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Despejado

Sociales

Testimonio

Vacío el vientre

10|06|18 10:22 hs.

Carolina vive en un barrio de Tres Arroyos, tiene 54 años y una familia de varios hijos y una pareja. Abre la puerta de su casa e invita a LA VOZ DEL PUEBLO a la charla, al diálogo. Las paredes de su hogar están decoradas por portarretratos que enmarcan fotos de hijos, padres, hermanos y cuadros que cuentan otra historia, la de sus pasiones y amores.


“Qué hacemos ahora, mi dulzura y yo, con dos pechos llenos, con dos pechos llenos de leche y dolor”, tararea Carolina en un tramo de la entrevista en la que cuenta lo que sintió y lo que la canción -que grabó Juan Carlos Baglietto con Silvina Garré por primera vez- le recuerda, le tortura. 

Carolina se acomoda en un sillón y deja que la conversación discurra entre sonrisas y lágrimas. “¡Si supieran los que gritan asesinas a las mujeres que alguna vez abortaron lo que se siente!” e inmediatamente se pregunta, “¿alguien cree acaso que no lo sé, que no lo siento, que no lo vivo de ese modo?”, expresa Carolina sentada casi cayéndose, con todo el cuerpo inclinado hacia adelante. La mujer, madura, casada dos veces, culta, levanta la mirada y vuelve a preguntar, 

“¿Por qué no hablar de la legalización del aborto, por qué no hablar de lo que dice el proyecto y analizarlo para que salga lo más justo posible en lugar de juzgar o de señalar a quien abortó o quiere hacerlo?”. Carolina aceptó brindar su testimonio y consideró que a pesar de todos los años de terapia, hablar podría ser bastante sanador.

 Su novio, su amigo, el amor de su vida, ya no era nada de eso… Tal vez sería para siempre el padre del hijo que no nació 


Un embarazo, un final 
Tenía 18 años y todavía no se había ido a estudiar, estaba en el proceso de hacerse un test de orientación vocacional y de la toma de decisiones relacionadas con su futuro. Nadie había hablado de sexo con ella en su casa, lo que aprendió lo supo por amigas o por compañeros. 

Cerca de su hogar vivía su novio, su vecino, su amigo. Cada mañana caminaban juntos hacia la escuela secundaria y cada mediodía regresaban entre risas y cuentos de la jornada. Ella lo quería mucho, estaba iluminada por él. La cercanía del final del Secundario aceleró otras cosas y esa primera vez llegó en invierno con frío y miedo, con dolor y estupor. No pasaron muchos meses y la desinformación, más la falta de diálogo con la familia, hicieron un combo que traería consecuencias para toda la vida de Carolina. 

No recuerda muy bien cómo se lo dijo a su mamá o si fue ella la que se dio cuenta que no tenía menstruación, pero cerca del mes de junio o julio de 1982 -ese dato está borroso- había un médico sentado en el living de su casa haciendo preguntas relacionadas a la última fecha del período, si dolían los pechos. “¿Comés como lima nueva?”, le preguntó el doctor a Carolina que por supuesto asintió. “Odio esa frase, no puedo escucharla, lloraría cada vez que alguien la dice”, confiesa. 

Después del colegio, tarde tras tarde su madre la llevaba por distintos lugares buscando una solución. Menciona una casa del barrio de la Torre Tanque y un apellido de alguien que cree era enfermera o partera. Luego habla de un lugar de la avenida Moreno y nombra médicos que supone lo alquilaban para la práctica.  



El adiós 
El tiempo pasaba y la recomendación de hacer el aborto cuanto antes no esperó. Carolina no había oído la palabra, tampoco supo muy bien qué le iba a pasar, sólo dejó que otros decidieran. Su novio, su amigo, el amor de su vida, ya no era nada de eso… Tal vez sería para siempre el padre del hijo que no nació. 

La noche estaba gélida. Invierno oscuro desde las seis de la tarde. El camino hacia la avenida Moreno desde su casa era largo y el silencio fue lo único que escuchó mientras su madre conducía. Una puerta, escaleras y allí en el corazón de la ciudad su vida y la de su hijo cambiarían, los dos morirían, uno físicamente y ella espiritualmente. 

Su madre se fue o le dijeron que se fuera, de eso no se acordaba demasiado. “Me llevaron a lo que sería una sala de partos, o por lo menos había una camilla y elementos como oxígeno, instrumentos, una enfermera muy simpática y el médico que visitó mi casa”, recuerda Carolina. “Me pusieron una bata, no sé dónde dejaron mi ropa, me recostaron y ya no supe qué pasaba, creo que un programa de LU 24 sonaba de fondo, algo de música”, cuenta.

“No fue gratuito, no fue simple o sencillo, no es así como lo cuentan. Se sufre, se lleva este dolor para siempre”


“¿Qué era?”, preguntó ni bien volvió en sí, al abrir sus ojos, “¿Qué era?”, nadie le respondió. Quiso sentarse, pero se mareó, sin embargo de reojo vio que llevaban un frasquito con algo adentro, ensangrentado, roto.

Volvió a preguntar, “¿ése es mi hijo?”, nadie respondió. Llamaron a su mamá y de vuelta a casa. Si no fuera por la sangre que le corría por las piernas cualquiera hubiera creído que venía de hacer un mandado o de una clase de inglés. 

Parada debajo del marco de la puerta de la cocina sólo miraba correr la sangre que caía al piso descontroladamente. 

Al día siguiente, a la escuela de nuevo, esta vez sola, sin la compañía de su novio ni de nadie más. Carolina recuerda que cuando entró a su salón de clase él le dijo: “¿Ya está?”. No sabe si le contestó o qué le dijo, pero tiene la certeza que fue un alivio para aquel joven de 17 años que quería seguir con su vida sin complicaciones y en lo posible sin que nadie en su casa supiera lo ocurrido. 

La vida después 
Carolina se fue a estudiar, años más tarde formó una familia, pero nunca pudo contarle de aquel aborto a su marido. Mucho tiempo después, con sus hijos grandes un día se atrevió. Recibió por primera vez el calificativo de asesina. De más está decir que ese matrimonio terminó pronto. 

La mujer deja correr las lágrimas, se ahoga en algunas partes del relato, guarda silencio y dolor. “Ni siquiera puedo decir qué hubiera hecho yo o si ésa fue mi decisión. Sé que no quería matar a nadie y que tampoco quería estar embarazada”, explica. 

Levanta la cabeza y mira hacia la foto de sus hijos. “Tendría 36 años, y no sé dónde ir a llorarlo. Siempre pienso qué hubiera sido, qué cara tendría. No fue gratuito, no fue simple o sencillo, no es así como lo cuentan. Se sufre, se lleva este dolor para siempre”, afirma. 

Carolina reflexiona acerca de la necesidad de contención y de educación de las chicas cuando tienen un embarazo no deseado. ”Todas saben que adentro de ellas, adentro mío había una vida. Puedo engañarme, pero la verdad es que yo vi a mi hijito destrozado en aquel frasco”, menciona duramente. 

“No elegiría volver a pasar por eso, y mi mensaje es éste, que se sufre, que duele, que se siente horrible. Me lo callo, me lo guardo y pienso que además de todo también fue un negocio para ese médico que me atendió, hubo mucha plata, fue una transacción”, expresa. 

Carolina está a favor de la legalización del aborto, aunque no está a favor del aborto, quiere la vida, pelea cada día desde su profesión por la vida. La mujer madura, consciente de sus actos, es la evolución que el tiempo dio a aquella adolescente agobiada que se dejó llevar y que no opinó. 

Al final de la entrevista desea que nadie pase por una experiencia como la que contó. Aunque espera que la ley se apruebe, con modificaciones necesarias en sus artículos, asegura que el aborto nunca es gratuito. “Nunca lo es”, reitera. 

“Fui a ver a Baglietto y Garré cuando vinieron a Costa Sud, cantaron esa canción –relata-. Nunca me hubiera imaginado, me la estaban cantando”. 

“Sabes hermano lo triste que estoy, se me ha hecho un duelo de trinos y sangre la voz. “Se me ha hecho pedazos mi sueño mejor, se ha muerto mi niño, mi niño, mi niño, mi niño, hermano”. 

La letra del tema “Era en abril”, suena en el alma de Carolina, que no es la misma desde hace 36 años.