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La Ciudad

Día del Maestro

La revoltosa del aula, mi seño Luciana

11|09|17 08:51 hs.

Para describir a Luciana Meléndez basta decir que es una maestra distinta, revoltosa, activa, colaboradora y especialmente a pesar de sus miedos, decidida para acompañar el proceso de enseñanza y de aprendizaje ante cualquier circunstancia. 


Cree con intensidad en la educación, en la capacidad que todos los alumnos tienen para aprender y para enseñar. Tanto juega al fútbol con ellos como construye una maqueta, arma carpas en los campamentos, hace pan de palo, conduce una clase magistral en el laboratorio, lee un cuento, se disfraza para ofrecer momentos imaginarios a quienes la escuchan. Se comunica en lengua de señas, algo en Braille, entiende la discapacidad y se lleva muy bien con ella. 

Cree con intensidad en la educación, en la capacidad que todos los alumnos tienen para aprender y para enseñar


Hace 18 años eligió trabajar de maestra, profesión de la que dice, "sos maestro en todos lados. En cualquier situación me nace ayudar, pero no desde el lugar de resolverte algo, sino de hacerte pensar cómo poder solucionarlo, cómo se puede arreglar poniéndome en el lugar del otro". 

En el diálogo con LA VOZ DEL PUEBLO, cuenta que "caí por error en la docencia y no me arrepiento". Antes de terminar la Secundaria, en agosto de 1995, se inscribió en la carrera de Medicina y comenzó a cursar en Buenos Aires el Curso Preuniversitario de Ingreso, que tenía una duración de tres meses". Recordó que "me iba los viernes a Buenos Aires y volvía los sábados todas las semanas desde fines de agosto hasta noviembre para cursar". Sólo 50 pasaron la prueba, entre ellos Luciana. 

En ese tiempo quedó embarazada de su hija mayor Rocío y "creí que la capital no era un lugar para criarla. Así que decidí ser maestra, lo mejor que me podía haber pasado". 

Aprender juntos 
"A mis estudiantes no me gusta llamarlos alumnos, que significa sin luz, como si fuera el docente el que les da la luz, por eso nunca más usé ese concepto", indica en referencia a su perfil de trabajo. Se entusiasma con la explicación y agrega, "sabemos que todos tienen algo para enseñar y todos tienen algo para aprender. Los estudiantes aprenden conmigo yo con ellos y ellos aprenden entre sí". 

Hace 18 años que es maestra, estudió un año en Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N°33, después se fue a vivir a Tandil y continuó estudiando, regresó a nuestra ciudad y las prácticas las hizo en Tres Arroyos. "Terminé en agosto y en setiembre empecé a trabajar en el Colegio Holandés. Ahora hago mi primera experiencia en la educación pública en la Escuela N° 1 y estoy muy contenta". 

Se recibe este año de profesorado de sordos, carrera que cursa en La Plata. "Elegí esto porque hace 15 años conocí a Delia Botte en una capacitación en un taller de lengua de señas y de ahí en más dejó de ser algo que me llamaba la atención para ser algo necesario, lo más importante para mí es la comunicación", señala. 

Desde que fue estudiante descubrió que podía ponerse en el lugar del otro. "Fui muy inquieta de chica, no era de las mejores alumnas en conducta siempre fui vaga, pero tuve esto de si alguno de mis maestros me pedía ayuda estaba al servicio de lo que se necesitaba, donde me meto lo hago hasta las tripas siempre, lo hago completa", señala en un gesto con la mano que describe una circuito que va desde el medio de la panza hasta arriba, más alto incluso que su cabeza. 

Para compartir
 Al comenzar en el Colegio Holandés, su primer encuentro con personas con discapacidad fue con un alumno con sindrome de Down. "Sentí que no iba a poder, no desde las herramientas que tenía, sino que no iba a poder con mi alma, hasta que me di cuenta que desde mi lugar y sin lástima podía ayudar lo que se pudiera", reflexiona. 

 En el camino que tomó se encontró con situaciones que la frustran o la enojan y otras que la llenan de alegrías. "Hay que aprender a convivir con lo que te parece injusto, lo que es ajeno a lo que podés hacer y te traba, pero hay muchas alegrías como el abrazo de un niño, la palabra de aliento, o como hoy (por el viernes a la tarde, en los festejos del Día del Maestro) que un grupo de mamás se tomó un tiempo para ir a tomar mate y llevar una torta para compartir en el aula con los chicos y conmigo. En la escuela mi satisfacción es que los nenes salgan contentos y sigan pensando en la escuela", afirma. 

De los niños, dice que "espero todo, tengo expectativas de todo, pienso que tienen muchísimo y que pueden más y siempre me sorprendo porque son creativos, hábiles, generan vínculos impensados y sienten todo lo que le pasa al maestro y están con un cartel, un te quiero, un caramelo". 

"Que me cuestionen si me equivoco, que me lo digan"


Estrategias 
Define su salón como "de puertas abiertas" y agrega que "mis bancos se dan vuelta o los chicos están en el piso. Me encanta delegar y que sean los estudiantes los que hagan, me encanta que los padres y los maestros puedan entrar en mi aula, compartir experiencias, me gusta trabajar en equipo, que me cuestionen si me equivoco, que me lo digan". 

 Además valora que nunca afrontó problemas con la disciplina. En este sentido, comenta que "tengo voz fuerte, pero creo que es una habilidad el poder anticiparme a lo que vaya a pasar. Entonces si sabés que va a ocurrir algún caos y lo podés frenar no hay problemas, trabajé con todos los grados hasta en el tercer ciclo. Las estrategias son fundamentales, no me da miedo el ridículo, ni decir cuando algo no lo sé o si los chicos me corrigen o cuestionen no me parece mal". 

Con ellos
 "Me encanta salir del aula porque creo que es la manera en la que se construye el espacio viviéndolo. Las familias te apoyan si les das participación, trabajás con sus hijos y con ellos también y enseñarles a cómo ayudar a sus hijos desde su casa, en conjunto y en equipo cada uno desde su lugar", comenta. 

Luciana no deja de remarcar que su felicidad es trabajar con los chicos, "jugar, hacer las actividades de campamentos con ellos. En el laboratorio explorar y la base es escucharlos, todo el tiempo escucharlos".

 Armar una clase lleva tiempo y mucha capacidad para entender qué se quiere transmitir, cómo y a quiénes. Luciana tuvo que aprender a usar el papel porque todo lo que revoloteaba a miles de kilómetros por hora en su cabeza había que bajarlo, pararlo sobre los renglones y ordenarlo. "El proceso de elaboración de una clase es intenso en mi cabeza, me costó poner en papeles lo que va a diez mil. La clase tiene que tener un objetivo, pero no hay que desechar lo que el chico trae a la clase y trabajar mucho con eso. El otro día saco un centímetro para trabajar y cuando lo muestro uno de los nenes me pregunta si les voy a curar el empacho, con todo eso es muy lindo trabajar", indica. 

 Una de sus principales preocupaciones que es todos aprendan, cada uno a su tiempo. Concluye que "hay que enseñarles a decidir mostrando una amplitud, la escuela tiene que ofrecer lo que los chicos no van a encontrar en otro lado. Por eso hay que ofrecerles todas las alternativas, todas las posturas".


Junto a Adrián Pais, un compañero al que elogia por la manera en que ejerce la vocación


Es una forma de vida 
Luciana afirma e insiste en una frase con emoción y enorme entusiasmo: ser maestro es una forma de vida. "Hay que creerse profesional en lo que se hace y defender la profesión", subraya. 

Tiene en claro que "se puede educar y divertirse, es parte del trabajo. No se puede estar ocho horas del día sin divertirte". En la producción de propuestas y en la práctica docente, son muy importantes los compañeros. 

Por esta razón, elige hablar de Adrián Pais. "Me ha tocado trabajar con él y es un placer -sostiene-. Siente como yo el amor por esta tarea".