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Tres Arroyos mie 23 de Agosto de 2017

   Crónicas de la calle

El incendio del América

     
2017-06-12 Por Ernesto Martinchuk

Uno de los cuentos mensuales de “Corazón”, el famoso libro escrito por Edmundo de Amicis, narra la historia de un naufragio y, en ella, el acto heroico de un niño que entrega su salvavidas a una amiguita. ¿Quién no recuerda las páginas conmovedoras en las que el popular artista italiano logró plenamente su propósito de mostrar “la fraternidad humana a través de la infancia”? Pocos son, en cambio, los que saben que el relato está inspirado en un hecho real. Y en un hecho ocurrido muy cerca de nosotros, en las aguas del Río de la Plata.

En efecto, durante su visita a Buenos Aires, en 1884, Edmundo de Amicis oyó hablar del incendio del vapor América, en viaje de nuestra ciudad a Montevideo. Le interesó especialmente el episodio vinculado con el heroísmo de un hombre que sacrificó su vida al entregar su cinturón de corcho a una señora. Ya de vuelta  en Italia, reintegrado a su mesa de trabajo, sobre la que había numerosos papeles con anotaciones sobre la Argentina, advirtió que le faltaba un apunte: el del naufragio. Le pidió a Miguel Cané, el de “Juvenilla”, que llenase esa laguna de su información.

“¿Te acuerdas? –le preguntó en una carta-. El joven argentino que da su salvavidas a una señora”.

De la forma cómo Cané satisfizo la curiosidad de su amigo aún no ha podido encontrarse la prueba. Su carta, seguramente, ha de estar confundida en algún legajo que en Italia contiene la correspondencia del autor de “La vida militar”.

Lo cierto es que en ningún momento Edmundo de Amicis abandonó la idea y se cumplió su propósito: “Tengo que ponerlo en un libro de lectura que estoy haciendo para los chicos”.

Ese libro es “Corazón” y allí está “Naufragio”, distinto en las circunstancias del incendio y hundimiento del América, pero igual en lo que atañe al acto heroico, esto es, a lo que el escritor quería destacar ante la conciencia de la infancia.

Esta revelación de un origen demuestra que en el más célebre de los libros de Edmundo de Amicis, las raíces argentinas no corresponden únicamente al cuento “De los Apeninos a los Andes”, como sería hasta hace poco tiempo.

El joven argentino a que aludió de Amicis no era joven ni argentino. Tenía 56 años, había nacido en Chiavari –era genovés, lo mismo que el autor de “Corazón”- , se había radicado en nuestro país y gozaba de merecido prestigio. Fundador de instituciones comerciales y de socorros mutuos, de su altruismo existían claras pruebas. Junto al muelle de Corrientes, había salvado a un hombre que cayera al agua e intervino en los auxilios a las víctimas  de la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires.

En la tarde del 23 de diciembre de 1871 se disponía a  embarcarse en el Villa del Salto, rumbo a Montevideo.

La presencia  de unos amigos lo llevó a tomar pasaje en el América, a cuyo bordo iban numerosas familias porteñas invitadas, muchas de ellas, a una gran fiesta de Navidad en la capital uruguaya.

Partieron los dos barcos. En medio del río, el Villa del Salto tomó  la delantera. El capitán del América no podía permitir ese desmedro y ordinó al maquinistas que aumentase la presión del vapor. El marino consiguió su objeto. Recuperó la delantera, pero sobrevino la tragedia.

Reventó un tubo de la maquinaria, estalló el incendio en mitad del casco. Las llamaradas no tardaron en propagarse al resto de la nave, aunque no lo suficientemente pronto como para que desde el Villa del Salto, que pasó de largo, se advirtiese el siniestro.

Sobrevinieron escenas de desesperación, muestras de serenidad y coraje, actos de pillaje y de crimen. En pocos instantes, todos los sentimientos humanos afloraron a la superficie de la vida.

En medio del pánico, un joven matrimonio argentino –Augusto Marcó del Pont y Carmen Pinedo- estaba sobre uno de los puentes, sin ningún salvavidas.

La señora iba a ser madre. Pasó junto a los esposos don Luis Viale. Sin palabras inútiles, le ofreció su cinturón a la desconocida. Empujados al agua los esposos, él desapareció al poco rato. Ella permaneció, inconsciente, flotando. Don Luis Viale nadó alrededor del buque. Aferrado luego al timón, entregó su puesto a otro náufrago, menos fuerte que él. El río de Plata se convirtió en su tumba y en la cuna de su inmortalidad.