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Tres Arroyos sab 22 de Julio de 2017

   VIVIA AL DIA Y QUEDO SIN TRABAJO E INMOVILIZADO TRAS UN CHOQUE

El viaje más difícil de José Luis

     
15.07.2017 Por Jorge Enrique Mendiberri

José Luis Quintana iba por su octavo pasajero en apenas dos horas, cuando un auto lo embistió en la intersección de las calles Rauch y Estrada. Lo que parecía ser el inicio de un buen día de trabajo para el chofer de 46 años, terminó siendo la primera parte de un viaje que hoy lo lleva a transitar por la senda del desempleo y la incertidumbre.

Remisero desde hace 19 años, después de haber pasado otro mal momento tras un accidente laboral que casi lo deja parapléjico, hoy Quintana ve cómo se agotó su fuente laboral, ya que el automovilista que lo chocó no tenía seguro y su patrón no tiene dinero para los gastos del mecánico.

Recientemente separado y padre de cuatro hijos, José Luis Quintana pasa las horas entre la desesperanza y la ilusión de recuperar su trabajo cuando, en 45 días, pueda volver a caminar.

Sin embargo, no es la primera vez que este trabajador se las ve dura frente a la vida. Tenía poco más de 26 años y se encontraba trabajando en un techo, cuando la suerte le jugó una mala pasada y cayó al vacío. "Casi quedo en silla de ruedas. Estuve un año sin poder caminar y después tuve un año de recuperación", antes de salir y empezar a convivir con una prótesis en la espalda y siete quebraduras en una pierna, que hoy lo hacen padecer una renguera.

Con el resarcimiento de ese accidente, se compró una casa que le regaló a sus padres, "ellos no tenían casa, eran de extracción humilde, mi papá era municipal, y alquilaban toda la vida. Por eso, lo primero que pensé, fue comprarles la casa a ellos".

A sabiendas de que iba a recuperarse, "cuando empecé a andar, me dí cuenta que el único laburo que podía agarrar era el de remisero. Al principio fue duro, tenía que andar 17 horas por día para que rinda. Hoy por hoy, sino laburás 12 horas no te sirve", comparó.

 

Sin dinero

"Sino laburo no gano, lamentablemente es así", comenta hoy Quintana, antes de indicar que, además de los diversos traumatismos sufridos, también podría haber una fractura, pero eso lo dirá una tomografía computada que le hicieron en las últimas horas, antes de recibir el alta.

Mientras se toma unos mates con su hijo mayor, Jeremías, en el pequeño departamento que alquila en la calle Santa Fe 148, en el Barrio Villa Italia, ante una pregunta, analiza el hecho de que el otro automovilista no tenía seguro, "igual de esa parte se están portando muy bien, me están ayudando. Lo importante es poder pasar esta situación y salir adelante", sostiene, como queriendo evitar el malestar que le genera la raíz de su problema.

Vivir sin trabajo lo obliga a recibir ayuda de todos y a subsistir, a regañadientes, gracias a la solidaridad de familiares, amigos y vecinos desinteresados, "están mis viejos, que me ayudan, me palanquean mis compañeros de laburo, de una manera u otra manera me están ayudando. Me hacen compañía un rato, están continuamente llamando por teléfono o preocupados por la situación que hoy me toca vivir".

Recién separado, ni siquiera tiene un televisor para pasar sus horas ("me estoy rearmando"), "me mandaron a hacer reposo, así que me quedo en casa, tomo mucho mate. Soy muy matero, mis viejos me hacen los mandados, porque yo no me puedo mover, pero a veces me dan ganas", comenta y, ante una consulta sobre lo que pueda necesitar, prefiere no hacer especificaciones, "cualquier cosa que me quieran colaborar para llevar el día a día, va a ser bienvenido", termina reconociendo.

Beneficiario de una pensión por discapacidad, Quintana recuerda que, "con eso y lo que yo ganaba, vivía cómodo. Porque tenía para comer y ahora, pasa que no sé si voy a comer", algo que ya vivió cuando tuvo su primer accidente, "fueron momentos muy duros, mi papá tuvo que dejar su laburo para acompañarme mientras yo estaba operado en Buenos Aires. Fue un pasado que se repite, pero la vida te golpea y te enseña. Igualmente, en Tres Arroyos hay mucha gente buena, mucha gente solidaria que se ocupa de los más necesitados", recordó.

 

Ser remisero

"Si nosotros no tenemos viaje, no ganás. En un promedio de un día bueno, te traés 300 mangos para tu casa. Te agarra un día malo, te venís con 130 mangos", así resume Quintana la rutina de trabajar como chofer de remis.

El día del accidente iba con dos pasajeros, que estuvieron internados preventivamente, pero fueron dados de alta ya que no les pasó nada, "al momento del choque, cuando veo que tengo el auto casi adentro del mío, pensé de esta no zafo. Encima, después, cuando me ví atrapado entre el volante, el asiento y la puerta, con el parante casi ensartado en la costillas, pienso que fue un milagro de Dios", recordó acerca de la dramática mañana en que su vida volvió a cambiar.

Ahora, en su convalascencia, Quintana hace referencia a la imagen del remisero y el hecho de haber sufrido, no sólo las lesiones, sino las consecuencias de una infracción de tránsito como puede ser circular sin seguro, "nadie sale a matar a nadie. Siempre que hay un accidente con un remisero, lo primero que se dice es que son unos locos que se creen los reyes de la ciudad. Nosotros tenemos un compromiso con la gente. Yo vivo y le puedo dar de comer a mis hijos gracias a esa gente. Hay muchas exigencias, pero nadie conoce la vida del remisero", comentó, antes de referirse a esas actividades que caracterizan a este trabajo, "desde el momento en que te sentás en el auto, tenés una carga. Siempre le ponés la mejor onda. Hay veces que prestés el oído, ayudás a la gente, pero otras, pensás que lástima, nadie lo ve. Otras, tenés que bancarte que se suban al auto y ni te saluden".

"A los que dicen que es un trabajo tranquilo yo les daría medio día a ver cuánto aguantan como remisero", y, en ese sentido, subrayó que lo más duro del remís es, "laburar 12 horas y tener que venirte sin un mango para tu casa".

 

Para destacar

Sólido ante la mirada atenta de su hijo, que lo observa con respeto y orgullo en cada palabra que pronuncia, Quintana no quiere dejar de destacar, "la forma en que me trataron los bomberos, que es gente que no tiene sueldo, y el personal del Hospital Pirovano, donde a veces se siente que la atención no es buena o que siempre hay un problema. Yo no pasé por nada de eso y no puedo decir lo mismo, porque desde que entré hasta que me fui, me atendieron como si fuera especial", señaló.

Después de pasar en su vida por dos momentos que lo marcaron y le pusieron un freno al ritmo que venía llevando, Quintana hace un balance de lo aprendido, y no duda: "Todas esas experiencias me enseñaron a confiar a Dios. En aquel momento, hace 20 años, busqué mucho a Dios, porque estaba rodeado de médicos que me decían que no iba a caminar nunca más y hoy me ves que ando caminando. Hoy me aferro a Dios, pensando en el trabajo", finalizó.