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Tres Arroyos vie 18 de Agosto de 2017

  

En la nube milonguera

     
2017-07-30 Por Raquel Poblet

En la entrega pasada hablé de mi amiga Aurora, de su viaje a un pueblito de La Pampa en el tórrido enero del 78. Ahora quisiera hablar de Carole, a quien le tengo un cariño añoso, valga la cacofonía.

Carole es norteamericana, es de Chicago, vive allí y viene a Buenos Aires todos los años a bailar tango. Mi amiga es muy sensible. Ama el tango y es una bailarina experta y delicada. Ya lleva, como dije en unas líneas más arriba, varios años viniendo a la Argentina. Conoce acá a mucha gente, aprendió castellano muy bien y está medio atrapada en la nube milonguera. Todas las tardes ella va a clases de baile y a las nueve de la noche ya se está arreglando para ir a la milonga. En algún coqueto departamento de Palermo o en algún espléndido hostel de milongueros, ella se baña, se peina, atiende los guasaps, manda mensajitos, prepara la cartera, elije los zapatos, queda con amigos y sale. Toma un bondi o para un taxi y llega.

El salón tanguero la recibe con los brazos abiertos. El dueño la viene a abrazar. Tiene una mesa preparada para ella y para su grupo. Hay más turistas. Alemanes, japoneses, pocos franceses, algunos rusos. Carole sale a bailar, saluda y la saludan. Está llena de amigos acá, pero también se siente rodeada. Después de bailar con un viejo compañero vuelve a su mesa. Y viene más gente a saludarla. Viene la negra Yuyú, que es muy simpática. La saluda, la abraza unos minutos, Carole se entrega, se afloja en sus brazos y le escucha un seductor ofrecimiento de masajes descontracturantes a domicilio. Carole acepta y combinan un día. Después viene Muriel, que abraza menos. Es una chica más intelectual, bilingüe, y en un espléndido inglés le ofrece sus clases de literatura en español. Carole acepta. Juan la saluda y la abraza otro rato y le muestra su catálogo de zapatos, hay de todos los colores y también sandalias. Carole los va a mirar a su zapatería-casa y se los va a probar. También la colorada Mimí la besa y la abriga y le ofrece una gran variedad de vestidos para milonguear. Sí, se los va a probar. Y llega Raúl con sus clases de tango contact, y Dalia, que vende frutos secos, y Laura, que da clases de cocina, y Amelia, que enseña canto y vende velas, y Pedro, que es psicólogo y Julieta, que enseña yoga y vende mermeladas caseras, y Fernando, que con Pino y Esteban acaban de abrir una agencia de turismo; y Mariela con Graciela, que tienen una casona de campo para el fin de semana, y Susana, que también recibe huéspedes en el Tigre, y Sebas, que es tan alto, con esos ojos y esos hombros, le guiña el ojo, se insinúa y la lleva a bailar los tangos de Di Sarli.

Todos ofrecen y también la quieren, y ella se desliza por los brazos y los pechos, y los giros y la música. Carole se siente rodeada como una Marilyn Monroe saliendo de un restorán. Ahora abandonan esa milonga para ir a otra, al gran salón, al más rutilante de la noche porteña que, luego de las cuatro de la mañana es gratis y todo el mundo desemboca ahí.

Entran, entran bailarines llegados de los teatros, entran los milongueros estrella y las mejores bailarinas, es la hora de Osvaldo Pugliese porque es bien de madrugada. Carole se siente como un hada. Muchos dedos por la cintura. Se desliza por la pista, casi sin tocar el suelo con toda la multitud en armonía. En la Gran Milonga, en la más rutilante, amanece. Suena "La Cumparsita". La saca un chico de unos treinta años. Baila muy bien. Cerca del final le ofrece clases de cocina criolla. "Sí, -contesta ella en correcto español- después hablamos". Y ya en el final, saliendo del salón, en plena claridad, mientras conversa con dos alemanas, ve acercarse a una vieja conocida enfundada en un cat suit de leopardo, el pelo amarillo, los labios rojos. Vende cosméticos. Mi amiga ve los zapatos en una mano y en la otra un gran necesaire y bolsitas de promoción. Trata de huir disimuladamente llevándose a sus dos amigas y, al girar sobre sus pasos, se encuentra con los chicos de la agencia de turismo, gira de nuevo y le dan un volante de cocina árabe, y le quieren hablar, del otro lado está leopardo con cosméticos que se le acerca y que a ella le parece una fiera de verdad, y toma una diagonal y ve entre otros grupos que hablan, la ve, ve a Alejandra, con sus ojos grandes, el pelo corto, parece un muchachito, el montgómery pasado de moda, las manos en los bolsillos, es Alejandra, la poeta.

- Sí, soy yo, la misma y te pido que me sigas. Yo será tu guía. Te sacaré de este cielo de gloria y guiaré tus pasos a la luz del día por sitio terreno. Apurémonos que se acerca la fiera.

Ya a unos metros de la leoparda con promociones, Carole consiguió esfumarse de la mano de su nueva amiga. Siguieron por unas calles empedradas a las que el alba tornábalas azules. De pronto Carole vio que a una cuadra más adelante, el suelo de la vereda empezó a moverse. Ese suelo era de extraños colores opacos y se movía suave, como un mar calmo. Unas cabezas y unas piernas empezaron a emerger. Alejandra explicó:

- Son personas que duermen en la calle. Llevan sus bienes en changuitos de supermercado. Suelen ser afables y de vida itinerante. Siempre tienen sed, dolor de espalda y los ojos enrojecidos por la intemperie. Los transeúntes les temen y los esquivan. Pero son seres buenos e indefensos.

- Y, dime, Alejandra, ¿y estas familias que entran y salen de esos cubos verdiamarillos?

- Ah, también son injustamente temidos por los transeúntes. Examinan el interior de los containers de basura y extraen diarios y cartones para vender. Provienen de los despidos acaecidos en los noventa. Son trabajadores metódicos, esforzados y nocturnos.

- Oh, Alejandra, ¿ y estos destellos tan molestos?

- Ah, sí, debes evitarlos. Son un nuevo tipo de luces muy de estos tiempos. Impactan, encandilan, brillan pero no iluminan. Los llevan también los coches de policía como ese que pasa ahí. ¡Retira tu vista!

Ya había terminado de amanecer. La poeta y mi amiga caminaban tranquilas, a paso lento. Entraron a una gran avenida. Vieron un tropel de ancianos muy cansados.

- ¿A dónde se dirigen?

- Seguramente a hacer alguna cola. Los verás en una hora parados en la puerta de alguna oficina pública. Los nuevos trámites los obligan a peregrinar. Han debido preferir esta actividad a los eventos culturales de otrora. Por la tarde los verás en otra oficina. En este país la gente hace muchos trámites.

Y caminando hacia el fondo de la avenida, Alejandra y Carole empezaron a estornudar y a toser frenéticamente. Copiosas y densas lágrimas expulsaban los grandes ojos de la poeta y los claros, delicados ojos de mi amiga.

- Alejandra, apenas puedo entrever, pero reconozco a la distancia unos miles de robots salidos de alguna película de ciencia ficción futurista.

- Sí, ellos exhalan gas pimienta. Y adentro de sus filas permanecen luchando en la más desamparada indefensión, los que han sido despedidos de las fábricas. Quieren ser reincorporados y volver a trabajar. Los robots, que por dentro también son seres humanos, han sido despedidos de otros trabajos, y han optado por integrar alguna fuerza de seguridad o cuerpo de policía. Son infinitos y se reproducen incesantemente.

- ¿Y aquellos? ¿Is it a demonstration?

- Sí, Carole, es una manifestación de madres y parientes de personas con cáncer afectadas por los nuevos agrotóxicos. Viven cerca de los campos sojeros fumigados. Y aquellos otros hombres de cincuenta años son héroes de Malvinas que han sido dejados de lado nuevamente. Y si nos dirigimos hacia el norte veremos uno de los barrios más bellos del mundo conviviendo con una de las villas miseria más densas del planeta.

- ¡Vamos a aquel mercado!

- No es un mercado. Es una feria del trueque. Se intercambian budines de pan por batitas de bebé. O yerba por pañales. Hay mucha ropa usada y artesanía pobre.

- ¿Y a qué se debe, Alejandra, esa algarabía desaforada? Veo gente gritando, saltando frenéticamente, dando vueltas en el aire. Tienen agujeros en el pecho y en el estómago.

- Es clase media descontrolada que vive en un estado de ira que los perfora. Trabajan a destajo para pagar los servicios básicos, sostener sus pequeños comercios, mantener el coche. Pero la causa que los desgañita es otra.

- ¿Cuál?

- La corrupción.

Ya había llegado el sol caliente del mediodía. A Carole le molestaban los tacos altos y siguió a nuestra poeta con los pies descalzos. En realidad, lo que Alejandra seguía era un olor a comida muy fuerte. Un aroma a guiso intenso.

- Ven, Carole, dejémonos guiar por nuestro estómago de mediodía. Vas a ver una larga cola de gente con platos y cubiertos. Los atiende un grupo de voluntarios, que, en su mayoría, son estudiantes universitarios y jubilados que dejan lo mejor de sí. Pero la organización de estas ollas populares se debe a personas de buen corazón y verdadera sensibilidad. Trabajan todos los días buscando donaciones de comida, de pañales, de medicamentos, de ropa y útiles escolares. Ven, quedémonos con ellos.

Las chicas se sentaron en un banco largo, y digo "las chicas", porque se habían hecho amigas.

Había mucha gente, chicos correteando. Carole se puso a correr con unas nenas de cuatro y tres años y después las llevó con la mamá que tenía un bebé en un cochecito. Había cierto orden. Las familias se agrupaban en torno a mesas y sillitas improvisadas. También se armaban picnics en el suelo, sobre la tierra y debajo de los árboles. Con el correr de las horas, las filas para obtener ciertos artículos se fueron deshaciendo. Había un grupo de adolescentes que hablaban fuerte. Muchos tenían bebitos. El sol se fue. Carole se quedó un rato más en la plaza. Alejandra se esfumó con el atardecer.