
Escribe Juan Di Loreto (*)
A falta de modernos medios de comunicación que todo lo informaran en vivo y en directo, el Bar de Trillo solía ser una verdadera usina informativa en los años viejos. Los días de semana, entre las 16.30 y las 18,
momentos en que las calles aledañas al bar se llenaban de madres en busca de sus hijos y de estresados transportistas escolares, los jefes de la sección Sociedad de los distintos periódicos de la ciudad se daban cita en el café. Allí se pasaban chismes, rumores, dimes y diretes. De aquellos viejos cronistas recuperamos a continuación dos historias de amor de la ciudad surcada por tres arroyos.
La Novia Eterna
En los fondos de la calle Castelli siempre se habló de un espectro denominado "la Novia Eterna". Era la historia de una joven enamoradiza que nunca pudo cristalizar sus noviazgos en casamiento. La desdichada conseguía un pretendiente y las modestas promesas de un pequeño chalet con cochera y un par de hijos con educación pública. La fatalidad, que truncaba el deseo de casamiento, se revelaba cuando el novio se confesaba como un tahúr o un hombre de doble vida. Ante los reiterados fracasos la muchacha murió de tristeza, según cronistas con demasiadas licencias poéticas. Fue en la misma época que un fantasma con aires de muchacha bondadosa comenzó a acechar a las parejas de novios que rodaban por los fondos de Castelli en busca de la intimidad perdida en las plazas del centro.
Un hombre rechazado
Antonio Rambla detentaba un penoso récord: había sido rechazado por todas las mujeres solteras, casadas, comprometidas, divorciadas y viudas no sólo de la ciudad cabecera sino también de las localidades que componían el partido de los Tres Arroyos. Ya no había mujeres para Rambla. Pero cuando el deseo es grande y no cesa de surgir en el pecho de un hombre, lo absurdo se vuelve una posibilidad en el horizonte. Así fue como Rambla inició dos estudios paralelos: la escultura y la magia oscura. Con la combinación de estas dos disciplinas esperaba, en una vieja fantasía convencional y machista, procurarse una novia hacendosa que lo esperara al mediodía con la comida lista. Logró su cometido una calurosa mañana de febrero. La estatua de yeso de una mujer rubia cobró vida y se entregó ciegamente a los deseos de Rambla. El primer mes la pareja disfrutó de los placeres burgueses de la vida familiar: paseos, comidas, compromisos sociales y, sobre todo, romance. Pero, siempre hay un "pero" en estas historias, ante la sumisión absoluta de su creación el deseo de Rambla se fue apagando con los días. Es así que pergeñó una idea tan absurda como la anterior: la creación de una mujer que le procurara el más dulce de los rechazos. Años después, todavía se lo podía ver a Rambla, solo y alegre persiguiendo a las corridas una estatua morocha de pechos generosos.
(*) El autor es tresarroyense. Licenciado en Comunicación Social (Universidad de Buenos Aires). Correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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