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Tres Arroyos vie 18 de Agosto de 2017

  

El bote de Leif

     
2017-07-30 Por Juan Francisco Risso

Cada pequeña localidad tiene su personaje inolvidable, como diría el Readers Digest. Pueblos de mar, por ejemplo: en Claromecó... El Búho Correa. Albañil de profesión, por las noches disertaba en los bares, abordando las materias más diversas. Un señor -recuerdo- narraba algo sobre un individuo muy bien dotado, cuando El Búho consideró que era llamado a su stand up, y lo interrumpió con un "perdóneme". Acto seguido se puso de pie y abordó la respuesta sexual femenina, explicando medidas en forma precisa, como así también qué sucedía cuando éstas no eran proporcionales. Que, agregaba, no era exactamente placentero. Fue aplaudido, especialmente por la platea masculina, que quedó con la sensación de no deber nada a nadie. Puedo atestiguarlo.

Su homólogo en Monte Hermoso era Leif Larsen, pescador. Conocí a ambos, y no apostaría por el correcto alineamiento de los patitos de ninguno de los dos. Pero si El Búho era mirado con un pequeño gradillo de admiración -solía sorprender- Leif era mirado con cierta piedad.

Ruinoso en grado caricaturesco, sus excentricidades eran siempre relacionadas por el imaginario popular con el sexo femenino. Los más elementales las atribuían al vicio solitario. Un señor que llevamos hasta el Club de Pesca lo atribuyó a un desengaño amoroso de su juventud, causal más romántica y menos grotesca. Tengo para mí que ambas interpretaciones eran puramente fantasiosas.

Pero era un tipo amable. Y nuestro amigo. Fuimos a su casa y sacó partituras con la letra en danés bajo el pentagrama, prueba de un pasado mejor. Traté de imaginar su familia. Para abrir la tapa del teclado del piano antes debió sacar un viejo pez momificado. A mi lado escuché un chillido como de gata en celo: otro amigo asmático, al ver eso, sufrió un ataque y debimos sacarlo. Pero Leif ya tocaba con ojos chispeantes, aunque no todas las teclas sonaran. Estaba feliz.

Padecía hemorroides crónicas, y por eso pescaba de pie en su bote amarillo. Ese año la pesca estaba a dos mil metros. A remo. El médico que visitó resultó un confianzudo, que quiso gastarle una broma sobre su conducta sexual. "No le dije nada. Me subí los pantalones y no volví más". Aguantamos la risa y meneamos la cabeza comprensivamente. A su camiseta le faltaba un trozo. Cuando pudimos reírnos me explicaron que al bote le entraba agua por babor y estribor, y Leif -con su cuchillo- cortaba trozos de camiseta y lo calafateaba, mar adentro. Debo parecerme a Leif, porque no me pareció mal método. Y en mi cerebro de abogado hay un pasadizo secreto entre el bote de Leif y la Justicia Penal.

Para comenzar, al retornar la democracia -y al desembarcar la justicia penal en Tres Arroyos- la policía debió investigar por medios lícitos. Y no sabía. No se olvide que me tocó una activa participación en la única perpetua que se dictó aquí, codo con codo con Romero Jardín, hoy fiscal en Bahía Blanca. Pasado un año largo aparecieron tres policías estrella con actuación en el conurbano. Los tres mejores. Interrogaban como los dioses, y Romero Jardín vió entonces el revés de la trama. Así me lo contó. Al filo de los dos años -creo- se le cerró el cerco al homicida. Pero esas estrellas policíacas vinieron en aquella ocasión, y colaboraron en dos homicidios. El resto... como el bote de Leif.

Para seguir: la capacidad de trabajo de la justicia penal. Anteriormente los fiscales eran regidos por el llamado principio de legalidad: debían investigar todas las denuncias. Como corresponde. Allí se descubrió que la gente denuncia delitos serios, delitos leves, pavadas y verdaderas puñeterías. Cuando quisieron acordar el bote estaba lleno de agua -pero lleno- y no encontraban la lata para achicar. El resultado es que así se llenan varias habitaciones de expedientes a los cuales nadie les pasa un plumero. Allí quedan. La "racionalización" de eso fue la aplicación del llamado principio de oportunidad; ahora el fiscal puede escoger qué se investiga y qué no. Si le parece mal, déjeme decirle que ya entraban olitas por la borda.

Y como en un diario el espacio es limitado, voy redondeando con esto: qué se hace con esos delitos menores cometidos por tipos que no tienen antecedentes ¿hay que tramitarlos hasta el final? ¿Hay que dilucidar todos sus aspectos y detalles y llegar a una sentencia? Bueno, ahí está la "probation". Teóricamente el acusado debe pagar los daños (si puede y si los hubo) y cumple una supuesta labor social, una vez al mes, algo inventado, porque nadie sabe qué hacer con ellos. Y no deja antecedentes. Mire... hay que desagotar.

Y termino con el juicio abreviado: el acusado acepta ser juzgado con las pruebas existentes hasta ese momento, y se pacta una pena máxima. Sí, le conviene. Pero si el expediente queda tirado quedamos sin el pan y sin las tortas.

Ah, la puerta giratoria. Perdón. ¿Se acuerda cuando Gerardo Romano corrió un chorro y lo tackleó? Dicen que el chorro se fue de la taquería antes que Romano. Porque un tipo sin antecedentes... es un señor. Pero aquí está la laucha: antecedentes son "antecedentes condenatorios" y no simples denuncias inconclusas. De modo que cuando el juez levantó el expediente de aquel chorro, quedaron colgando cuatro o cinco expedientes más, unidos por cuerda, todos por hechos similares. Pero ninguna condena. Alfombra roja. Y pito catalán para Romano, que todavía jadeaba.

Moraleja: cuando hayamos sacado más agua, y empecemos a calafatear, aunque sea con cachos de camiseta, ahí vamos a estar mucho mejor. Sepa que en la fiscalía hay gente de mucho valor, que trabaja en silencio, pero a cuatro manos. No, de las cárceles hablamos otro domingo. Abrazo.