Una campaña para proteger a las especies autóctonas
05.01.2013 :

     


La ley está haciendo su parte.
La zona de la albufera de Reta ha sido declarada paisaje protegido por ordenanza municipal y, más recientemente, el Senado provincial declaró a la zona de la albufera de Reta como paisaje protegido de interés provincial.
La Naturaleza ha sido una categoría cultural concebida siempre como algo exterior al Hombre, y por lo tanto, algo alienable, explotable y comercializable. La Tierra vivió muchos siglos bajo esta modalidad de pensamiento, y hoy la Humanidad lo entiende y, lo que es más importante, siente que está pagando un precio tan inevitable como enorme... Proporcional al desaguisado cometido durante siglos.
Y también está entendiendo que la Naturaleza no es algo externo al ser humano, sino que es algo que lo constituye y que no puede hacerle daño sin hacerse daño a sí mismo.
La ley está haciendo su parte. Pero hay quienes, desde Reta y hasta desde otros lugares del mundo, están pidiendo más: extender esa protección a sus aves, a través de proponer que las aves que lleguen a Reta encuentren un sitio donde se las estudia, protege y se las respeta.
En esta oportunidad, y respecto de esta propuesta de proteger las aves de Reta, este diario ha entrevistado a tres artistas que desarrollarán sus particulares puntos de vista: la asidua visitante de Reta, la escritora y guionista de televisión, Liliana Escliar; el poeta y plástico local, Horacio Ramírez y al periodista, escritor y guionista de la televisión española, el madrileño Víctor Claudín.


Liliana Escliar: Voladores sí, pero no volados

Cuando era chica, ante una conducta hostil y malhumorada, mi mamá solía explicarme que el malhumorado en cuestión tenía "los pájaros volados?. Ese revolotear mental que yo imaginaba lleno de graznidos y aleteos frenéticos fue para mí, desde entonces, sinónimo de alienación.
Como acérrima porteña que soy, los pájaros eran ?real y simbólicamente- alborotadores y alborotados. Los veía en la plaza, apiñados y mendicantes, peleando alrededor del maíz y desbandados por los chicos y los perros.
Los sabía malvenidos (si es que existe esa palabra, contraria a bienvenidos) porque ensuciaban veredas y edificios. Los suponía sucios y molestos.
Recién acá, en Reta, descubrí la paz de los pájaros.
Aprendí, por ejemplo, que había una gran variedad además de los gorriones y las palomas de Buenos Aires. Desde las obvias y cursis referencias de Juan Salvador y sus gaviotas playeras, los inverosímiles flamencos y cisnes del Arroyito hasta el increíble colibrí que cada día se suspende en el aire mientras riego las plantas, el benteveo que baja en picada a los charcos, el carpintero que horada el tronco del pino seco o las torcazas que hace ya cinco temporadas hacen nido en mi balcón.
Colgado del perchero, muy a mano, tengo un largavista que estrené al mismo tiempo que mi casa porque también aprendí que para verlos y disfrutarlos hay que respetar la distancia que impone la cauta timidez de los pájaros.
Me gustan estos pájaros que vuelan y posan para los fotógrafos y avistadotes respetuosos. Me gusta nuestra convivencia sin alborotos, me gusta la paz que tienen y la que me dan.
Me gustan voladores pero no volados.

Víctor Claudín: Mimemos a los churrinches

Allá lejos, con un océano por medio, me entero de que existe un lugar en la querida Argentina que se llama Reta. Me cuenta mi amigo Horacio Ramírez que hay en Reta un paraíso para aves locales y migratorias, donde poder descansar de larguísimos trayectos, refugiarse, anidar y alimentarse: una albufera.
Yo conocí a fondo otra albufera más próxima, la de Valencia, en España, por un reportaje para un libro que hice sobre un conflicto surgido en El Palmar, un pueblo pesquero y turístico. Me gustaba entonces perderme por sus caminos, embarcarme con los pescadores del lago, hablar con las gentes de la zona entre las que terminé logrando amigos para siempre. En una de las incursiones en solitario, descubriendo un medio excepcional, me topé con un paraje especial, espléndido. Al cabo de un paseo por un bosque de playa mediterránea, accedí a una caseta de madera que no supe qué significaba hasta adentrarme en ella. Era un observatorio de aves. A partir de ese punto, no se podía continuar, por el otro lado de la amplia y rectangular caseta de madera, con la pared contraria convertida toda ella de ventanales, aparecía un lugar reservado en exclusividad a las aves. Desde allí las estudiaban, las cuidaban y las vigilaban los especialistas, así como las gozaban los espectadores improvisados como yo. Se aprendía todo lo que ellas podían enseñar, y se respetaban como algo sagrado, haciendo su vida paradisíaca en ese espacio-tiempo.
Aquel era un parque dentro de un parque mayor, un recinto exclusivo.
Qué satisfacción saber que existía ese lugar y que, seguro, en el mundo habría cientos, miles de enclaves con ese destino: facilitar y estudiar la vida de las aves. Una decisión nada compleja que obligaba a preservar las especies en sus hábitats naturales.
Pero es cierto que las cosas no son tan fáciles como imaginé en un momento de generosa ingenuidad. Las conquistas de la verdadera civilización, aquellas que cuidan del ambiente, las que procuran la felicidad del ser humano, suelen toparse con la avaricia, con la ambición, con la depredación de quien sólo mira la satisfacción inmediata, la ventaja sobre el otro y no ve más allá de sus narices. Y entonces uno tiene que reaccionar, tiene que pelear con uñas y dientes porque no puede consentir que las cosas buenas que tenemos o que hemos ganado, se pierdan, se nos escapen de entre los dedos. Espacios como la albufera de Valencia no se pueden perder y hay que ganar muchos más.
La albufera de Reta tiene mucho terreno ganado, es ya un paisaje protegido. Pero no es suficiente: la caza furtiva y seguramente eso que llamamos avance urbanístico, pueden dañar una ornitofauna de gran riqueza. Hay que defender la naturaleza, que nos da vida, que nos enseña.
Y más allá de defenderlos, esos reductos deben también convertirse en escuela donde bebamos la sabiduría de lo que nos rodea... y que nos permita ser mejores.
Por eso quiero unir mi voz a la de quienes viven en Reta el peligro de perder un tesoro del que nadie en ningún lugar del mundo puede prescindir, a la voz de quienes en Reta están empeñados en conservar esa riqueza natural (como los churrinches, que conocí por Horacio), peleando contra todos los peligros que la acechan por culpa de aquellos hombres que ha olvidado el respeto a lo que se merece el respeto.

Horacio Ramírez: Proteger a las aves del lugar


Hermanos con alas. Metáforas del aire. Silencios que cantan.
Las aves crean un paisaje del alma antes que un paisaje externo al Hombre.
En el ensamblaje perfecto de la Naturaleza, el ave es un enlace más, pero es uno de los enlaces más maravillosos, uno de los más reveladores de la increíble riqueza y fragilidad del entorno natural.
Reta, en sus aves, nos explica una realidad que hay que conocer y hacer conocer, porque es el conocimiento lo único que puede frenar el turismo depredador. Conocer: porque no se puede amar lo que no se conoce. Conocer para respetar. Conocer para sobrevivir.
Defender las aves de Reta es defendernos a nosotros de nosotros mismos. Ahora la albufera es un paisaje protegido, y también podemos extender esta cobertura hacia todo su territorio, defendiendo los pájaros, rescatando de esta manera lo mejor de la Naturaleza del lugar, junto a lo mejor de sus habitantes o visitantes.
Construir una consciencia basada en la piedra fundamental de lo humano, que es el corazón: eso es lo que necesita un lugar para ser digno de ser vivido... Y más allá de lo que Reta nos da, pensemos en cuánto le debemos y en cuánto podemos tratar de saldar esa deuda.
Ver sin molestar. Ver sin tocar. Ver sin comprometer la vida.
Ver pájaros y ser hermanos de sus alas.
Ser en su distancia, metáforas del aire.
Dejar que desde alguna sombra misteriosa, nos cante como a los niños, la libertad del silencio.




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