El lunes, comerciantes afectados por la nueva cuarentena se manifestaron frente al municipio

Opinión

Opinión

El sentido común, más allá del drama

28|10|20 09:09 hs.

Por Oscar Rossi

El momento tan temido llegó. El sistema de salud local, colapsó. El incesante crecimiento de casos del maldito virus que alteró la vida de la humanidad, rompió la barrera de lo manejable y la situación preocupante que se vivía desde hace un par de meses se tornó en alarmante, con vaticinios aún más oscuros. El municipio reaccionó tomando drásticas medidas para intentar ponerle un freno al desembocado avance de la enfermedad en suelo tresarroyense. 

Para eso, instaló una “nueva normalidad” en el distrito, restringiendo severamente algunas actividades, al menos por 14 días. Es evidente que algo había que hacer y lo hizo. 

Lo que quizás no se evaluó, o si se hizo no fue con la profundidad que la gravedad de la situación requería, es la reacción que se iba a producir en quienes una vez más deben sumar al temor por el contagio (como cualquier hijo de vecino), el cimbronazo de ver sus persianas bajas, sus luces apagadas, sus mesas vacías... Y así lo hicieron saber en una prolija manifestación frente a la comuna y a través de la entidad que los nuclea. 

Es cierto que es fundamental la salud, pero también, que suena a injusto que unos pocos emprendedores aparezcan como los culpables de la expansión de la pandemia y se les obligue a cerrar sus negocios, ya de por si castigados hasta lo insoportable desde que comenzó la “malaria”. 

Sería bueno, si es que hay estadísticas al respecto, que la Municipalidad a través de su Secretaría de Salud, revise los lugares donde más gente tomó contacto con el aborrecible “bicho”. Seguramente son muchos más los contagiados en las múltiples “juntadas” que se dan en la playa, en las avenidas, en plazas y paseos, donde el mate corre de mano en mano -y hasta la botella de cerveza, de boca en boca- que en las confiterías y restaurantes, o que en las peluquerías y gimnasios.

Si las medidas que se han tomado hasta aquí con los comercios apuntados para “calmar el hambre” del virus no han sido cumplidas, habrá que obligarlos a que lo hagan, pero no castigarlos mandándolos al “muere”, económicamente hablando. 
Porque además, si ellos van al “muere” nos arrastran a todos. 

Porque pese a vivir una dramática situación dentro del dramatismo (valga la redundancia) generalizado por la enfermedad, siguen alimentando bocas -llámese empleados-, siguen pagando impuestos y servicios. Es que el Estado -nacional, provincial o municipal- no puede dejar de recaudar, según me lo han explicado. Por eso siguen llegando impiadosamente las boletas, confeccionadas por los mismos, alegóricamente hablando, que disponen bajar las persianas. Lo que no me han explicado, es de dónde creen ellos que van a sacar plata para cumplir con esos compromisos si no les dejan abrir sus fuentes de ingreso. 

Seguramente que está bien mantener esparcimientos al aire libre, ayuda a paliar los efectos psicológicos que conlleva la pandemia. Pero también esos esparcimientos, llámese caminata, bicicleteada, golf, tenis, plaza o playa, encierran riesgos ante esta maldición que nos toca sufrir. Y quizás más aún, ya que es más difícil el control. 

Es bueno y sano que se nos permita darnos ese “gustito”. También es bueno y sano permitirle a la gente trabajar. El viernes es posible que la Municipalidad revea la medida tomada una semana atrás y ajuste los protocolos poniendo gente en la calle exigiendo que se cumplan. Si así lo hace, habrá primado el sentido común...