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Tres Arroyos mar 24 de Enero de 2017

   ESCUELA AGROPECUARIA DE TRES ARROYOS

Aguafuertes tresarroyenses de hoy y de siempre

     
09.01.2017 ...

Reflexión desde la ventana

La avenida donde vivo, llamada Av. Rivadavia, es un sitio muy transitado donde la mayor parte de los tresarroyenses van "de pasada" a la estación de servicio que está pegada a mi casa, compartiendo la pared. Yo prefiero llamarla "la avenida que nunca duerme". El silencio rara vez está en la puerta: todos los autos y peatones transitan inmersos en su propio mundo; el perro echado en la vereda le ladra a las bicicletas que pasan haciendo que se desvíen de su camino y aceleren la marcha; los niños, en la salida del colegio, corren hacia el kiosco de la estación de servicio a comprar golosinas, mientras arrastran la mochila provocando ese ruido tan particular de las rueditas contra las baldosas y, por supuesto, seguidos de sus madres que gritan "¡Cuidado con los autos!"

Desde mi ventana, un poco encandilada por el sol, observo. Solo observo, voy sacando conclusiones, filosofando, viajando por mi mente. La nostalgia amaga en asomarse: la idea de que el "sentimiento de pueblo" está desapareciendo, resuena en mi mente.

Cada uno de nosotros, metidos en nuestras cabezas, encerrándonos en una burbuja, impulsados por la ambición.

Los autos esperan que el segundero del semáforo llegue a cero para arrancar a toda velocidad. Jóvenes tarareando sus melodías mirando el movimiento de sus pies. Todos rodeados de tanta gente pero a la vez tan solos.

En este momento pienso que los lazos que antes teníamos con nuestros pares están desgastados y a punto de romperse. La confianza de uno a otro está colgando de un hilo. La incertidumbre consume mis sesos y no puedo pensar en otra cosa que no sea ¿Todavía queda una esperanza para estar un poco más unidos?.

 

Plaza del Árbol

(también conocida como Plaza Dinamarca o de los bomberos)

De tarde

Una suave brisa acaricia lentamente los árboles, haciendo que las hojas bailoteen tratando de mantenerse aferradas a las ramas. Lentamente, recorre los caminos, rodeando cada esquina, abrazando los faroles y asientos, como una criatura invisible. Inundada de rayos cálidos, la plaza se luce, mostrando con orgullo los monumentos que la hacen única, aquellos que le dan un nombre que pasa por boca de tantos. Sentada en un banco de madera, siento cómo mis mejillas confrontan el extraño frío seco presente en el ambiente, mientras observo con curiosidad la única mancha blanca en el azul del cielo. Desde lejos, percibo el susurro de la música, acompañado de los continuos movimientos de la calesita nueva. Agarrados con fuerza, veo varios niños que cuelgan de las distintas figuras y animales, sonriendo intensamente al mismo tiempo que intentan agarrar la sortija. A unos metros de distancia, dos nenas juegan en las hamacas, riendo a carcajadas y disfrutando cada vuelo impulsado por sus padres. Éstos, permaneces quietos, desconcentrados de lo que hacen. Una mujer, alta, con ojos grandes y una postura que deja mucho que desear, observa con cierto aire de envidia, a una familia que juega cercanamente con sus hijos, sacándose fotos e incentivando a los niños a que usen sus bicicletas. Es un clima feliz, lleno de voces acompañadas por la música, y algunos pajaritos. Realmente complace a los alrededores, abriéndonos la mente hacia otras realidades.

 

De noche

Lentamente, el paisaje verde y luminoso, comienza a mancharse de gotas oscuras. Por el horizonte, el sol desaparece, indicando el fin de otro exitoso día. Los faroles, se encienden uno a uno, iluminando con una luz tenue y amable, cada uno de los caminos. Pequeños destellos sobresalen de los árboles, al reflejar la luz con sus hojas. Sentado en un banco, se puede observar un hombre, mirando los juegos para niños, ahora vacíos. Vestido con ropas humildes, el señor muestra una cara cansada, pero satisfecha, orgulloso de su trabajo diario. A diferencia del centro, con la ausencia de negocios abiertos y llamativos, en el barrio, la plaza permanece tranquila, como dormida, acompañando a la gente de sus alrededores. Pasan algunos minutos, y el hombre se levanta. Marcando su paso con un rastro de sombra negra, se despide del lugar, dejándolo conservar su hermosa tranquilidad, mientras que crece su ansiedad de ser adornado con un cielo lleno de estrellas.

 

Fragmentos de una publicación social

Huyamos de Tres Arroyos y vamos lejos, muy lejos, a cazar, a ver esquilar... Acostémonos temprano, levantémonos con el sol.

Si seguimos como hasta ahora me ocurrirá un fenómeno raro. Al llegar a Buenos Aires encontraré a faltar el bullicio de Tres Arroyos y me aburriré; encontraré a faltar los buenísimos amigos que me has hecho conocer; sentiré nostalgia y al sentarme a la mesa no comeré acordándome de la mesa del clavo.

¿Qué más quieres?

¿Qué escribe algo dices?

Pero ¿no sabes que estoy dispuesto a descausar y que para ello es preciso que no escriba ni a la novia?

¿Me pides un artículo festivo?

Pidieses un artículo de comer o de beber, menos mal, pero ¿un artículo para El Libre?

¡Jamás!

Dile al Libre del Sur que yo soy más libre que él y que me declaro en huelga.

El trato fue éste:

Ven a descansar. Y a estas horas no puedo decir que descanse.

Aunque si no mudamos de rumbo estoy seguro de que me quedo aquí en un lugar sagrado, y bajo una lápida que diga:

Descanse en paz.

(E.P.D.)

Amén.

 

Enrique Coll