Sociales

Es lo que Emilia Kazanietz refleja

Una foto, el amor y “una vida muy linda”

01|11|20 09:58 hs.

Emilia Kazanietz es descendiente de ucranianos, su padre vino a la Argentina en 1909 y su madre antes de la guerra de 1914. 


La vida de estos judíos siempre fue dura porque llegaban al Hotel de Inmigrantes de la capital federal y allí la Compañía de Colonos los enviaba a diferentes lugares. Emilia cuenta que algunos fueron a diferentes ciudades de Entre Ríos, otras en el centro y norte de Santa Fe o en el sur de La Pampa (como el caso de sus padres) y otras familias se establecieron en Rivera, Colonia Mauricio y Médanos estas tres en la provincia de Buenos Aires. 

“En mi casa -cuenta Emilia- se hablaba el castellano y el idish que es parecido al inglés, al alemán; yo había ido a una escuela hebrea pero si bien lo sé leer no recuerdo el significado. La historia de mis padres fue muy dura, mamá había salido del puerto de Hamburgo en un barco que venía tocando puertos y levantando inmigrantes. Imaginate que venía de Rusia y sabía cantar en español, ‘La Cucaracha’, ‘Valencia’… ¿dónde lo aprendió?, en el barco” cuenta entre risas. 

Emilia recuerda con humor que siempre en su colectividad estuvo como costumbre ancestral hacerles gancho a las parejas. Como “el caso del doctor Samuel Kaplán; que se lo hicimos con una doctora que había venido de Buenos Aires. Esto es algo que todavía se realiza en la colectividad”. 

También rememora que en Buenos Aires siempre se decía “vayan a Tres Arroyos porque hay trabajo y además que había un salón para ir a rezar”. Algo que en su colectividad, y más en esos tiempos, sonaba a muy importante al punto tal que tiene fotos de esos años mostrando el lugar donde estaba la Torá (el libro que contiene los seiscientos trece preceptos bíblicos). “Pero sabés con qué empieza… con el Padre Nuestro que rezamos nosotros y varias religiones y los Diez Mandamientos” señalando que la fe desde siempre es universal. 


Tres imágenes que resumen la vida de Emilia Fichman: la foto en la playa de San Clemente del Tuyú, la del día que se comprometieron con Saúl y la del casamiento


Cómo conoció a Saúl 
A pesar de los diferentes caminos trazados desde el principio de las vidas de Emilia Kazanietz y Saúl Fichman la suerte, el destino y la costumbre de “hacerse gancho” entre connacionales de la “cole” los iba a reunir. 

“… Mirá cuenta -con sonrisa picaresca-, mis primos me hicieron una trampa. Venían los Schnaiderman y paraban en mi casa, yo ese verano había ido a la playa -en San Clemente del Tuyú- y allí me sacaron una foto, me hicieron dos: una chiquita y otra grande. Yo la tenía guardada en el living y un día mi primo me la sacó, se la trajo a Saúl y le dijo ‘che, a esta piba la vamos a traer a Tres Arroyos’. Yo no sabía de esto y mis primos me invitan para unas vacaciones, llego a Tres Arroyos a la mañana y a la tarde aparece Saúl en moto. Eran esos tiempos de Carnaval -que duraban 15 días- y los bailes se hacían en el Salón de Colegiales. Viene Saúl y me invita a ir… imaginate que estuve dos semanas y ya cuando me fui casi que estábamos de novio. Fuimos a los bailes de Carnaval juntos y un día hasta Claromecó -en el auto de él-. Allí se hizo el loco, se disfrazó, se puso una careta de brujo con guantes, mi primo le manejó el auto, él se sentó en el capot y se me declaró” cuenta, recordando esos momentos de una mujer que tiene su mente más que abierta por su pensamiento. Pero también demostrando que el incipiente amor comenzaba entre ambos y el relato de Emilia lo reafirma. 

“Lo conocí en febrero, en mayo me avisaron que nos poníamos los anillos -yo vivía en Buenos Aires- y en noviembre nos casamos. Y en marzo del año siguiente estrenamos esta casa -cuenta con orgullo-, no era así pero la fuimos acomodando. Un día el padre le dijo ‘Saúl: dejá tu sueldo, dejá el coche para la firma y te damos la plata para empezar a hacerte la casa’. Cuando nos casamos vendió las dos motos, fue a comprar los muebles y yo quedé embarazada a los dos meses. Todo rápido. Pero en aquel tiempo un padre con un hijo podía, con otro no… Coco se dedicó a la pesca pero Saúl fue el que llevó el negocio adelante toda la vida”. 



La foto 
La pareja que formaron ambos es más que evidente que llevó una vida plena. Emilia lleva a través de su relato hilvanada cada una de las partes que han compuesto su historia. 

Al punto tal que esa foto, que misteriosamente había desaparecido de un mueble de su casa, la pudo recuperar tiempo después. “… un día voy a la casa de la hermana de Saúl y allí veo la foto mía, ya se la habían pasado entre toda la familia y ahí me la devolvieron”. 

Esa foto la guardó cómo si fuese uno de sus mejores tesoros junto a otras que muestra orgullosa; “mirá, ésta es de cuando nos comprometimos el 25 de mayo y esta es del día en que nos casamos”. 

Porque Emilia Kazanietz o Emilia Fichman como la mayoría la conoce es directa, de pensamientos sencillos pero con una mentalidad y cultura de avanzada. 

“La cosa es que yo pasé una vida muy linda en Tres Arroyos, estuve en muchas comisiones, colaboramos en todo lo que pudimos. Saúl era un chico muy alegre; él tenía cabeza, sabía callarse la boca, no comentar cosas de familia. Eran ocho hermanos pero nunca trajo ni me contó un cuento de alguno de ellos. Cuando mi hermano se fue a casar a Brasil él les levantó una casa y trajo a vivir a mis padres a Tres Arroyos hasta que fallecieron. Los tuvo como reyes a ellos”. 

“Parecía muy serio pero siempre tenía algún chiste” cuenta y recuerda anécdotas que sacan más de una risa. 



Ejemplo en muchas actitudes 
Saúl Fichman hizo de la amistad un culto porque en cada pueblo tenía amigos y mucha vida social. Fue un defensor del Banco Credicoop desde su comienzo, al punto tal que cuando inició sus transacciones todas las mañanas llevaba lo recaudado en su negocio para que pudiesen arrancar a operar. Cuando el Gobierno quiso cerrarlo él se negó porque “el Credicoop es del pueblo y para la gente del pueblo”, decía. 

Una vez alguien le preguntó a Emilia si tenían campo. “¿Campo? Le dije… ¿no?, tuvimos esta casa y la de Claromecó, más no precisamos pero sí hemos viajado mucho. Sencillamente, pero juntos, con Saúl, él cerraba el negocio veinte días y a vacacionar. Conté más de cincuenta viajes a muchos lados. Nosotros nos llevamos muy bien, no soy peleadora, muchas veces caracúlica, otras callada, otras levanté la voz pero Saúl siempre encontraba la vuelta para solucionar todo”.   


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Dos destinos, un solo final

Emilia vino a Tres Arroyos a los 22 años, se casó con Saúl Fichman y la casa de la calle Pellegrini sigue siendo su lugar en el mundo. Al punto tal que muchas veces sus familiares quisieron que se fuese a otras ciudades pero esa casa y Tres Arroyos son lo que no quiere dejar. 


En el living de su casa, junto a un retrato de Emilia pintado por un familiar y la foto de Saúl con su perro


Ella había trabajado en Buenos Aires en “el Teatro del Pueblo Judío. Los inmigrantes y generalmente en Rusia los judíos se dedicaban al teatro, eran escritores, hacían teatro, eran comunistas porque en Rusia no había peronismo -cuenta sonriendo-. Entonces llegaban a la Argentina y alquilaban teatros presentando obras universales de distintos autores. Y por esto fue que empezaron a hacer socios y con algunos benefactores armaron ese Teatro del Pueblo (fundado por Leónidas Barletta) que todavía está en la calle Lavalle 3636. Yo estaba en la oficina y lo que hacía era pasar las obras ‘Madre coraje’, ‘Madre tierra’, ‘Las brujas de Salem’ escritas en idish al castellano. Por esto fue que los padres de Saúl y él estaban contentos pues era ‘una chica trabajadora’, una chica sencilla, que me ganaba sola el peso” significando por mucho cuán importante era su condición. 



 Trabajar desde chico 
En cuanto a los años que Saúl Fichman estuvo trabajando fue desde los 13, en la distribuidora que tenía la familia; “comenzó yendo a las Escuelas Clerch aprendió contabilidad y máquina. Su primer trabajo fue ser dactilógrafo de un juez, llevaba la contabilidad del negocio de su padre y la de otros vecinos -Rodera el bicicletero-. Otro que puso el hombro fue Angel, el hijo mayor, que iba con latas de masitas Ortiz a toda la zona con un sulky a vender y llevar mercadería. Esa es la historia de mi vida”. 

Emilia recuerda que Saúl era muy inteligente a pesar de no haber hecho el colegio secundario ni fue a estudiar a Buenos Aires “porque mi suegro lo precisaba para el negocio familiar”. 

La familia 
En cuanto a los hijos del matrimonio, tuvieron tres; “Ricardo está en Bahía Blanca, él es contador; Sara que es oftalmóloga y Silvana que es abogada y vive en La Plata”. 

“En mi familia también hay mezcla de razas, mi hermano se casó con una chica cristiana y ella dice ‘yo siempre me sentí judía’ y él decía, ‘yo me siento cristiano’. Llevaron una buena vida. En la mía, mis nietos tienen parejas en las que uno es cristiano y otro judío así que estamos todos unidos porque la fe es igual, estamos pensando en Dios”.    


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