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Carta de Lectores

Por Rosana Greco

La sanidad en combate y esa lucha por la memoria de Malvinas

19|11|17 19:43 hs.

Por Rosana Greco (*) (Especial para La Voz del Pueblo) 

El “loco de Malvinas” o “Abelito”, como lo conocen en Carhué, es oriundo de Elortondo, Provincia de Santa Fe. Vivió su infancia y su adolescencia en la humildad que suele caracterizar la historia de vida de los grandes que hicieron esta patria. Finalizó sus estudios secundarios en el año 1959, graduándose como Perito Mercantil en la Escuela Provincial de Comercio N° 1 de Villa Constitución en su provincia natal. Abel quería ser radiólogo, pero las circunstancias económicas no le permitían, por aquel entonces, costearse los estudios. Es así que a los diecisiete años, orientado por su vocación en sanidad, ingresó en la Escuela de Marinería de la Armada en la isla Martín García y cursó el ciclo preparatorio en el Hospital Naval de Río Santiago, obteniendo el segundo mejor promedio. En 1964 se graduó como enfermero naval - título revalidado por Salud Pública de la Nación- en el Hospital Naval de Puerto Belgrano, obteniendo también el segundo mejor promedio, diploma de honor y medalla de plata. En el año 1965 egresó de la Escuela de Suboficiales de la Aviación Naval con el diploma de “Sanidad aeronaval, supervivencia y rescate, búsqueda y salvamento”, además del diploma de honor y medalla de plata a la más alta calificación.

Sus logros académicos y su vocación por la sanidad eran irrefrenables. En el año 1971 finalizó el Ciclo de Permanencia en la Escuela Superior de Sanidad Naval, obteniendo, además, el diploma de honor al mejor promedio. Persiguiendo su objetivo inicial, en 1974 se recibió finalmente de Técnico Superior en Radiología y dos años más tarde se graduó de Licenciado en Radiología, como no podía ser de otra forma, con las más altas calificaciones. Sus méritos eran la antesala y carta de presentación de lo que iba a venir, eso que “Abelito” nunca hubiese imaginado. 

Aquel día de 1982, ese que recuerda como si fuese ayer, la patria lo llamó por más. La Dirección de Armamento de Personal Naval, a través de la Dirección de Sanidad Naval, lo designó para desempeñar tareas específicas en la sanidad en combate a bordo del buque hospital Bahía Paraíso en el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS). Durante la Guerra de Malvinas participó en forma directa en el rescate de náufragos del Crucero General Belgrano, recuerdos vívidos que insisten en regresar una y otra vez a su conciencia. Recuerdos indelebles, como aquellos vuelos que lo tuvieron como protagonista trasladando heridos en helicópteros sanitarios desde los campos de batalla en Puerto Argentino, Darwin, Puerto San Carlos, Bahía Fox e Isla Borbón. Al finalizar el conflicto, solicitó su pase a retiro efectivo de la Armada, continuando su carrera como profesional de la salud, primero en Bahía Blanca y luego en su actual lugar de residencia. 

El “Bahía Paraíso” fue, en 1982, su lugar en el mundo. Abel puede describirlo como nadie y se enorgullece por la distinción de la Cruz Roja como unidad hospitalaria flotante más importante de Latinamérica. Daría todo lo que tiene por volver a navegar en sus entrañas. Es uno de sus sueños inconclusos que fueron a parar al fondo del cajón de los viejos anhelos. Por impericia, el rompehielos que supo navegar las tormentas más terribles y las olas más furiosas, encalló tras chocar con una roca cuando trasladaba a un grupo de turistas frente a la base Palmer de los Estados Unidos en la isla Anvers del archipiélago Palmer en la Antártida. Un final irreverente, como el de muchos Héroes de Malvinas, que a Abel lo hunde en la pena. No es sólo el dolor de la perdida. No es sólo el dolor de la derrota. Es el dolor de las absurdas contradicciones: “El 2 de abril, todo un pueblo festejó la recuperación de las Islas Malvinas. El 14 de junio, nos tocó ocupar el lugar de la derrota. El exitismo argentino estuvo presente” expresa Abel mientras se sujeta a su puntero, quien sabe, como para sostenerse en la delgada línea de lo insoportablemente irritante. Y agrega sabiamente: “A la guerra no se la puede comprender, sólo se la puede sobrevivir”. 

Pero Abel, además de veterano, es un inquieto estudioso de la Guerra de Malvinas y un obstinado militante de la memoria por los “Héroes de Malvinas”. Impulsó la construcción del monolito que recuerda a los caídos y, en una habitación de su casa, fundó su propio “Museo de la Memoria” en la ciudad de Carhué, partido de Adolfo Alsina. Con cada visitante a ese recinto sagrado, cargado de sentido y patria, Abel repite el ritual de inauguración desenlazando la cinta celeste y blanca que amorosamente coloca en el picaporte. La puerta se abre a ese lugar delicadamente pensado para internarse en la historia grande que cobra vida con cada palabra, con cada imagen, con cada objeto personal recuperado de su propia historia, con su colección de libros y videos sobre Malvinas. Una tenue luz albiceleste inunda los pensamientos a medida que Abel recorre con su puntero su propia biografía. Se le quiebra la voz cuando cuenta con lujo de detalles el hundimiento del General Belgrano, episodio que recupera en carne viva con expresiones prolijamente seleccionadas y con la solemnidad que lo caracteriza. 

Abelito, ese “loco de Malvinas”, supo cosechar menciones y distinciones como la Estrella de Plata (Sanidad Naval), Medallas de Plata y Oro (Círculo de Oficiales del Mar), Medalla “Operaciones en Combate” (Armada Argentina) y la Medalla del Congreso de la Nación. Fue designado por la Cruz Roja miembro titular adjunto de la Armada Argentina para la atención de heridos y náufragos según normas del convenio de la Convención de Ginebra del año 1949. Recientemente, el Honorable Concejo Deliberante lo declaró “Ciudadano Ilustre” del distrito de Adolfo Alsina. Pero también insiste en mantener la memoria a través de la escritura. La biblioteca de veteranos de guerra de Lobos le otorgó una mención por un cuento sobre la Guerra de Malvinas. Recientemente ha escrito un trabajo monográfico aún inédito sobre relaciones bilaterales. 

Abel es uno de esos que combatieron de otra forma, y en su afán por homenajear “a los que con su sangre regaron nuestro territorio insular y las heladas y tempestuosas aguas del océano Atlántico”, como lo expresa, dedica parte de su vida de jubilado a disertar en cada lugar al que se lo convoca. Sin titubear, sostiene que “el pueblo debe saber la verdad histórica de lo ocurrido en 1982, y no todos pueden brindarla. Entonces uno empieza a contar cómo amamos la vida antes de ser muertos y olvidados”. Abel manifiesta, como tantos ex combatientes y veteranos de la Guerra de Malvinas, su profundo respeto por quienes quedaron “custodiando las islas”. Con su más profunda convicción manifiesta: “a esas tumbas sólo se las puede visitar a través de la memoria”. 

(*) Rosana Greco es docente. Junto a Carlos Molfese, Sandra Carrasco y Sebastián Andes, viajó a las Islas Malvinas en enero de 2017. A partir de fotografías de su autoría, coordina la propuesta “Malvinas, 35 años después” que se viene concretando desde el 2 de abril de este año en instalaciones del Museo Mulazzi de Tres Arroyos. Por Decreto 39/17, el proyecto ha sido declarado de interés municipal por el Honorable Concejo Deliberante.