muchos creo que este invierno ha habido más de seis mil personas por esto de la pandemia. Creo que había más contacto, parecía más fácil y gente muy predispuesta para todo, no es que no lo hagan ahora pero hay otras cosas para hacer o será que yo no estoy tan involucrado pero sigo trabajando porque me hace bien. La gente tiene otras opciones y eso me da tranquilidad, antes estaba prisionero de esto porque era hasta peligroso que me fuera a juntar hongos al Vivero, te caía una urgencia”. 

Cuenta como gran anécdota la forma en que se manejaba con los telefonistas que había de turno, “les avisaba cuando salía de casa o me iba a cenar a otro lado y me llamaban ahí. Cuando volvía avisaba de vuelta que estaba en casa era así y podría contarte mil cosas más”.      


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El Hospitalito y su nombre
En su mochila y memoria hay montones de recuerdos y vivencias con personajes del lugar, “Claromecó es un poco especial. Somos difíciles siempre digo, ni buenos ni malos… difíciles, complicados pero bueno es una cuestión de irse acostumbrando. Ahora los chicos se comen todo el barullo groso de lo médico que desgasta mucho. Y aparte chocho con estos cien años, no se puede creer, yo hace 45 que estoy acá mi hijos no están ninguno acá pero mi sobrino sí pero añoran Claromecó. Hay uno que está en España y si a él el avión lo tirara acá en vez de la paranoia de Ezeiza feliz estaría, también el que está en Viedma o los de La Plata… añoran su pueblo porque la niñez fue buenísima”. 

 Una de las cosas que dejamos para el final fue preguntarle qué le había ocurrido cuando supo que al Hospitalito le iban a poner su nombre. 

La historia viene porque la madre de uno de sus pacientes, un joven discapacitado que se muere en su consultorio y sin decirle nada propone su nombre a través de la radio local, en ese momento hubo varias alternativas pero la del médico fue la más aceptada. Esto fue consultado a la Municipalidad y por lógica tratado por el Consejo Deliberante que lo resolvió rápidamente, “yo no sé si era el más apropiado o no. Pero sentía que todo mal no había hecho, no sé si todo bien tampoco pero si había hecho lo suficiente… a pesar de lo que sufrí algunas veces es un premio que te hace bien. Eso fue muy bueno para mí, para mi mujer, mis chicos, para la familia porque mucho me reprocharon… bien, que eran más importantes los pacientes que ellos, que yo los atendía más que a los chicos pero no era así yo no lo sentía pero tal vez algo de razón tenían” significando que por sobre todas las cosas es humano y terrenal.