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Carta de Lectores

Psicología

Tenemos un problema, hagámonos cargo

08|01|18 17:49 hs.

Por Lucas Noé, licenciado en Psicología

Vivimos en un mundo sumergido por la aparición constante de nuevas tecnologías, digo sumergido por no decir hundido. Estas, principalmente centradas en su posibilidad de “conexión total”, se presentan como muy seductoras, y en principio su función es la de “facilitar” y/o “mejorar” los resultados en cualquier actividad humana (eso al menos desde el marco teórico).

Si bien es indudable que por su capacidad de procesamiento y almacenamiento de información, por su carácter prácticamente instantáneo de acceso parecieran ser una herramienta muy útil (y de hecho lo son), cuando nos volcamos a la realidad y vemos gran parte de sus usos, podemos reconocer que éstos distan, y mucho, de facilitar o mejorar la experiencia humana: y en particular me refiero al encuentro con el otro, al contacto cara a cara, en definitiva al tipo de comunicación más auténtica que se puede tener.

Como adultos decimos “el chico tiene un problema, veremos los pasos a seguir para ayudarlo”. Y partir de este tipo de postura, en muchos casos, es el error más garrafal dentro de los errores.


El fenómeno 
Dado que tengo la posibilidad, desde mi campo profesional de trabajar a diario con chicos y adolescentes, termino detectando en algunos casos un fenómeno que podría caracterizar por la siguiente lista de signos y síntomas: Dificultades en la comunicación oral o escrita, en distintas situaciones o lugares; falta de iniciativa para hacer producciones propias (todo pasa a ser un “copiar y pegar”), que desemboca en una falta de creatividad o inventiva; apatía marcada respecto a temáticas que desconocen o inicialmente no son de sus intereses; imposibilidad de permanecer en estados de concentración o atención prolongados (salvo cuando se exponen a un medio-audiovisual); un marcado egocentrismo, que si bien es propio de las etapas iniciales de la infancia, se extiende incluso a la adolescencia; incapacidad de soportar el estado de aburrimiento: no pueden esperar, no tienen paciencia; y la lista podría continuar. 

Cuando se presentan estas cuestiones, generalmente se adopta un modelo que, voy a permitirme nombrarlo como “tradicional”: como adultos decimos “el chico tiene un problema, veremos los pasos a seguir para ayudarlo”. Y partir de este tipo de postura, en muchos casos, es el error más garrafal dentro de los errores.

Un ejemplo 
Siguiendo esa línea falaz de abordaje, un ejemplo generalizado quedaría de la siguiente forma: Juan tiene un problema X (aquí agregue algunos de los signos y síntomas que mencioné con anterioridad o cualquier otro que sea llamativo y no corresponda a lo “esperable”: sobre esta última palabra dedicaré palabras en otro momento)

¿Cómo ayudamos a Juan?. Dialoguemos con el colegio, club o institución a la que concurra (ellos sabrán qué hacer); llevémoslo a un profesional externo: pediatra, psicólogo, psicopedagogo, psiquiatra; mediquemos a Juan.

Si no encontramos soluciones, busquemos causas, y en definitiva busquemos culpables…

Podrá notar el lector que el plan de acción aquí ejemplificado carece de una cuestión fundamental, que obviamente queda oculta o eliminada por la postura adoptada al principio: “Juan tiene un problema”.

Se puede observar que no he señalado ninguna cuestión alejada de la realidad, y que ninguna situación pareciera tener un tinte de violencia o agresión presente. Sin embargo, es fácil registrar como muchas veces como adultos “descansamos” en la tecnología


El origen del problema 
Pensemos un segundo, invito a quien llegó hasta aquí en su lectura a que se detenga y realmente piense en otra posibilidad, en otra postura, en otra afirmación, o al menos se permita dudar de lo expuesto antes: ¿Y si Juan no tiene un problema?, ¿y si el problema lo tenemos nosotros como adultos, y Juan es resultado de nuestro accionar como adultos?.

 Verá cómo enseguida el foco ha cambiado totalmente de orientación, y esta nueva resignificación implica principalmente Hacernos Cargo.

La realidad nos supera 
La siguiente cuestión a presentar es unir la temática del comienzo (la tecnología), el fenómeno actual (niños y adolescentes con algunas de las dificultades expuestas) y la reciente tesitura de que tenemos que hacernos cargo. Para ello voy a citar breves ejemplos, donde a mi parecer, estas cuestiones convergen. 

Por ejemplo en el caso de una familia comiendo en un restaurant. El padre y la madre dialogan mientras comen; hijo de 5 años (he visto casos de más pequeños incluso) ya ha terminado su comida, se muestra molesto y aburrido, manifiesta que quiere volver a su casa. 

¿Qué solución adoptan los padres? Ponerle un video en el celular, de esa forma el niño se entretiene, no molesta y ellos continúan dialogando. 

En otra situación, un niño de 6 años, presenta grandes dificultades para poder tomar el lápiz de forma correcta, no tiene prensión y ubica los dedos de forma incorrecta. Uno revisa su historial y descubre que en la dinámica dentro del hogar, el niño no dispone de lápices o fibras, no practica el dibujo; sin embargo, tiene su Tablet desde más pequeño y “vieran cómo la maneja”. 

Un tercer caso puede hablar de padres de adolescente que se acercan a la consulta para referirme una clara dificultad en cuanto a la comunicación con su hija de 16 años. En su historial como familia, no se registran reales y cotidianos encuentros entre miembros de la familia: un ejemplo simple y claro (además de contundente) de lo manifestado, es que por temas laborales y de horarios: el almuerzo no es compartido entre todos, y en caso de que se dé la situación, la televisión, la notebook o el celular conviven en la mesa mientras se come.   

Falso descanso 
Se puede observar que no he señalado ninguna cuestión alejada de la realidad, y que ninguna situación pareciera tener un tinte de violencia o agresión presente. 

Sin embargo, es fácil registrar como muchas veces como adultos “descansamos” en la tecnología, y buscamos nuestra comodidad: los resultados a posteriori, a la vista están: no podemos pretender que un niño preste atención si no se la damos, no podemos pretender que un niño escriba si no lo estimulamos desde su niñez, si no facilitamos ciertas cuestiones, no podemos pretender que un adolescente se comunique si nunca nos pusimos en real posición de escucha en su niñez, no podemos pretender que un niño cree, produzca, invente si constantemente combatimos su aburrimiento con tecnología. 

Es hora de que como adultos, Nos Hagamos Cargo, y el trabajo comienza en casa.


Lucas Noé, licenciado en psicología