La Ciudad

Escribe Valentina Pereyra

Audios de Guerra

08|11|20 09:54 hs.

Por Valentina Pereyra


Era un hombre de campo, pisaba los ochenta y seguía trabajando como a los veinte cuando su padre murió y se tuvo que hacer cargo de la chacra. Le gustaba madrugar, armarse el matecito, salir a respirar el fresco de las seis de la mañana. Sintió que la garganta le picaba y pensó en hacerse unas gárgaras de té con miel mientras escuchaba el audio del doctor Guerra.

“Buenas noches soy el secretario de Prevención y Salud, Gabriel Guerra, siendo las 21.40 les informo que no hemos tenido que remitir ninguna muestra, ni tampoco tenemos ningún caso”. 

El funcionario a cargo de la Secretaría de Prevención y Salud es de perfil bajo, pero su voz se viralizó a través de audios de WhatsApp que envía todas las noches desde febrero para informar a la población de Tres Arroyos sobre el avance del Covid-19. 

Su metro setenta y pico y la espalda ancha le vinieron al pelo para cargar con la responsabilidad que le tocó. Es un pediatra que le gusta jugar al rugby, y un rugbier que estudió para solucionar las enfermedades de niños y jóvenes. 

Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia, Gabriel se preocupó, pero todavía parecía un virus lejano. 

Estudió en el Instituto Don Bosco en Mar del Plata y cursó la carrera de Medicina en La Plata, pero esos conocimientos académicos no lo prepararon para la muerte, sino para atender la enfermedad y curarla. En el ejercicio de la profesión aceptó la fatalidad como parte de su trabajo, como un resultado posible a pesar de la buena voluntad y de la excelencia profesional. A tres meses de jurar en su cargo enfrentó la pandemia y, para ello, estudió los nuevos datos científicos, algunos conceptos desconocidos y trató de discernir aquellos que se presentaron contradictorios. 


Mientras el virus se comía el AMBA y la capital, Guerra analizó con sus pares de otros distritos las acciones que debían realizar para estar bien armados ante el virus


El guardapolvo blanco resume su vida profesional, la camiseta verde y amarilla asume su vida deportiva en el equipo de veteranos del Tres Arroyos Rugby & Hockey Club los “Caciques XV”. 

El rostro jovial, la sonrisa mesurada, la palabra sin vueltas ni ribetes, se tensó ante la mirada inquisidora de los que esperan de él, todo y más. 

Sus gestos amigables fueron buenas cartas de presentación para una sociedad que lo adoptó con todas las de la ley. Sin embargo, cuando las papas quemaron, hasta el más mentado quedó a punta de cañón. 

El hombre tenía su chacra a unos 15 kilómetros del centro por Ruta 228, pero no le gustaba salir. El invierno lo había maltratado, así se lo hizo saber su presión, que no bajaba. Se sintió cansado, vacunó en la manga y se acostó a la sombra de la única acacia en pie, volvió para su casa derecho a preparar el mate cocido, prender la Istilart y esperar a que su hermana le pase las novedades de Guerra.

“Buenas noches soy el secretario de Prevención y Salud, Gabriel Guerra, les informo hoy, 5 de junio siendo las 21.50, que tampoco tenemos nuevos pacientes para estudio". 

La población expectante recibió noche tras noche, tres, cinco y hasta ocho minutos de información detallada de la situación epidemiológica del distrito. 

El interés entre los “whatsapp escuchas” se multiplicó y el audio esperado circuló por todos los grupos, redes sociales, páginas webs, prensa oral y escrita. El funcionario se esforzó por comunicar la realidad, por advertir sobre la importancia de prevenir y por concientizar. 

De un lado, los profesionales de la salud en sus trincheras. Del otro, la población que lo miraba por TV. En el medio Gabriel, que doscientos veintiún audios después transitaba la pandemia no sólo como un fenómeno infeccioso y de enfermedad, sino como uno que afectó a la salud desde lo sociológico, lo económico y político. 

Doctor y funcionario
Mientras el virus se comía el AMBA y la capital, Guerra analizó con sus pares de otros distritos las acciones que debían realizar para estar bien armados ante el virus, también habló con las autoridades de la Región Sanitaria I y con los funcionarios provinciales. 

Las primeras reuniones las mantuvo con la Asociación de Amigos del Hospital Pirovano, excelentes socios en la cruzada a enfrentar. Un hospital central y diecisiete salas de primeros auxilios en distintos barrios y en algunas localidades fueron fundamentales para organizar la logística. 

Casos 
El 10 de abril la noticia menos esperada se divulgó informalmente, cincuenta mil y pico de habitantes clickearon en sus celulares el audio de secretario de Prevención y Salud. Los memes picaron en punta: “Cállate o te contagio”, fue la frase que los creativos escribieron en letras blancas sobre fondo negro al pie de la foto del primer paciente que se enfermó de Covid en Tres Arroyos. 

-Estuvo en una cena con otros camioneros.
-Se lo pescó en Necochea. 
-Lo tenía y no dijo nada. 
-¿Sabes quién es? 
-Buscá en su Face.  

“Buenas noches. Soy Gabriel Guerra, secretario de Prevención y Salud, siendo las 21 quiero confirmar el primer paciente con Covid de nuestra ciudad. Se trata de un hombre oriundo de Orense que permanece internado en terapia intensiva del Hospital Pirovano, con estado "estable". 

Quito, el hombre de campo, escuchó el audio y se compadeció del paciente orensano. Le dio pena la caza de brujas que se organizó después del mensaje de Guerra. ¡Ojalá nunca tenga que pasar por eso!, pensó. Ese atardecer se recostó temprano y decidió esperar la información en la cama. 

Los especialistas en caricaturizar la realidad dieron la nota. Recortaron una foto del doctor Guerra y lo convirtieron en meme: “Ya no tenemos cero caso de coronavirus”, escrito con letras negras sobre fondo blanco. 

Gabriel transitó aquel momento sin dramatismo, lo consideró como parte de la experiencia que emprendió junto al director de la Sala Covid del Hospital. Con él organizó el primer bloqueo epidemiológico y, para ello, hicieron el trabajo de campo. Subieron con su auto a la ruta nacional 228, hasta la 72 y desde ahí a Orense, unos 69, 5 kilómetros. Una vez en la localidad golpearon las manos en cada casa sin timbre, avisaron a los vecinos y anunciaron su visita. No quedó nadie sin entrevistar. 

De vuelta a Tres Arroyos, el camino lo animó a reflexionar, tragó saliva, empujó por las tripas su angustia y el sufrimiento que le causó la condena social que culpabilizó al primer paciente con Covid, por estar enfermo y, al sistema sanitario local, por “permitir que alguien se enferme”. 

¿Cómo seguir? El hombre de los audios, el que debía brindar las respuestas, tuvo más preguntas que certezas. “¿Habrá alguien que no detectamos? ¿Cómo vamos a comportarnos?” La aceptación de la realidad no fue consuelo de tontos. El virus se expandía y la manzana quedó rodeada. Las preguntas telefónicas y las entrevistas personales se orientaron hacia cualquier novedad que los pacientes pudieran aportar y, así, a través de sus relatos, seguir los comportamientos de cada brote. 

Audio tras audio, Gabriel fue el pájaro de mal agüero y el portador de buenas noticias.

Quito, el hombre de campo, no disfrutó de la primavera. Hizo una recorrida más corta por los lotes porque no pudo mantener la espalda pegada al respaldo de la camioneta. La tos lo sacudió sin piedad. 

La soledad, el secreto
Gabriel fue testigo y confesor de cuestiones que afectaron la vida privada de los pacientes. Se convirtió en el relator, el informante, el notificador oficial. Las entrevistas con las personas que esperaban resultados de sus testeos fueron parte de su cotidianeidad. El contacto con los pacientes y con aquellos que consultaban fue muy cercano. 

Las mañanas amanecieron cada vez más temprano, las corridas del Hospital hacia la Municipalidad y, de ahí a la oficina para realizar las llamadas de rigor cambiaron todas sus rutinas conocidas. Su celular sonó sin parar, los mensajes cayeron a granel, remitentes conocidos y otros desconocidos que requirieron de su consejo. 

Aparecieron “los pacientes sospechosos”, “los pacientes en estudio”, los testeos, los síntomas estudiados, los aislados. Aparecieron los preocupados, los que necesitaron respuestas silenciosas. 

El hombre sintió el peso de sus años como nunca. Tenía el último audio en su celular, lo volvió a escuchar y anotó el número que Guerra ofrecía para que la gente se contacte por alguna duda. Marcó lentamente y la voz que lo acompañó todas las noches desde fines de marzo, lo escuchó. 

Guerra atendió los llamados relacionados con el circuito epidemiológico de los enfermos, en algunos casos, la gente planteó situaciones particulares inherentes a su privacidad que ayudaron para hacer los seguimientos correspondientes. 

Las consultas, preocupaciones, las familias afectadas por algo más que el virus calaron en el pediatra que dedicó su vida profesional a la atención del consultorio, a las charlas en las escuelas, al trabajo hospitalario y a la función pública. El rugby, los entrenamientos, los campeonatos, las cenas del tercer tiempo las cambió por estudios sobre nuevos descubrimientos, reuniones por Zoom con otros secretarios de Salud de la provincia, acuerdos con referentes de la Seguridad, de la Producción, por el armado de la Sala Covid, del comité de crisis, de los refugios extra-hospitalarios. 

Recicló la angustia en satisfacción personal y descubrió cuánta gente estaba sola a la espera de su llamado, de sus audios, así que fue el interlocutor necesario. 

El hombre escuchó a Guerra del otro lado de la línea, agendó su contacto y prometió volver a llamar si sentía algún síntoma sospechoso. Unos días después compró un jarabe en la farmacia del centro y se volvió sin pasar por el Hospital. 

El rebrote 
-Me fui a Claromecó, fui a la playa, que pase lo que tenga que pasar. Si me agarra ¡qué voy a hacerle! 

-Hola, llamo porque estuve el finde en la playa y tomamos birra con mis amigos, nos fuimos pasando la latita, me duele la garganta y tengo tos. 

-Estuve en el Parque Cabañas, tomamos mate, todos del mismo, me duele la espalda, no tengo gusto ni olfato, tengo miedo.  

“Buenas noches, soy el secretario de Prevención y Salud Gabriel Guerra. Les informo que confirmamos el segundo paciente con Covid-19 desde el inicio de la pandemia, teniendo en cuenta que en abril se produjo el contagio de un vecino de Orense que se recuperó en forma satisfactoria”. 

Segundos después empezó la caza de brujas, las preguntas sobre la identidad del o la paciente con Covid, las referencias a su actividad, a la posible fuente de contagio y, hasta la foto del frente de su comercio. 

La inflexión de la voz de Gabriel cambió, y los escuchas advirtieron que el discurso nocturno, monótono, sin giros o desviaciones mutó a un tono menos amigable, enojado, con bronca. Sin embargo, sabía que la gente no quería privarse más del contacto familiar, pero, a pesar de esta certeza, no pudo evitar sentirse defraudado y pensar: ¡Qué pasa con la comunicación, qué es lo que no se puede ver! 

Audio cien, ciento cincuenta, doscientos, y otros memes que surgieron con cada desviación de su tono de voz: “Me tienen las b… llenas”, fue la frase elegida para tatuar el guardapolvo blanco de Guerra con letras negras. 

El hombre tomó el jarabe, pero la tos empeoraba. No salió a trabajar con los animales ese día, y se quedó en cama. Escuchó atentamente el audio que le mandó su vecino y se lamentó. Quiso comer algo antes de irse a la cama, pero la cena estaba sosa, no le sintió gusto a nada, así que la dejó.

“Buenas noches. Soy el secretario de Prevención y Salud, y tengo que anunciar el lamentable fallecimiento de un hombre joven” 

Guerra advirtió que era una situación límite, una situación compleja, una situación crítica, y que con responsabilidad, solidaridad y conciencia habría posibilidad de atenuar el impacto. Pero nada. 

El Parque se llenó de gente sin tapabocas, los fulbitos recorrieron todas las canchas y potreros, los turistas improvisados cubrieron las playas, las reuniones y fiestas no cesaron. 

“Buenas noches. Soy Gabriel Guerra, secretario de Prevención y Salud, hoy 13 de octubre siendo las 23, informo que hemos tenido que lamentar el noveno fallecimiento”. 

Dejaron de circular los memes. Los audios ficticios ya no causaron gracia. El abuelo, la tía, la vecina, el novio, la madre, el sobrino, la amante. Los pacientes contagiados se multiplicaron, igual que las muertes. 

Ahora y en la hora de nuestra muerte 
El hombre, como pudo, se levantó al baño, sintió mucho frío, volaba de fiebre y los vómitos no lo habían dejado dormir. Intentó llamar a su vecino, tomó el celular que resultó demasiado pesado para sostenerlo en su mano. Buscó la última llamada, la tocó. 

La bolsa negra, una especial, con más micrones de lo habitual y con la certificación para Covid fue su última morada. La ambulancia de la Cooperativa Eléctrica, ante el aviso y sin importar el horario ni el lugar, llegó al campo para buscar al hombre. El cuerpo atrapado por el coronavirus quedó encerrado en esa mortaja especial, cerrada herméticamente y desinfectada. Guantes por dos, trajes esterilizados y aprobados por las autoridades competentes cargaron el féretro al auto fúnebre que regresó por la ruta 228 hacia el cementerio sin séquito, solo. 

No hubo despedida, no hubo adiós. 

Algunos pacientes no llegaron a tiempo al hospital. Los que estuvieron en la Sala Covid o en terapia pudieron ser asistidos o acompañados por familiares si el caso lo permitió. Las notificaciones de los fallecimientos fueron tan duras para los profesionales médicos como para sus receptores. Gabriel descubrió que estas situaciones desnudan el interior de las personas, para bien o para mal. 

No circulan los memes, ni los audios falsos, circula el otro que acecha.