115 años junto a cada tresarroyense

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Capitalismo

29|04|18 11:58 hs.

Por Juan Francisco Risso 


Precisamente en la esquina de mi casa existía un comercio, cuya placa enlozada rezaba: Despensa Arzoz, Fiambres, Quesos, Despacho de Bebidas. 

Ese despacho de bebidas estaba allí mismo, conectado por un simple pasadizo a la despensa. Tenía un aire de pulpería. Y de hecho, iba gente de campo. De hecho, decía, iba un criollo que llegaba en su tordillo, lo ataba en la argolla existente en la vereda y entraba por su par de cañas. El tordillo, con un aparatoso recado con cojinillo de oveja y demás, se aburría ostensiblemente. Pero sin decir palabra ni demostrar su disconformidad con la vida que le tocaba por vivir con humanos. Siempre cabizbajo. Pero dejemos al tordillo. 

Lo mío era la vitrina de golosinas. Aún recuerdo los turrones Popsy y otras delicias para niños. Registraba también un consumo diario y sostenido de masticables Sugus. He olvidado decir que otro parroquiano infaltable era Poroto Irigoin, oriundo de Ochandio, como yo. Mediría su metro noventa, y pasaba cómodamente de los ciento cincuenta kilos. 

Aquel día Poroto había finalizado sus libaciones (o quizá fuese un intermedio) y se hallaba en la sección despensa, apoyado de espaldas en el mostrador. Siempre de traje negro, que –decía- lo adelgazaba. Gigantesco. Plácido. Estaba yo frente a la vitrina, extasiado, preguntando qué vale eso y que vale aquello otro, y sacando cuentas, cuando Martina Arzoz, la patrona, me dijo algo cuyo sentido no capté. 

La miré con cara de bobo, y ella repitió: “Elegí lo que quieras, que Poroto paga”. Y Poroto, desde su altura, sonreía amablemente. A mis seis años tenía para mí que quien compraba algo debía pagarlo. Lo justo. De golpe me avisaban que había caído en un universo loco, donde lo que valía era el dinero, y lo demás importaba un carajo. Tanto daba una cosa u otra, con tal de que apareciera el dinero. Por ejemplo: uno se comía el turrón y otro lo pagaba. Y así hasta agotar todas las combinaciones posibles. 

Todo eso lo pensaba mientras los demás me miraban expectantes. Entonces elegí algo. No recuerdo qué era, pero apliqué el mismo criterio que aplica un adulto para escoger el ataúd de un familiar: ni el peor, ni el mejor. Algo intermedio. Eso pedí. Y salí con la golosina en la mano. 

Pero todavía me dura la impresión. Lo habrán notado. Mi segunda aproximación al sistema tuvo lugar muy poco después. Un conocido comerciante tomaba la afeitadora usada y –por una diferencia en metálico- entregaba una Philishave. Hasta ese momento reinaban las Remington, en sus tres modelos: Remington Rand; Remington Rollectric y Remington Roll-a-Matic. 

Pero la Philips era diferente, y allí fuimos con mi padre y su Remington. No tenía yo nada contra un negocio justo: aquí está la máquina usada, más tanto en efectivo, y el comerciante, amabilísimo, entregaba una flamante Philips. Porque era amabilísimo.

El caso fue que el comerciante tenía tras de sí un gran canasto de panadería. Y más de la mitad del canasto estaba ya llena de las Remington que le entregaban. Caían al canasto como mierda al río. Allí empecé a sospechar. Y a descreer de que las viejas máquinas tuviesen un segundo destinatario, como sucede con un auto. Y si no era así, entonces…? 

Si en mi primera experiencia conocí el materialismo descarnado, en la segunda comencé a sospechar que nos tomaban por giles. Por suerte ya me saqué esa sospecha de la cabeza. Ahora -queridos amigos- estoy seguro. 

Y según un sencillo cálculo, voy a morir en este universo.