Un incendio convirtió la tribuna en cenizas. Pero Istilart insistió y encararon nuevas obras

Opinión

Por José Mariano Pérez

Istilart y el Club A. Huracán (IIl)

25|10|20 13:04 hs.

Por José Mariano Pérez


La tribuna techada que con gran colaboración ciudadana y el significativo aporte de Istilart se logró erigir, tenía en la parte inferior, vestuarios. En el frente un sector para socios e invitados especiales y en las gradas superiores se ubicaba el público en general. 

La noche del 11 de febrero de 1931 por causas que nunca se supieron, un destructivo fuego, convirtió en cenizas la tribuna. 

Pasados los días y aún con el dolor de lo perdido, Istilart llama a los dirigentes del club a su casa. Los alienta a no bajar los brazos y les pide que comiencen a pensar en más obras. 

En esa charla, surge la idea de construir una cancha de pelota a paleta, gradas populares en el estadio de fútbol, la verja de entrada, dos canchas de tenis y la pérgola, que aún está en pie. Istilart, nuevamente impulsa a los directivos manifestándoles que cuenten con su aval en el Banco Comercial para que el club tome un crédito y afronte el costo de las obras. 

En la Asamblea General Ordinaria llevada a cabo el 27 de diciembre de 1931, se decide nombrar a don Juan Bautista Istilart como socio honorario de la institución. Junto a él, se la designa también a la Sra. Juana Zubiría de Poujoul. 

Diariamente un hombre menudo, de tranquilo paso, callado, observador, generalmente con una gorra negra y una larga boa que le llega hasta las rodillas, suele cruzar la calle Suipacha y recorre el club. Conversa con los deportistas y controla el estado de las instalaciones. Istilart se hacía tiempo para recorrer el predio de uno de sus más preciados “hijos”. 

En más de una oportunidad, los dirigentes que más confianza tenían con Don Juan le planteaban la disyuntiva de continuar haciendo obras en un terreno que no les pertenecía, que seguía siendo de él. “Mientras sigan así, van bien”. Con esta frase, Istilart se cubría, como dando a entender que algún día el inmueble sería de Huracán. 

En cierta oportunidad, alguien ajeno al club, le preguntó directamente por qué si piensa donarles el terreno, no se los da ya. La respuesta fue clara y contundente: “Mientras ellos sigan así, van bien. Si les regalo el terreno podrían aburguesarse y creer que está todo hecho, que no es necesario trabajar más”. Mientras tanto, él, ayuda, propone y vigila.

Istilart, lo he ido describiendo en esta serie de notas, colaboró con gran cantidad de instituciones de la ciudad y todas ellas aún son, o lo fueron, factores de importancia para la ciudadanía. Don Juan se interesaba por la vida de las entidades con las que se vinculaba, no daba su dinero por el simple hecho que le sobraba o buscando el busto que algún día habría de recordarlo. Su aporte estaba dirigido a aquellas entidades que se esforzaban, siendo su colaboración un estímulo. No quería que su ayuda fuese de tal importancia que anule el afán de progreso. 

Una palabra de Istilart en Huracán era, por su jerarquía y los servicios prestados, una orden. Sin embargo jamás esa palabra indicó nombres o personas para llevar a cabo cargo directivos. Se mantenía ajeno a ello. 

Él alentaba a la entidad que marchaba sin desviaciones y daba lecciones magistrales a aquellos amigos del deporte que lo visitaban. Si la conversación se centraba en meras cuestiones deportivas, invariablemente, buscaba la oportunidad para cambiar de tema y los llevaba a cuestiones de cultura general. Tanto podía hablar del libro de mecánica que estaba leyendo, de la vida de las hormigas o de los pájaros que tenía en su chalet. También relataba sobre filosofía o música (según relatos familiares escuchaba con asiduidad la zarzuela “Doña Francisquita”, basada en la comedia “La discreta enamorada” de Félix Lope de Vega). La literatura era su pasión intramuros, siendo su poeta favorito el francés Edmond Rostand, famoso por su obra sobre la figura de Cyrano de Bergerac.

Istilart, según relatos de quienes tuvieron el placer de conocerlo era por demás reservado. Sus más hondos sentimientos eran guardados para sí, salvo algunas cuestiones que consideraba era de importancia compartir. 

Ese carácter reservado hizo que su testamento fuese ológrafo (escrito de puño y letra) y nadie supo de su contenido hasta después de su fallecimiento. Lo escribió en setiembre de 1931 y en él, dejaba en manos de su albacea repartir algunos bienes entre distintas instituciones. En su alma, en su corazón, al redactarlo sabía que don Juan Bautista Soumoulou lo comprendería de tal forma que, destinaría para Huracán, el terreno que había otorgado en préstamo en 1924 y sobre el cual, el club hacía obras impulsado por su mayor benefactor.